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Full text of "Juan María Gutiérrez : ensayos sobre su vida y sus escritos conforme a documentos enteramente inéditos"

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THE LIBRARY OF THE 

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NORTH CAROLINA 

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MAY i 3 19881 



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http://archive.org/details/juanmaragutirrezOOvicu 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, 



■« «i » ■» 




BIBLIOTECA DEL CENTRO EDITORIAL. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ 

ENSAYO SOBRE SU VIDA 

I SUS ESCRITOS 

,.• CONFORME A DOCUMENTOS ENTERAMENTE INÉDITOS 

POR 

i 

B. VICUÑA MACKENNA. 



RAFAEL JOVER, Editor. 

SANTIAGO LIMA VALPARAÍSO 

ANGOSTA, 71 AUMENTE, 128. VICTORIA, 124. 

1878 ' 



JES PROPIEDAD DEL EDITOR. 



Imp. del centro editorial. — 1878. 



A LA SEÑORA MARIO REYES DE BELLO. 



A usted, distinguida señora i amiga, que ha guar- 
dado siempre en su alma el culto de los hombres de 
letras, como esposa de un brillante i malogrado 
escritor i como hija del mas ilustre crítico i literato 
de la América española; a usted que todavía cree en 
la eficacia, en el poder i en la gloria de las mani- 
festaciones de la inteligencia; a usted particular- 
mente que conoció por largos años al sabio eminen- 
te don Juan María Gutiérrez, — denominado por A 
algunos a el Bello arjentino» — i recojió en el Plata 
en las pajinas de su álbum de viajera lo que habría 
podido llamarse «.el canto del cisnea, si el doctor 
Gutiérrez hubiese sido tan insigne poeta, como fué 
crítico profundo, bibliógrafo i filósofo político; de- 
dico, contando con su amable aceptación, estos re- 
cuerdos de aquel americano distinguido que murió 
amando i respetando a nuestra patria. 

^ENJAJVHJ^ í^IClIÑA ^/lACKEJvíJW. 
Viña del Mar, junio de 1878. 



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l 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ 

ENSAYO SOBRE SO VIDA I SUS ESCRITOS CONFORME A DOCUMENTOS 
ENTERAMENTE INÉDITOS. 



I 

MISIÓN, CARÁCTER l PROPÓSITOS. 



«El doctor Gutiérrez es la primera notabilidad 
literaria ^de la Eepública Arjentita.» — (J. B, 
Alberdi). 

«El doctor Gutiérrez era el hombre de letras 
mas completo que haya producido nuestro país. 
Poeta, historiador, romancista, su estilo analítico 
i vivaz, su intelijencia educada en ios eternos 
modelos de la estética literaria, habian hecho de 
él un príncipe de la crítica.» — {Miguel Cañé). 

«Con dificultad la tierra arjentina producirá una 
organización mas escencialmente literaria que la 
del doctor Gutiérrez.» — {Arista bulo del Valle'). 



En la madrugada del 26 de febrero de 1878 (no 
hace de esto todavía tres meses) era encontrado 
dormido en el sueño eterno de la muerte en su 
lecho de trabajo, después de un día que había 
sido para el pueblo de Buenos Aires una jornada 



8 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

juntamente de gloria i de alegría, cuya conden- 
sación por la pluma fuera su última i dulce tarea, 
el hombre que en la República Arj entina, su pa- 
tria, habia alcanzado la encumbrada personifica- 
ción que entre nosotros obtuvo en el saber el 
egrejio venezolano don Andrés Bello. 

Ese ilustre muerto era el doctor don Juan Ma- 
ría Gutiérrez, rector jubilado de la Universidad 
de Buenos Aires, fallecido a la edad de 69 años en 
la madrugada, que entre cantos de férvido entu- 
siasmo, puso término a la conmemoración del 
centenario i al apoteosis del jeneral San Martin, 
libertador del Plata, i de cuyo renombre america- 
no el procer recien fallecido habia sido el mas 
constante i empeñoso glorificador. 

El doctor Gutiérrez supo elejir el último mo- 
mento de la varia escena en que se arrastra la 
vida entre el común de los mortales. 

El rehabilitador infatigable habia caido entre 
los fulgores del triunfo postumo que su propa- 
ganda de medio siglo habia venido preparando. 

Morir de esa manera no es desaparecer, sino al 
contrario asociarse a la inmortalidad. 

Morir así no es una sentencia de la inerte ma- 
teria, no es ni una espiacion del destino, no es el 
vulgar divorcio de la arcilla deleznable i del es- 
píritu inmortal que puebla todos los dias de opacas 
sombras los cementerios: ese jéncro de muerte 



JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. , 9 

parecería un don de las grandes intelijencias que 
se apagan en el santo consorcio de sus obras. 

La muerte llegada de esta manera es el coronal 
opus que los antiguos escribian como leyenda en 
la última pajina de sus libros. 

II. 

Por su parte su ciudad natal, en cuyo seno siem- 
pre ansió morir el peregrino de medio siglo, pare- 
ció comprenderlo de esa manera, porque ese mismo 
pueblo del Plata, inquieto siempre, cruel en oca- 
siones, jeneroso i magnánimo en otras, apasionado, 
violento, impresionable como una mujer, bra"v 
como una heroina, pero nunca mezquino ni in- 
grato, agrupóse en la fosa del viejo escritor con la 
misma intensa emoción con que la víspera habia 
victoreado al guerrero. 

El enterramiento del doctor Gutiérrez fué en 
Buenos Aires, antes que todo, una ceremonia de 
amor, una ofrenda de corazones desinteresados a 
una gloria que se habia estinguido callada dentro 
de los muros blanqueados de un aposento de al- 
quiler. 

III. 

Cierto es que en dias no remotos, i uno en pos 
de otro habían caído sobre el regazo de aquella 
madre turbulenta pero profundamente apasionada 



10 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

<le su prole, víctimas mas ilustres i mas lloradas, 
cual Dorrego, traiclo en un carro de guerra, muerto 
en el banco de precipitada justicia política en los 
campos de Navarro (1828), i cual Lavalle (a su 
turno), traspasado por la bala de un montonero 
en las calles del selvático Jujui, i cuyas cenizas 
salvadas por la lealtad, guardó con respeto un 
pueblo culto (1861). 

No liabia sido menos honda la consternación 
de los ánimos delante de las dos tumbas, abiertas 
en breve distancia la una de la otra, en que los 
arjentinos depositaron la ofrenda de su venera- 
V cion hacia los representantes mas señalados de sus 
tradiciones guerreras, favoritas de su suelo, en la 
tierra i en el mar: — Paz, en 1854, Brown, en 1857. 
Al paso que las fiestas consagradas a sus dos 
grandes emblemas políticos, encarnados en Biva- 
davia (1857), i en aquel propio dia ya señalado 
(25 de febrero de 1878) en San Martin, adqui- 
rieron todo el esplendor de un verdadero apoteosis. 

IY. • 

Pero si la capital del Plata habia recojido con 
veneración todas aquellas inmortales memorias, 
en medio de tantos ilustres desaparecidos, no ha 
podido señalarse un muerto mas amado que el 
obrero i el pensador cuyo nombre se lee al frente 
de estas pajinas. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 11 

El doctor Gutiérrez, salvo en una ocasión mal- 
hadada que mas adelante habremos de señalar, 
no habia escalado jamas las alturas en que los 
hombres se hacen poderosos para sembrar favores 
i envidias, que son después espinas del alma i 
abrojos malditos de la tumba. 

No tenia protectores ni favorecidos, i por eso 
no se apresuraron a rodear su lecho ni los alta- 
neros ni los ingratos, estos inevitables acompa- 
ñantes de los féretros suntuosos que van en coche, 
con los ojos i el corazón enjutos, hasta la puerta 
de los cementerios «a despedir el duelo.» y 

Don Juan María Gutiérrez fué, por el contrario, 
llevado a la fosa por un pueblo- amigo; en un fére- 
tro sin cordones de oro que acusaran su grandeza. 

Habia muerto pobre como habia vivido siempre; 
habia muerto alejado, de todos los partidos como 
habia deseado- vivir en todas las épocas de su 
existencia;; i por eso rodeáronle en el trance que 
precede- a la desaparición de lo visible, i que 
es hoi la verdadera muerte del hombre público, 
todos los ecos i todas, las lágrimas que en una ciu- 
dad devorada por las pasiones no ha apagado to- 
davía el clamoreo de los odios ni enjugado el 
trapo de antiguos i emponzoñados bandos. 

V. 

No hemos asistido nunca a una sepultación ro- 



ts 



12 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

deada i enaltecida por mas cariñosas manifesta- 
ciones de las almas conmovidas, que aquella a que 
de lijera aludimos. 

«Si es inmortal el alma, díjole como adiós uno 
de sus mas sinceros admiradores, el doctor Miguel 
Cañé, si la vida intelectual asciende eternamente, 
nadie mas cerca de la cumbre que aquél que en- 
grandeció su misión proyectando luz sobre la 
frente del pueblo, 

«Adiós, viejo i jeneroso amigo de aquél cuyo 
nombre lloro: él cayó rendido a la mitad de la 
t batalla, i hoi lo sigue el que compartió sus amar- 
guras i sus esperanzas. El culto de los sagrados 
recuerdos se ensancha para mí...» 

Ese acento era en el coro de los adiós es supre- 
mos, la voz del hijo del proscrito que fué compañe- 
ro en la cadena i en el yunque, i en seguida mártir 
en la común i redentora misión contra el tirano. 

«Yo cumplo contigo, dijo otra voz en la orilla 
de la fosa del filósofo i del sabio, el último deber 
en el nombre del que fué tu hermano intelectual i 
tu hermano de corazón durante 43 años! 

«Allí, cerca de la tumba que va a recibir tus 
despojos, yace también tu viejo amigo i tu viejo 
maestro. Sobre una i sobre otra yo jure respetar 
tu memoria i amar a tus hijos como tu amaste a 
mis padres! 

«I para arrancarme de tu lado i darte mis úl- 



f 

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 13 

timos adioses cleja que recoja otra vez tus postre- 
ras palabras en la tumba del viejo patriota i que 
te diga con ellas: 

, «Adiós, mi venerado compatriota! Adiós para 
siempre, maestro i amigo mió!» 

Era el hijo del doctor López Planas, el cantor 
de la independencia arj entina i primer maestro 
de Gutiérrez, quien con esos gritos del alma le en- 
viaba el adiós de tres jeneraciones. 

I alzándose, por último, de en medio de la mu- 
chedumbre silenciosa un acento juvenil, saludó al 
viejo patricio de las letras, del saber i la enseñan 
za arjentina, con estas palabras que son la vibra 
cion rica en soüidos del entusiasmo conmovido: 

«Adornemos tu sepulcro con flores i siempre- 
vivas, i mientras existan tus discípulos i amigos, i 
mientras haya amantes de la gloria literaria de 
Buenos Aires, serás nombrado i alabado como un 
digno modelo.» 

«Sombras veneradas de mayo: levantaos!» 

«Juan María Gutiérrez pasa a la inmortali- 
dad!» (1) 

VI. 

Lo que mas resalta en la ceremonia en que un 

(1) Palabras pronunciadas en la tumba del doctor Gutiérrez, 
por el joven Aristóbulo Valle, en nombre de los estudiantes de 
Humanides de la Universidad de Buenos Aires. 



:/ - 



V 



14 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

pueblo ha ido a ofrecer su postrer ofrenda a un 
muerto querido es la carencia absoluta de todo 
elemento oficial, de todo programa, de todo de- 
creto. __ % 

Verdad es que el ministro de justicia de la Con- 
federación, doctor José María Gutiérrez, leyó en 
honor del difunto algunas palabras; pero por una 
delicada inspiración, i cual si hubiera querido que 
todo en aquel recinto fuera solo la espresion del 
alma del pueblo, el alto funcionario público rom- 
pió su oración escrita, al concluirla, i arrojó los 
fragmentos sobre el ataúd. 

Quedaron entonces para la posteridad solo los 
ecos del maestro, del camarada i del discípulo, i 
así, en esa trinidad de nombres i de emblemas, 
vamos a ver en seguida deslizarse únicamente la 
vida del pensador, del maestro i del crítico tres 
veces ilustre. 

VII. 

Pero no es esto todo, apresurémonos a decirlo. 

Un móvil, un recuerdo, una voz debería tam- 
bién hacerse oir, como el cumplimiento de un 
deber, en esta banda de los Andes, en que el doc- , 
tor Gutiérrez pasó, no tanto como argentino, sino 
como americano, diez años de su noble vida. I ese 
recuerdo, ese móvil i esa voz tienen por impulso 
íntimo una sencilla gratitud, que vamos a cavar- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 15 

terizar con una reminiscencia personal, pero ine- 
vitable. 

Por el mes de mayo de 1849, presentábase tí- 
midamente en la oficina de la Tribuna, — diario 
político recien fundado en Santiago, i de cuya 
parte literaria se habia encargado, en razón de 
sus gustos i de su honorable pobreza, el emigrado 
« arj entino don Juan María Gutiérrez, — un adoles- 
cente chileno, i ponia en sus manos, solicitando la 
hospitalidad de su publicación, unos cuantos plie- 
gos borroneados que tenían por título esta leyenda: 
«Sitio de Chillan, 1813.» 

Al dia siguiente la Tribuna comenzaba la pu- </ 
blicacion de esa serie de ensayos históricos escri- 
tos a los 18 años, i . el doctor Gutiérrez, no con- 
tento con esta muestra de benevolencia, hacia 
llegar al favorecido una carta por la cual abria 
a las producciones de su pluma, la mas amplia i 
benévola acojida. 

El que habia recibido, en la edad en que la gra- 
titud no es todavía una lápida sin epitafio, aquella 
manifestación i aquel estímulo, es el mismo que 
después de treinta años de comunicación intelec- 
tual, siempre mas o menos afectuosa i alentadora 
con el sabio arjentino, va a dedicar estas pocas 
pajinas a su memoria. 



V 



1G JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



VIII. 



Para llenar estos fines lo mas cumplidamente 
posible, hemos recurrido a un arbitrio que consti- 
tuirá el único mérito de estos apuntes. 

Cuando llegó la triste nueva del fallecimiento 
de nuestro bondadoso amigo quisimos, en efecto, 
i desde luego cumplir para con él un deber que * 
nos hemos impuesto, cual si fuera ineludible tarea 
respecto de todos los grandes servidores de la 
América llamados a mejor vida. Pero temimos no 
llenar bien nuestro propósito, i aguardamos. 

Pudimos en verdad consultar lo que Torres Cai- 
cedo, Ricardo Palma, el oriental Margariños Cer- 
vantes i aun el cáustico i desaliñado Villergas, 
escribieron en diversas épocas, no sobre la vida i 
carácter del doctor Gutiérrez, sino sobre sus obras, 
en Paris, en Lima, en Montevideo, en Buenos Ai- 
res. Pero deseábamos beber en mas jenuinas fuen- 
tes, i ya ha visto el lector que lo hemos conseguido 
con no escaso caudal, porque hemos podido dis- 
poner de la correspondencia privada del eminente 
difunto con varios de sus amigos mas íntimos, con 
don Gregorio Beeche, quien solia hacernos ese jé- 
nero codiciado de regalos; con el señor Von Gülich 
digno ministro en Chile del Emperador de Ale- 
mania, su amigo de intimidad; con el apreciable 
doctor don Francisco Javier Villanueva, de Val- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 17 

paraíso; i especialmente con el señor Mariano E. 
de Sarratea, cuyo antiguo i noble amigo nos ha 
confiado sin reserva su precioso archivo, el archivo 
de un hombre de corazón. 

Vamos por tanto a escribir unas pocas pajinas 
sobre el doctor don Juan María Gutiérrez, apo- 
yando nuestras revelaciones en documentos pro- 
pios i no en juicios ajenos que por lo mismo no 
hemos tenido ocasión de compulsar o de leer. 

I ya que en su ciudad natal, justamente orgullo- 
sa de su fama, se preparan sus admiradores para 
tejer al escritor i al filósofo una corona cívica 
con sus propias obras, enviamos como nuestray 
ofrenda esta hoja humilde, arrancada por mano 
amiga, pero severa e imparcial, al libro de su co- 
razón de peregrino, que el proscrito dejara olvi- 
dada entre nosotros.... 



Nos será permitido antes de cerrar esta intro- 
ducción un tanto peculiar, como el hombre a quien 
está consagradla, una observación que no pertene- 
ce propiamente al cuerpo de este ensayo. 

Algunos estrañarán i otros tendrán probable- 
mente a mal en Chile que hayamos elejido para 
dar a luz este ensayo el preciso momento en que 
las heces del opaco cáliz de la diplomacia, larga- 
mente apurado por las dos naciones, comienza a 
subir a los labios i a irritarlos. 

3 



18 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

Pero precisamente por esc motivo lo hemos 
hecho. 

¿Por qué? 

Porque abrigamos la persuasión profunda que 
será siempre obra de verdadero patriotismo cal- 
mar los ánimos que injusta pasión exaspera en uno 
i otro lado de los Andes, i porque, después de todo, 
«sta misma publicación, que no es sino el reflejo 
del alma honrada i del espíritu templado i alto de 
un eminente arjentino, constituye un ejemplo 
constante de moderación, de rectitud i patriótica 

* 

, sensatez, como el lector ha de comprobarlo mas 
Vdelante por sí mismo. 

Mientras llega el arbitraje de las potencias (que 
ha de llegar forzosamente), que rija siquiera entre 
las dos naciones, antes hermanas, el arbitraje irre- 
cusable de las ideas. 



II 

LA JUVENTUD. 



«Seria de feliz agüero para la bueiia inteligencia 
definitiva de dos pueblos hermanos, ahora en con- 
troversia, si un escritor chileno se dedicase con 
todo el poder de su pluma a conservar para la fa- 
milia americana el recuerdo de un arjentino tan 
sobresaliente como Juan María Gutierres.» 

(Carta del doctor Von Gi'dich al autor, al enriar- 
le alguna* copias ríe cartas del doctor Gutierre!:, fe- 
cha en Santiago el 1G de mayo de 1878). 

«Solo, solo en el mundo j ^^ 

Vivo sin mas amor que el de una madre <ír 

Que llora por el hijo desterrado. 
Nunca, jamas, gocé del regalado 
Beso inocente que en la faz del padre 
Pone el labio infantil risueño i puro.» 

(J. 3!. Gutiérrez. — .1 vi i amigo M. E. de Sorra- 
tea en el cumple años de mi primajémto. — A bordo 
de la fragata «Chile» en Valparaíso el 10 de agos- 
to de 184ü). 



Juan María Gutiérrez, el mas ilustrada, profun- 
do i erudito de los críticos arjentinos, nació en la 
ciudad de Buenos Aires el 6 de mayo de 1809. 
Era por tanto un «nombre de mayo», es decir, un 
hermano de leche de la revolución, como en su 
fervor patrio solia el mismo denominarse. 

Era hijo de un mercader modesto, contador 
entre partes en el comercio de aquella metrópoli, 
hombre bueno pero adusto,. reservado i severo: pa- 



\ 



20 JUAN MARÍA' GUTIÉRREZ. 

tire i señor segnnla «escuela antigua», de aquellos 
que confiaban sus caricias i sus lecciones mas al 
látigo que a las espansiones del alma i su ternura, 
fuente viva e inagotable de eficaces enseñanzas. 
Por esto tal vez decia con dolor el bardo al contar 
al amigo los dias de la primera infancia, i confor- 
me a nuestro epígrafe: 

«Nunca, jamas, gocé del regalado 
Beso inocente que en la faz del padre , 
Pone el labio infantil risueño i puro.» 

n. 



El padre grave i taciturno, sin embargo, dio al 
intelijente niño una educación cuidada, i cuando 
entró en la pubertad, regalóle su biblioteca, que 
era un viejo armario repleto con quinientos ma- 
motretos: fausto de príncipe gastado con un man- 
cebo quehabia nacido para amar dos cosas con deli- 
rante i casi inestinguible pasión. Esas dos cosas en 
el orden de su existencia fueron estas: los libros i 
las mujeres, Estando, al menos, a sus revelaciones 
íntimas, Gutiérrez habría deseado tener a las úl- 
timas en lujosos armarios como sus libros, cual 
otros tienen las piedras preciosas o las aves de 
gayo plumaje. 

III. 
El estudio fundamental a que el crítico arjentino 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 21 

consagró su juventud fué el de las matemáticas. 
Esto era natural i casi inevitable. Del cerebro de 
un contador debia derivarse por línea de varón a 
varón el cerebro de un jeómetra. 

Fué su maestro en esta ciencia el distinguido 
patriota don Vicente López Planas, autor de la 
canción nacional arjentina i jefe del departamen- 
to topográfico i estadístico de Buenos Aires desde 
1826, es decir, desde que el joven Gutiérrez hubo 
cumplido 17 años. 

Era la primera vez que un profesor de áljebra 
escribía un himno patriótico en la márjen de- «_ 
recha del Plata. El doctor Gutiérrez le imitaría & 
en breve en la opuesta orilla. 

IV. 

Gutiérrez entró como empleado subalterno en 
la oficina topográfica de Buenos Aires; pero cuan- 
do había llegado apenas a su mayor edad, era ya 
injeniero del departamento. 

De aquí la admiración, el cariño i la abnegación 
filial que Gutiérrez profesó siempre al procer ar- 
jentino, su jefe, su amigo i su maestro; de aquí su 
sumisión, desacordada tal vez, pero jenerosa a la 
administración de aquel ciudadano cuando su po- 
lítica fué repudiada por el pueblo de Buenos Ai- 
res (1852), i de aquí, por último, el homenaje de 
lealtad i de respeto que uno de los hijos del viejo 



22 JUAN MARÍA OUTIEUItEZ. 



\ 



patriota llevó en su Hombre a la fosa del discípulo 
i del sectario, según lo dejamos ya anotado. 



V. 



Ganaba el joven profesor i perito laboriosa- 
mente la vida en su ciudad natal, tan hondamente 
sacudida por el vaivén de incesantes trastornos, 
cuando, por el mes de abril de 1835 tomó defini- 
tivamente posesión de la casa de gobierno el bri- 
gadier don Juan Manuel de Rosas, proclamado 
«héroe del desierto» desde su campaña a los indios 
en 1833, i quien hasta entonces habíase contentado 
con gobernar a la orgullosa capital del Plata desde 
su estancia de vacas i de potros. 

Aclamado un momento por los egoístas i por 
los cobardes, que son, cada uno un tercio de lo 
que se llama la «gran mayoría» de nuestras re- 
públicas, el gaucho indómito i falaz sacóse la 
máscara i el chiripá, vistió levita i nombró minis- 
tros i verdugos, todo en pocos meses. 



VI. 



La gran masa de la población, es decir, sus dos 
tercios, se echó a sus pies como el ganado al pié 
del degollador. El tercio que componía la minoría 
libre i eminente de su destino, de su responsabili- 
dad i de sus derechos, púsose de pié i osó resistirle. 



JUAN MARÍA. GUTIÉRREZ. 23 

Fué ese el oríjen maldito de la Mashorca, es 
decir, descuartizamiento de los pueblos por la 
invasión de la manea de cuero humano, del chi- 
ripá de baveta color sangre, la bota de potro i el 
puñal sin vaina del gaucho pampero. 

Rosas hizo que la campaña salvaje se desbordara 
sobre la ciudad culta, lazo en mano, i por esto 
mas que por sus locas pantomimas merecí ó entre 
otros su mas codiciado título de «héroe del de- 
sierto.» 

Fué este a la verdad un nombre simbólico de la 
Federación que inventó i puso por obra el vil tirano 
durante quince años de casi inverosímil locura i de 
martirio. Después de Rosas el desierto... Nosotros 
conocimos la cuna de Rivadavia i de Belgrano 
cuando hacia cuatro años que el monstruo abomi- 
nable habia huido disfrazado de marinero a las 
playas donde, siempre gaucho, siempre salvaje i 
siempre maldito, murió maldecido. I por todas 
partes ostentábanse entonces las señales del paso 
de la bestia, es decir, los rastros del desierto, los 
edificios en ruina, las techumbres cubiertas de 
malezas, el rio solitario, la sociedad apocada, me- 
drosa i sin escuela, mostrando todavía, por desden 
de reina destronada, en los teatros recien abiertos, 
la bella hermana del dictador la moña punzó que 
era la escarapela de la muerte. Asemejábase esa 
gran ciudad, tan potente hoi dia i ele la cual tanto 



t 



n 



24 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

habíamos oido hablar en la niñez, a esos resuci- 
tados que enumera la Biblia, porque tenia solo la 
cabeza fuera del sepulcro blanqueado i podrido, i 
todo lo demás era baldón i ruinas. 

VII. 

I bien: esas fueron las dos puertas de la vida 
pública que se ofrecieron al talento i a la activi- 
dad intelectual de Juan María Gutiérrez cuando 
se halló en posesión de un título i de una posición 
que le habia creado su claro talento i laboriosidad, 
don esta última de su organización física i de su 
espíritu que, como habremos de ver mas adelante, 
era a prueba de fuego i de martillo cual el metal 
del yunque. 

El noble arj entino prefirió empero no entrar 
por esa puerta, i entre el servilismo i el deber, optó 
ante el déspota no por la cátedra sino por el ca- 
labozo: al medro vil antepuso su destitución, que 
era el hambre i la honra. 

VIII. 

Era esa la misma condición ofrecida á sus com- 
patriotas, a sus amigos, a sus condiscípulos de 
Buenos Aires: a Echeverría, a Frias, a Mármol, a 
los dos Várela, a Gané, a Sarratea, a Tejedor, a los 
dos Pinero, a los tres hermanos Mitre, todos 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 25 

hijos del Plata; al jeneral Paz i a Rivera Indarte, 
cordoveses: a Alberdi i Avellaneda en el Tucu- 
man, a Beeche en Salta, a los cuatro Ocampos en 
la Rioja, a Barcala en Mendoza, al mas potente i 
tumultuario de todos, a Sarmiento, hijo de San 
Juan, ariete de duro granito que demolió a cabe- 
zazos la obra de aquel tirano, que siendo a todas 
luces un sangriento insensato le declaró por decreto 
«loco»— «el loco Sarmiento» — presidente de la 
Confederación Arjentina cuando el dictador de 
Buenos Aires, como jaguar que ha perdido en la 
carnicería los dientes i las uñas, agonizaba oscuro 
i miserable en la playa de Southampton. 

IX. 

Eran aquellos los tiempos de ensayo en que 
Rosas aprendía a poner en limpio las tablas de 
sangre que debía entregar mas tarde a la Mashor- 
ca para su ejecución, redactando simples mandatos 
de policía, en que sin mas proceso que su burda 
voluntad de «restaurador de las leyes» dictaba 
sentencias mas o menos como las siguientes:— Fe- 
brero 29 de 1835. — «Destínase por seis años al 
servicio de las armas al criminal Juan Tubran, i 
prevéngasele que en la primera falta será fusilado. 
- — Bosas.T) — Junio 17. — «Póngase en libertad a 
don Remijio Islas, si prueba que son calumnias de 
unitario, las que se le han imputado. — Basas». — 

i 



26 " JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

Agosto 17. — Fusílese mañana a los tres indios que 
remite el coniantlante del Fuerte Federación, i 
serán enterrados donde lo fueron los anteriores. — 
Bosas.y> — Enero 27 de 1836. — «Fusílese a las ocho 
del dia de mañana en la cárcel pública a los reos 
Juan Sánchez i Bernardo Guillon por haber escalado 
la Crujía de aquella prisión. — Bosas.s> — Setiembre 
23 de 1835. — Póngase con una barra de grillos a 
los reos Fermín i Juan Cepeda a disposición del 
juez del crimen don Baldomcro García. — Rosas.» 
I eso escribía Rosas de su puño i letra, i eso se 
ha encontrado auténtico en los archivos de la po- 
licía de Buenos Aires, i ese García era el embaja- 
dor de Rosas en Chile pocos años mas tarde, i 
todo eso lo aplaudían con sus dos manos las altas 
clases de la ciudad, es decir, los ricos, los egoístas 
i los idiotas, que son siempre la mayoría de las 
grandes ciudades, i asi azuzaban a Rosas para que 
cuando se sintiese adiestrado en la cuchilla pasase 
por la sociedad entera, como lo hizo en 1840, su es- 
pada esterminadora. (1) 



(1) Las órdenes que liemos copiado de Rosasen calidad de 
gobernador de Buenos Aires revestido con «la suma del poder 
público», es decir, en calidad de dictador, se encuentran en un 
libro que es raro en Chile porque se imprimieron solo 150 ejem- 
plares para el uso de los funcionario públicos. Su título es: — ín- 
dice del archivo del departamento 'funeral de policía deudo 1831 ■ 
Buenos Aires 18G0. — Dos vols. ea folio. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 27 



X. 



De todos los tiranos conocidos, a ninguno ase- 
méjase mas de cerca el tirano del Plata que a 
Tiberio. Es en sus primeros años, como el here- 
dero de Augusto, un hipócrita consumado, un 
cobarde que envuelve sus ardientes i salvajes 
delirios de futuro poderío en tenebroso e insonda- 
ble disimulo. Rosas «comandante jeneral de cam- 
paña» es Tiberio batiéndose con los Cántabros 
i con los Jermanos. llosas en el «Alto Redondo», 
aparentando desinterés i devorado por secretos te- 
rrores, es todavia Tiberio en la isla de Rodas, 
antes de ir a Roma. 

«Un espíritu, dice un escritor ilustre que se apa- 
gó hace poco por el puñal i por su propia mano, de- 
finiendo a Tiberio i a su obra, un espíritu que no 
tenia sino cualidades de segundo orden, cuyo or- 
gullo nativo era su sola fuerza, habia sido trans- 
formado por veinte años de hipócrita humildad, i 
debia sucumbir al fin al réjrmeii de- terror que él 
mismo habia creado. I cuando Tiberio volverá a 
Roma para la desventura de Roma, ya no será un 
hombre, sino un instrumento que el mismo terror 
ha doblegado. La cobardía cívica se cubrirá con la 
pálida máscara de la hipocresía; el recuerdo de los 
males sufridos se encrudecerá en su corazón i se 
trocará por el deseo de hacerlos esperi mentar a 



28 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

los que ahora tienen miedo; el temor de una 
muerte violenta lo ha hecho sanguinario, i desde 
entonces el preceptor de su niñez podrá esclamar 
con razón: — «Esa es una alma amasada de barro i 
de sangre.» (1) 

¿I no es ésa la imájen de Rosas, durante los 
tres lustros de revuelta i decadencia qne se suce- 
dieron en el Plata desde que se le ve aparecer pol- 
la primera vez en 1820 galopando con sus Colora- 
dos por las calles de Buenos Aires, en la revolu- 
ción del coronel Rodríguez? 

XI. 

Aun en su apariencia física asemejábanse los 
elos monstruos, como se asemejan entre sí las 
panteras nacidas en apartados climas. «Tenia el 
rostro hermoso, dice Suetonio del tirano de Roma 
que consolidó su imperio. Sus ojos eran grandes i 
veian en las tinieblas en el momento en que re- 
cordaba, distintivo de la raza felina desde el gato 
al tigre... Marchaba con la cabeza erguida; tenia 
el aire severo; era taciturno i no hablaba a los que 
le rodeaban sino lentamente i accionando pesada- 
mente con sus dedos.» 

¿I quién que haya visto alguna vez el retrato 
de Rosas i su mirada profunda i aziti, no ha creído 

(1) Beulé.— Tibcre.— Páj. 147.. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 29 

tener clavada delante de su pupila la órbita ira- 
descente de todos los individuos de la raza felina' 
del gato i del leopardo, de la onza i del jaguar? 

XII. 

I ahora, su oríjen ilustre, que es análogo en uno 
i otro tirano, hijo el uno de los honrados Claudios 
i' el otro de nobles proceres de España; i su ma- 
nera de gobernar por medio de seides o con los 
reflejos del propio hogar, ¿no son otros tantos pun- 
tos de contacto que acercan dos remotas edades? 

Tiberio hizo temblar a Roma desde una isla del 
océano, su favorita Caprea: Rosas fulminaba sus 
órdenes de muerte sentado a la sombra de los sau- 
ces enfermizos de Palermo, su residencia predilecta, 
a orillas del anchuroso Plata. 

Tiberio constituia en arbitra del perdón o de 
la muerte a su madre Livia; — Rosas otorgaba igual 
merced, pero sin duda con mucho mayor parsimo- 
nia, a su hija única. — Rosas tenia la manía de la 
gramática i del diccionario como compendio de 
toda buena sabiduría. Tiberio se rodeaba de re- 
tóricos i de pedantes. Tuvo Tiberio en calidad de 
ejecutor supremo al cruel Sejano, como Rosas tuvo 
a Facundo Quiroga, i cuando el pretor le inspiró 
recelos le hizo matar, como Rosas a Facundo, el 
pretor salvaje de los Llanos, en Barranca- Yaco. 

I como si esto no bastase para establecer ante 



30 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

la historia esta paridad, que se lia reproducido 
tantas veces en el linaje humano, i que podríamos 
prolongar mucho mas allá do estas pajinas, Rosas 
como Tiberio comienza a encontrar apolojistas 
que acusan a Tácito i a Suetonio — a Rivera In- 
darte i a Sarmiento, — de viles detractores... 

XIII. 

No hace a la verdad muchos meses desde que 
en los templos en que don Juan Manuel de Rosas 
Jiizo colocar su propio eíijie al lado de la de Dios, 
como Calígula en el Palantino, han resonado los 
cánticos de la clemencia divina en homenaje a 
sus manes, mientras que las lívidas antorchas ilu- 
minaban las naves enlutadas. Los funerales de 
Rosas ¿serán por ventura el comienzo de su reha- 
bilitación por lo que se ha dado en llamar la con- 
ciencia de la historia? — César Borjia ha encon- 
trado panejiristas. Marat ha comenzado a tenerlos 
después de la Comuna. 

XIV. 

De propósito nos hemos detenido en este pa- 
rangón de dos déspotas sangrientos, porque no 
solo nos ahorra ese procedimiento una minuciosa 
pintura del largo reino del dictador arjentino, 
sino porque al narrar superficialmente la vida de 
una de las víctimas mas notorias de su brutal saña, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 31 

dejamos establecida así la responsabilidad colec- 
tiva de los que se sometieron, i la honra indispu- 
table de los que protestaron. I esto afirmamos poi- 
que, como lo dice con admirable simplicidad el 
escritor que acabamos de citar, <ren todo aten- 
tado contra un país hai dos culpables: el que se 
atreve i aquellos que lo consienten, el que em- 
prende i aquellos que toleran que se emprenda 
contra las leyes, el que usurpa i aquellos que ab- 
dican.» 

Buenos Aires abdicó. Pero el doctor Gutiérrez 
no figuró entre los consentidores, entre los sumi- 
sos, entre los cómplices; i por esto señalamos esta 
pajina de su vida, es decir, su destitución de un' 
destino que era su pan i el de su madre, su prisión 
en Buenos Aires i su fuga a Montevideo, todo 
bajo la férula de Rosas, como la señal mas caracte- 
rística de su vida, como la honra mas alta de su 
juventud. 

XV. 

Fuerza es también que la historia tenga pre- 
sente, ademas de cuanto llevamos dicho, que aun- 
que se han escrito innumerables libros i abultadas 
comprobaciones sobre la obra del Terror i de sus 
crímenes en Francia, en los breves tres años que 
duró su reinado, en la época moderna i mas cer- 
cana a la vida de Rosas, país por país, estadística 



32 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

por estadística, las matanzas de aquél, de Oribe, de 
Urquiza, de Quiroga i otros seides, contadas las víc- 
timas una a una, sobrepujan en cien codos las ca- 
bezas que cayeron de la guillotina. Se ha compa- 
rado por algunos a Rosas con Eobespierre. Enor- 
me i casi grotesco error de número, de tiempo, 
de carácter. Rosas escedió a Tiberio, a Calígula, 
a Nerón, a Eobespierre, a Danton, a Marat, todos 
juntos. Su igual es apenas Tamerlan, con sus pirá- 
mides de cabezas humanas en medio de los llanos. 

XVI. 

Bajo la planta de aquel horrible malvado no 
podian nutrirse, como de hecho era evidente, 
sino espíritus enanos, almas raquíticas i villanas 
con el pábulo del miedo; de suerte que nos sor- 
prende el que algunos espíritus viriles, como el de 
Gutiérrez, hubiesen tardado tanto en caer bajo la 
coyunda del tirano o en huir de ella. Gutiérrez 
sufrió dentro 'de Buenos Aires el sangriento yugo 
de Rosas hasta 1839, en que fué aherrojado. 

Antes de ese castigo glorioso, porque fué purifi- 
cación, el joven matemático habia prestado cierta 
fútil cooperación a los diarios enfermos de ictericia 
que se publicaban en Buenos Aires. — Uno de esos 
diarios, redactado por Alberdi, se denominaba la 
Modcu —¿La moda de qué? ¿La del cintillo punzó? 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



33 



¿La del bigote federal? ¿La del chaleco colorado? 
A eso era a lo que podía dilatarse la literatura 
contemporánea de Buenos Aires, bajo la cincha 
i la rienda de un domador de potros chucaros 
que se burlaba del saber humano, que se creia 
médico i sacerdote, i que reducía todo el alcance 
de la intclij encía a lo que contenia el diccionario 
de la lengua castellana. i 

XVII. 

Pero por lo mismo, si bien en secreto, la juven- 
tud de la márjen derecha del Plata, en medio de 
la cual Gutiérrez veía deslizarse sus dias con in- 
grata esterilidad, conspiraba, i cupo a un poeta la 
alta gloria de haber dado la consigna de la reden- 
ción. Estévan Echeverría, el Heredia arjentino, 
fundó la sociedad secreta denominada Asociación 
de mayo, nueva Lojia Lautarina contra el despotis- 
mo domestico, i luego el látigo de Rosas dispersó 
a todos sus socios, que fueron otros tantos venga- 
dores. Gutiérrez estuvo en dura cárcel durante tres 
meses, i solo a mediados de 1839 pudo refujiarse 
en Montevideo, donde le aguardaban ya todos sus 
compañeros de propaganda i de protesta. 

XVIII. 

Cuando Gutiérrez cruzó furtivo el Plata de una 
orilla a otra, no era un hombre conspicuo ni como 



34 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

los Várela, ni como Paz ni como Lavalle. Era un 
joven de treinta años, instruido, laborioso, mo- 
desto i querido. Pero su juventud no habia tenido 
todavía el lucimiento que es el privilejio del cul- 
tivo de las letras humanas. Se habia recibido de 
agrimensor i tal vez de abogado, si bien de esto 
último no encontramos mas comprobante que su 
título de «doctor», calificativo jenérico del cual son 
tan pródigos ,los arjentinos como los peruanos, 
aplicándolo a veces a los simples profesores o a los 
literatos. 

Pero si sobre esto cabe alguna duda, es evidente 
que el doctor Gutiérrez habia aprovechado sus 
años juveniles en la preparación intelectual que 
le hizo mas tarde tan notorio. Conocía la mayor 
parte de las lenguas vivas, especialmente el fran- 
cés i el italiano, lo que ha hecho decir a uno de 
sus críticos que como escritor era mas florentino 
que castellano en su dicción. (1) 

Sin embargo de esto, en los viejos pergaminos 
de su padre, regalo de su mocedad, debió el joven 
aprendiz encontrar mas de un modelo de la noble 
lengua patria que tanto amara i admiró, si bien 
por una inconsecuencia que mas tarde le habremos 
de reprochar, murió repudiando con descortesía 
sus honrosos diplomas. 

(1) Blanco Cuartiu. — Mercurio do abril 1878. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 35 

En una palabra, cuando Gutiérrez emigró de 
Buenos Aires por la primera vez, era mas un ope- 
rario que un artista, mas un agrimensor que un 
literato. 

El destierro se encargarla de haper su educación 
i su renombre. 

XIX. 

Acercábase rápidamente en esa época la crisis 
que provocó el jeneral Lavalle i que terminó des- 
pués de tres años de sangriento batallar en una 
triple trajedia, esto es, en la muerte casual de La 
valle en el zaguán de una casa de Jujuy, el pasc¿ 
de la cordillera nevada por La-Madrid, que dejó 
sembrados de cadáveres los desfiladeros de Uspa- 
llata (setiembre de 1841), i por último el sitio de 
Montevideo. 

Comienza en esta ciudad la verdadera vida pú- 
blica del doctor Gutiérrez, sus servicios a la causa 
de la libertad, sus primeras armas en la literatura 
americana, su fama de escritor i de crítico, i 
también la larga carpera de sus peregrinaciones 
que le condujeron años mas tarde a nuestro suelo. 

XX. 

A hacer conocer la vida del doctor Gutiérrez 
en Montevideo, dedicaremos un capítulo por se- 
parado. Pero no cerraremos el presente sin apun- 



36 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

tar un dato no poco singular que pone de mani- 
fiesto la alta personalidad, que al menos a los 
ojos de Rosas, asumía el escritor desterrado. 

En una de las interminables listas de proscrip- 
ción i de saqueo que Rosas se entre tenia en forjar 
después que el jeneralLavalle i «sus salvajes in- 
mundos i asquerosos unitarios» tomaron las armas, 
figura el nombre de don Juan María Gutiérrez, 
como uno de los ciudadanos que debian suminis- 
trar diez soldados de reemplazo personal al ejér- 
cito federal, i aunque en esa fecha (febrero 8 de 
1840) Gutiérrez se encontraba ya en Montevideo, 
ís posible que aquel lo ignorase o que, sabiéndolo, 
por sistema i por taima lo inscribiese como a 
otros. (1) 

Rosas despreciaba profundamente a los literatos 
porque escribían, porque publicaban su pensa- 
miento, porque no usaban bigote (i Gutiérrez no 
lo usó jamas), i porque vestían frac. 



(1) Veáse el Archivo citado de la policía de Buenos Aire», 
vol. II. púj. 3.35. En estos mismo dias de la conmutación del 
doctor Gutiérrez, se leen autógrafos de Rosas en que inpone diver- 
sos castigos por delitos como los siguientes: — «Martin Lacana 
es de frac i unitarto>.—X la cárcel. — Rosas j> — «Juan Navarros es 
paquete de frac i unitario. — A la cárcel. — Rosase — «Manuel 
Jordán, de 03 años, es hablantín, salvaje unitario i se quitó el 
Ligóte. — A la cárcel. — Rosag.'» 

I así, por ese estilo, todos los domas. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 37 

Pero no debió estimar en tan poca cosa al doc- 
tor Gutiérrez cuando creyó que aun siendo doctor 
valia su persona diez soldados. 

Rosas como caudillo gastaba en esto el criterio 
i la ambición del indio pampa. Un cacique de buen 
porte i mediana nombradía vale en los toldos por 
rescate un buen piño de yeguas alzadas. Un ca- 
pitanejo de tribu vale al menos diez mocetones. 

I este último precio era el que Rosas tenia 
asignado en sus anales secretos al joven jeómetra 
que acababa de escaparse de sus manos. 

Veremos en breve que Rosas no se liabia equi- 
vocado en su avalúo. 



III 
EN MONTEVIDEO, 

¿FUE EL DOCTOR GUTIÉRREZ UN VERDADERO POETA? 



« Guti?rrez;Yh]auT<iux chanteur des gloires na- 
tionales.» — (Alejaruhn Dumns. — Montevideo 
ou la Nouvelle Troie.— Paris, 1850 páj. 62). 

I. 

Guando de noche, disfrazado i jugando su cabeza 
en el vaivén de una ola; en el resplandor de una 
linterna, en él silvato de un sereno de patrulla, es- 



38 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

capóse de los vijilantes esbirros de Rosas el joven 
doctor Gutiérrez, i amaneció en las alegres calles 
de la coqueta Montevideo, ninfa heroica recostada 
en un peñón que el Plata besa, la situación de 
aquella ciudad, como la de la Banda oriental a que 
sirve de elegante metrópoli, era tan estraña, sin- 
gular i fantástica como la del montón de cacicados 
que tenia Eosas secuestrado, a manera de hato de 
lobos, bajo su sangriento cetro de tirano. 

II. 

No había en verdad en el Uruguay en 1840, 
Unitarios ni Federales, como los que desde hacia 
diez años se degollaban dia a dia con incansable 
brazo i nunca mellada cuchilla en la orilla opuesta. 
Pero reinaban en aquel período de sanguinoso 
vértigo los bandos de Colorados i de Blancos, 
que alientan todavía sus odios i sus divisas, si 
bien amortiguadas por el cansancio i por el im- 
pulso moderador de todos los progresos. 

Era el jefe de los Colorados i presidente en esa 
época de la pequeña pero noble república uru- 
guaya, el famoso jeneral don Fructuoso Rivera, 
prototipo del gaucho oriental, bravo, falaz, dilapi- 
dador incorrejible de lo suyo i de lo ajeno, embus- 
tero i mas que esto incomparable jinete, discípulo 
i brazo derecho del terrible Artigas, este verda- 
dero Atila americano, azote por tanto i columna, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 39 

alternativamente, de la civilización i de las leyes, 
según el rumbo que su caballo de guerra tomaba 
en la llanura. El caudillo de los Colorados era, sin 
embargo, clemente i magnánimo, i bajo su go- 
bierno las víctimas del puñal de Rosas encontra- 
ban jeneroso asilo en su ciudad i en su tesoro, 
escaso siempre, pero abierto de par en par al úl- 
timo venido. Por esto le aborrecía Rosas i le 
habia declarado salvaje unitario. Para Rosas la 
hospitalidad era un crimen, porque como los cha- 
cales no tenia guarida. 

III. 

Comandaba a los Blancos, es decir, a los hom- 
bres de caudal, a los hacendados de vacas, a los 
mercaderes de vara i de balanza, que temian la 
mano insaciable de Rivera, un hombre de la ciu- 
dad, educado, hermoso en su esterior, pero bestia, 
infame i villano en todos los repliegues de su 
alma de malvado: el famoso don Manuel Oribe, 
lechon de tigre que la pantera de Buenos Aires 
amamantaba a sus tetas. Oribe, después que el tra- 
buco de Santos Pérez quitó del medio a Quiroga, 
fué el Sejano de Tiberio. 

IV. 

Oribe habia sido ministro de la guerra de Ri- 
vera en 1834 i le sucedió en el mando supremo en 



40 JUAN MABIA GUTIERKEZ. 

1836, gracias a las influencias do los ricos, es de- 
cir, de los Blancos de la opulenta ciudad i de sus 
saladeros que la hacen cintura, bordando su bahía. 
Pero Rivera, siempre inquietó i siempre pró- 
digo, montó un dia a caballo, convocó sus lejiones 
de gauchos de chiripá colorado, i librando una 
batalla sangrienta al presidente lejítimo en el 
Palmar (1838) lo hizo abdicar como un esbirro 
pusilánime i refujiarse en Buenos Aires. 

V. 

Rosas recibió al presidente destituido con los 
> brazos abiertos, i en breve, cuando le hubo adivi- 
nado i puesto a prueba, confióle para ir a re- 
conquistar su puesto el ejército mas lucido que la 
Santa Confederación habia equipado hasta enton- 
ces para esterminar en ambas márjenes del Plata 
a «los salvajes, inmundos i asquerosos unitarios.» 
El dictador del Plata sabia que Oribe era un je- 
neral nulo i hasta cobarde, pero sabia al mismo 
tiempo que después de Quiroga, i aun con prefe- 
rencia al gaucho riojano, era aquel el mejor dego- 
llador que servia bajo sus banderas. I con esto 
bastaba para sus propósitos. • 

VI. 

Al pisar tierra amiga el doctor Gutiérrez, desa- 
rrollábanse en el interior de los países que el Pa- 



JUAN M AEIA GUTIÉRREZ. 4 1 

9 

rana i el Paraguay separan, aquellos graves suce- 
sos; pero la capital del Uruguay se mecía tranquila 
en su confianza, en su peñón i en su opulencia. 
Habia de estraño en aquellos países i enjeneral 
en todas las repúblicas españolas, con escepcion 
de Chile, donde la población se amontona, que las 
ciudades en raras ocasiones . sentían el estrepito 
de las armas. Como la guerra se hacia casi esclu- 
sivamente a caballo i al galope, se sabia el éxito 
o rechazo de las cargas i de las victorias solo por 
los boletines que de tarde en tarde traían los chas- 
ques a los gobiernos nominales que los caudillos 
(simples capataces de rebaño) dejaban, como de 
prestado, alas poblaciones. — «Si quieren que tenga 
infantes, escribia.Kivera a sus paisanos de Monte- 
video en esa época, mándenme negros.» El jinete, 
cabo de los Treinta i tres, consideraba una mengua 
todo lo que no fuese empuñar la rienda de su bri- 
dón i la lanza. Por eso mismo el Chacho cuando 
llegó emigrado con La-Madrid a nuestro suelo (se- 
tiembre de 1841), para condensar toda su desven- 
tura en una frase a los que le interrogaban por su 
suerte, solo respondía mirando hacia los nevados 
Andes, barrera de los llanos: — «¡En Chile...* a pié!» 

VIL 

No fué por esto estraño que en medio del lejano 
estampido del cañón se entregase la culta sociedad 



42 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

ele Montevideo a gustos casi pastoriles, cultivando 
las bellas letras, el teatro i la poesía. 

Los emigrados arjentinos que habian precedido 

seguido al doctor Gutiérrez en su peregrinación 
a la playa oriental, eran por esa época, como lo 
fueron algo mas tarde en Chile, los activos promo- 
tores de ese movimiento intelectual, i esto a tal 
punto que el mismo gobierno tomó cartas en esas 
pacíficas batallas del injenio, i ppr decreto de 6 
de mayo de 1841 ofreció una.medalla de oro al 
poeta que en el inmediato anh'-ersario de la inde- 
pendencia arjentina, es decir, el 25 de mayo, pre- 
sentase en un concurso público el mejor canto a la 
patria i a la libertad. 

VIIL * 

Entre ocho competidores el doctor Gutiérrez 
obtuvo el codiciado lauro, premio de una esforza- 

1 da composición en verso que comenzaba de esta 
suerte: 

A MAYO. 

Triunfos i glorias en la lira rnia 
Deben hoi resonar. Cese el jemido 
Que en torno al polvo del campeón caido 
Lanzara el alma en pavoroso dia. 

Vengan hoi a mi sien palmas verdosa?; 
Porque el mustio crespón que auuucia el llanto 
Hiela la mente que levanta el cauto 
Al nivel de victorias portentosas. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 43 

Palma a mi sien! mas palma entrelazada 
Con albas cintas en azul teñidas, 
Que son colores a la vez queridas 
Del cielo hermoso i de la patria amada. 

Palma a mi sien; recojimiento a mi alma; 
Sublime majestad a la voz rnia, 
Dad, oh mi Dios! dispensador del dia, 
Como dais tempestades i dais calma. 

Todo es tuyo, señor: en mi creencia, 
Prodijios de los hombre i conquistas, 
Creaciones de vates o de artistas, 
Son obra tu3 r a, no de humana ciencia. 

Jamás alzara el pensamiento al cielo, 
A contemplar las luces de tu gloria, 
Sin tenerte, Señor, en la memoria 
I sin mirar compadecido el suelo. 

I cuándo pude comprender un dia 
Lo que hicieron los hombres del Gran Mayo, 
Ya compredí también que ardiente rayo 
De tu luz divinal les dirijia. 



IX. 



«Hecha la lectura de esta pieza, dice un ilus- 
trado compilador arj entino que acaba de dar a luz 
un ensayo sobre el doctor Gutiérrez, considerán- 
dolo mas especialmente en su carácter de bibliófilo 
i de bibliógrafo, hecha la lectura de esta pieza el 
25 de mayo de 1841 en el teatro de Solis, el señor 
Presidente declara que no se conoce el autor, i le 
invita a comparecer, si se encuentra presente. Los 
ojos se dirijen hacia atrás. Una figura joven se 



44 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

pone de pié, i un aplauso jeneral saluda al noble 
cantor de las glorias americanas. Atraviesa la pla- 
tea i sube al proscenio, entre aplausos; acredita la 
identidad de su persona, i preguntado por su nom- 
bre, contesta llamarse Juan María Gutiérrez. 

«El Presidente pone en sus manos la medalla 
de oro, con esta alocución: 

«He aquí el lauro consagrado por el patriotismo 
al sublime cantor del gran día de América. Os 
habéis hecho, por vuestro noble injcnio, digno de 
él i del común aplauso.» 

I al recibir la medalla con que el pueblo orien- 
tal galardonaba el injenio, el poeta laureado con- 
testa en los términos siguientes: 

«La mas alta poesía no es tan elocuente como 
este acto, para demostrar los progresos morales, 
debidos al gran pensamiento de Mayo. Yo acepto, 
señor, este premio con reconocimiento; i donde 
quiera que me arroje la ola de la revolución de 
mi patria, allí lo mostraré para probar que en la 
República Oriental del Uruguay, han echado raí- 
ees la civilización i el amor a la libertad.» (1) 

X. 

¿Merecía el canto a Mayo del joven poeta el 

(1) Juan María Gutiérrez, su vida i sus escritos: por Antonia 
Zinuy. — Buenos Aires, 1878. 



JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. .,45 

premio acordado por el tribunal literario de Mon- 
tevideo? 

Ni por un momento nos atreveríamos a poner 
en duda ni ese fallo ni su justicia distributiva. 

Pero en sí misma esa composición profunda- 
mente patriótica, ¿es un canto lírico, una inspira- 
ción del alma, una obra verdadera de poesía? 
¿Fué un verdadero poeta el doctor Gutiérrez? 

He aquí lo que sin asumir el título ni los arbi- 
trios pretenciosos de la crítica, no vacilamos en 
declarar de una manera adversa a la memoria i a 
la fama poética del ilustre literato i crítico arjen- ^^^^» 
tino. 

Desde luego, poeta a la altura de Bello, de 
Heredia, de Lozano i de Olmedo, el cantor de Ju- 
nin i Miñarica, no alcanza a ser ni con mucho el 
cantor laureado de Mayo, por alto que encumbren 
manos amigas el pedestal de su numen. 

La dicción de ese i otros variados trabajos de 
su arte puede ser correcta, el verso parejo, bien 
medido, gramatical, conforme en todo a la métri- 
ca, esta jeometría del oido. ¿Pero liai en su com- 
posición bríos? ¿Estalla el entusiasmo como el 
fuego? ¿Brota espontáneo el calor del alma, re- 
móntase en atrevjdo vuelo el espíritu a lo gran- 
dioso i ensánchanse las imájenes cual en el cielo, 
en el mar, en la pampa? ¿Revélase en fin lo pro- 
fundo del pensamiento, la poesía, el-estro, el nú- 



4C JUAN MARTA GUTIÉRREZ. 

Bien', del cual el verso es solo la túnica mas o menos 
bien cortada por la medida cadenciosa del artí- 
fice? 

Ni en el canto de Mayo ni en ninguna de las 
composiciones aun las mas fáciles i lijeras del vate 
arjentino, encontramos nosotros, sus amigos i ad- 
miradores, como escritor i como crítico, ni agru- 
padas ni sueltas en el desorden en que suele estar 
el oro entre las arenas, esas condiciones sin civyo 
conjunto i sin cuyo vario desaliño no existirá ja- 
mas la verdadera poesía, es decir, el don divino 
de conmover, de exaltar, de conducir el espíritu 
' cual sobre alas de luz a otras rej iones que no sean 
el árido terruño que habitamos bajo la viga i la 
teja, o recorriendo en monótomo vehículo la pol- 
vorosa llanura en que corre el tren moderno o la 
antigua galera de colleras. La poesía sin potentes 
alas nos hace el efecto de un eunuco. 



XI. 



I aun, adelantando un tanto mas nuestro juicio, 
ocúrresenos que hasta la escasa fibra que aparece 
en el lánguido, desigual i trabajoso tejido de los 
versos iniciales que ya hemos copiado del canto 
de la juventud i de la patria, se estingue casi por 
completo en el desarrollo del tema, porque en 
seguida aparecen en el canto premiado estrofas 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 47 

tan opacas, vulgares i aun contrahechas como la 
siguiente: 

El foro que pisamos 

I que al nombrar lo historia 

Le dará el apellido de Victoria 

Es en este momento la aleatoria 

Urna que encierra los benditos nombres, etc. 

I esta otra: 

...Largo i prolijo 
Fué el largo dominar del depostismo: 

Código de egoísmo 
Con ultrajantes leyes nos rejia 

I en menos nos tenia 
Que a bestia dócil la altanera España. 



¿Hai en todo este acomodo artificioso, lento, 
pobre, en el que parece distinguirse todavía la fa- 
tiga de la mano, del alma i de la frente, hai en 
este himno, honrado i patriótico, pero desprovisto 
de calor i de lirismo, algo que pueda ni siquiera 
compararse al estro verdaderamente sublime con 
que Mármol cantó, dos años mas tarde en aquella 
misma ciudad i en idéntico aniversario (25 de 
mayo de 1843), el advenimiento de la emancipa- 
ción del Plata, en aquellas inmortales estrofas 
Al sol de Mayo que concluyen con esta grandiosa 
e implacable maldición digna del Dante como 
grito i como profecía? 



48 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



Miradlo, sí, miradlo. No veis en el oriente 
Tifiándose los cielos con oro i arrebol? 
Alzad, americanos, la coronada frente: 
Ya viene a nuestro cielo el venerado sol. 
El sol de los recuerdos, el sol del Chimborazo 
Que nuestros viejos padres desde la tumba ven: 
Aquellos que la enseña de mayo con su brazo 
Clavaron victoriosos en su nevada sien. 



Sí, Rosas, vilipendia con tu mirar siniestro 
El sol de las victorias que iluminando está: 
Disfruta del presente, que el porvenir es nuestro 
i" entonces ni tus huesos la América tendrá. 

XII. 

¿O hai en el canto premiado de 18-11 una sola 
imájen que pudiera acercarse a lo que Bello escri- 
bió sobre la Zona Tórrida, Heredia al pié del Niá- 
gara o Lozano en su apoteosis de Bolívar o el de 
Napoleón? 

Ayer cuaudo era niño mi madre me contaba 
La historia de tres siglos que América escribió 
Contábame que un hombre (que al recordar lloraba) 
Sobre un caduco cetro la independencia alzó. 

¿Quién no presiente el verdadero jenio del poe- 
ta en esa sola estrofa que anuncia en la escena del 
Nuevo Mundo la aparición i la obra del «Liber- 
tador»? 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 49 



XIII. 



Para justificar todavía mas nuestro juicio in- 
trínseco, i sin provectar sobre la lira del poeta 
laureado de Montevideo el ingrato reflejo de ajena 
i radiosa inspiración, permítasenos todavía copiar 
otra de las estrofas de su perezoso canto premia- 
do, porque esa estrofa es el punto culminante de 
su idea, es su símbolo i su carácter. 

El pensamiento de Mayo 
Fué una sublime esperanza 
De dicha que no se alcanza 
Sino en el volcar del tiempo, 
Porque las obras humanas 
Crecen entre las espinas 
O truécanse luego en ruinas 
Que desbaratan los vientos. 

¿Era el doctor Gutiérrez o no era poeta lírico, 
poeta verdadero en el vasto i gráfico sentido de 
este nombre i su significado? 

XIV. 

Pero aun en sus composiciones de j enero lijero, 
que se amoldaban mas a la índole peculiar de su 
talento, no es a nuestro juicio mas afortunado el 
poeta laureado, porque una de sus concepciones 
mas celebradas, Los Espinillos, escrita en el océa- 

7 



50 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

no en 1843, concluye así, hablando de un ena- 
morado que llega a la orilla del mar, i saltando de 
su potro entra en una barquilla: 

Porque era pez en las olas 
I león en el rodeo: 
I nadie en lanzar las bolas 
Ni en el manejo del remo 

Le igualó. 
Le vela dio al horizonte 
Cantando en risueña voz : 
« Tráeme un durazno del monte 
Amarillo i abridor 

I abridor.» 
Era encargo de su bella, 
Entre besos se lo dio, 
€¡No hai durazno como ella/s» 
Añadió, dando un adiós, 

El cantor. 

¿Hai poesía, hai gracia, hechizo, soltura siquiera 
en este juguete? ¿No hai todas las negaciones de 
la poesía, aun las de la imitación de los poetas de 
la escuela de Melendez i de Arriaza, que el cantor 
tuvo en esta vez presentes sin copiarlos? 

En sus composiciones nacionales, el doctor Gu- 
tiérrez es mui inferior a su compatriota i amigo 
Estovan Echeverría, i cuando elije temas vulgares 
queda a cien leguas de Ascasubi, el lejítimo pa- 
yador de la Pampa. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 51 

XV. 

En Chile no tuvo tampoco el doctor Gutiérrez 
mejor estro ni mejor fortuna como poeta. I por 
no alargar demasiado este ensayo, vamos a repro- 
ducir únicamente una de sus composiciones mas 
breves pero íntegra que dice así: 

A UNA COPIAPINA. 

Todo es plata en Copiapó. 
Habrá pueblo mas monótono! 
En barra, en pina o en pella, 
Siempre ese metal o lodo, 
Se prende del corazón 
Como de la tierra el hongo. 
Solo la mujer allí 
No es de plata... ni de oro, 
Sino de la dulce pasta 
Que llaman carne los teólogos. 
Verdaderas hijas de Eva 
Han heredado del pomo 
I le han dividido en dos 
Que dan latidos armónicos. . . 
Poned el oido i dormid 
A esa música, hombre estólido, 
Que veta que no es de amor 
Libro es que se vuelve prólogo, 
I quien se envejece en leerlo 
O es un leso o es un loco. 

XVI. 

El doctor Gutiérrez, eximio matemático, hijo 



m JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

de un contador, discípulo de un injeniero que 
habia hecho versos por decreto (como el doctor 
Yera en Chile), i empleado durante su primera ju- 
ventud en una árida oficina de líneas, de números 
i de planos lavados al temple, no poseía indudable- 
mente una naturaleza poética, ni siquiera una 
organización armónica i cadenciosa, como las 
hai en ciertos rimadores espontáneos que amol- 
dan el verso al oido sin que por esto vibre en el 
aire el metal dulce o sonoro de la inspiración. 

Por este defecto de número en un hombre de 
números, su versificación misma, si bien ajustada 
a la mecánica, como las piezas de un ensamble, no 
halagan el tímpano como no fascinan el entendi- 
miento con el brillo de la forma, con la ampulo- 
sidad del ropaje, ni siquiera con el selvático i de- 
sordenado tropel de las imájenes incultas, que en 
los poetas verdaderos, son como un distintivo de 
fuego, no obstante los defectos esteriores del me- 
tro i de la forma. 

XVII. 

El doctor Gutiérrez tenia, sin embargo, como 
hombre, un corazón afectuoso, una alma impresio- 
nable, i cuando se dejaba ganar por la ternura i 
el sentimiento, solia producir estrofas fluidas i es- 
pontáneas (cualidades estas dos últimas sumamen- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 53 

te raras en sus poesías), sin que dejen de notarse 
por esto de cuando en cuando los tropezones que 
su mal enseñada musa daba en los caminos del 
arte, buscando en la oscuridad el hilo roto de la 
inspiración poco durable. v 

Mas adelante, es posible, por esto i como una 
cariñosa indemnización de la crudeza de nuestro 
juicio presente, que entreguemos a la publicidad 
en este ensayo alguna pieza doméstica del antiguo 
emigrado que cantó nuestro cielo i nuestros hoga- 
res siempre con estro cariñoso. ■ 

XVIII. 

En el orden estrictamente lírico, tal vez lo mejor 
porque es lo mas poético que Gutiérrez escribió 
en verso de cuanto de él conocemos, es su com- 
posición a la Independencia de Chile, publicada 
en Valparaíso el 18 de setiembre de 1845. De ella 
citaremos por esto algunas estrofas en el lugar 
oportuno i cuando, — después de haber dado a co- 
nocer, como creemos haberlo hecho al presente, al 
poeta mediocre, simple rimador por el estilo de 
su maestro i jefe en la oficina topográfica de Bue- 
nos Aires, el doctor López Planas, autor de la can- 
ción arjentina (tan prosaica como la de Chile), 
— hayamos hecho justicia al eminente crítico i es- 
critor americano. 



í>i JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



XIX. 

Entre tanto a .fin de dar remate a este tema que 
tal vez compromete nuestro escaso criterio, no asi 
nuestra imparcialidad, nos será permitido decir 
que los versos del ilustre decano de la literatura 
del Plata nos parecen casi tan mediocres como 
los de sus paisanos Vera i Lafinur, (que fueron 
en su época poetas mui celebrados en Chile), i 
sea dicho, ademas, en pro de su lejítima gloria de 
escritor en prosa, tan malos como los Cervantes. 

£ XX. 

Estp no nos privará, sin embargo, de hacer cono- 
cer mas adelante una que otra composición ocasio- 
nal del poeta laureado de Montevideo, sea que ca- 
racterizen una situación de su vida o de las crisis 
múltiples i variadas porque atravesara en su ca- 
rrera de peregrino; sea que las ofrezcamos en 
honesto beneficio de los que no participen de 
nuestra opinión o posean mejor gusto que el de 
quien jamas ha perfilado un verso en rima al- 
guna. 

I aun en anticipo de esta buena fe empeñada 
agregaremos al concluir este espinoso capítulo, que 
entre las setenta i ocho composiciones en verso 
que con el sencillo título de Poesías publicó el 
doctor Gutiérrez en 1869, encuéntrase una que se 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 55 

titula «maestro ciruela» i cuya primera estrofa, de 
fácil aplicación, es la siguiente: 

«Nuestro capitán Araña 

Ya no quiere ser marino, 

Ha tomado otro camino 

Porque es mudable alimaña: 

Hoi es el maestro ciruela, 

Que no sabe leer i pone escuela.^ ( 1 ) 



IV 

EN EUROPA, 

I. 

Mientras la distraída i hermosa capital del Uru- 
guay sentia deslizarse dulcemente los dias de 
su inquietud escuchando el blando cantar de sus 
trovadores emigrados, desenlazábase en sus cam- 
pañas el largo i sangriento problema de cuál de sus 
caudillos montados habría de ser definitivamente 
su amo i su azote. 

El alevoso Oribe, presidente legal sin embargo, 
venia avanzando con un ejército de degolladores 
adiestrados cuyo lema era éste: — Leyes, Oribe o 

(l)Poesías de Juan María Gutiérrez. — Buenos Aires, 1869. 
1 vol. 8." de 336 pajinas. 



5G JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

muerte!; i después de haber deshecho a Lavalle 
que habia tomado las armas para ayudar a los 
orientales, (secundado a su vez abiertamente por 
los franceses), en la célebre jornada de Quebracho 
Herrado, quebrantó totalmente sus reliquias en 
la temeraria batalla de Faimallá, librada por el 
jeneral unitario a las puertas de la ciudad de Tu- 
cuman (setiembre de 1841). 

Fué el resultado de ese desastre que replegán- 
dose Lavalle hacia el norte fuera muerto por la 
bala de un montonero en las calles de Jujuy; 
que La-Madrid, su segundo, atravesase los nevados 
^ ^ Andes por el oriente, refujiándose en Chile des- 

pués de horribles calamidades en los hielos; i por 
último, que el vil sayón de Kosas ya nombrado, 
hiciese clavar en la plaza de Tucuman la cabeza 
de su ilustre gobernador i noble cabeza de la liga 
del interior contra el tirano, don Marcos F. Ave- 
llaneda, padre del actual presidente de la Confe- 
deración Arj entina. 

Tuvo este holocausto lugar el 3 de octubre de 
1841. 

II. 

Pacificado el centro, el norte i el oriente de la 
Confederación Arjentina por el cuchillo, Oribe 
torció bridas al poniente para castigar a Rivera, 
no tanto como a aborrecido rival sino como alia- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 57 

do del salvaje unitario Lavalle, i para quitarle 
del pecho la banda de que se decia despojado. 

Encontráronse los dos ejércitos a orillas de un 
estero en la provincia de Entre-Kios, llamado 
Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842, i des- 
pués de espantosa carnicería fueron barridos por 
la metralla los escuadrones orientales, i obligado 
Rivera a repasar el Uruguay con un puñado de 
jinetes fujitivos i descorazonados. 

A la matanza del cañón siguióse la del puñal 
después de la derrota. En Quebracho hondo i en 
Faimallá, Oribe se había contentado con segar a ^ 
cuchillo la flor del ejército unitario. Pero en el^^ 
Arroyo Grande no se dio el trabajo de elejir ni 
de entresacar como en el corral de encierra: hizo 
degollar en una sola tarde 556 jefes i soldados 
orientales, i pasó adelante... Era esto lo que aque- 
lla fiera domesticada en jaula de oro (porque 
hemos dicho ya que Oribe no era gaucho sino pa- 
tricio «de Montevideo) llamaba ejecutar cautivos 
«en la forma ordinaria. » I tenia en ello razón por- 
que la cuchilla del gaucho es mucho mas espedita 
que todo otro jénero de esterminio. El ejecutor, 
puesto tras de la víctima, hiende su rodilla de- 
recha en la cintura i cojiendo su cabellera, cual 
•la crin del potro, en la mano izquierda, derríbalo 
hacia atrás i de costado, de modo que la nuez de 
la garganta quede desnuda, i allá va de un solo 

8 



m JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

tajo la cabeza. Así un carnicero de oficio puede 
despachar cien prisioneros por hora, — «en la for- 
ma ordinaria» — i de aquellos traíalos por cuadri- 
llas el satélite de Rosas. 

En otra parte hemos observado que «el ramo 
municipal de carnes muertas» se llamaba en aque- 
llos tiempos en todo el ámbito de las provincias 
arjentinas el ramo de degolladeros. De todas ma- 
neras era mucho mas breve el despacho del bí- 
'pedo-hombre que del cuadrúpedo-novillo, porque 
este tiene astas i patea. El mono cuadrumano 
de las selvas limítrofes, que tiene sus mandíbulas 
V^pobladas de agudos incisivos, es todavía mas re- 
sistente al cuehillo que el ser de alma inmortal 
maniatado por el laque.... 

Entre tanto, estando al testimonio verídico del 
secretario del jeneralísimo de los salvajes unita- 
rios, don Félix Frias, no hizo ejecutar aquel no- 
ble caudillo durante sus desastrosas campañas mas 
de diez reos; i éstos, en su mayor número, fueron 
de su propio ejército por desertores o por crue- 
les. (1) 

III. 

Sabían -entre tanto, Oribe i sus lugar tenientes de 
a caballo, que lo único que agradaba a Rosas era 

(1) Félix Friaa. La gloria del tirano Rosas. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 59 

contar el número de cabezas asi despachadas «en 
la forma ordinaria», i por esto aquellos malvados, 
mataban, mataban i mataban. No conocian otra 
lei de la guerra que la lei del cuchillo. Urquiza, 
oscuro entonces, ansiaba distinguirse i entrar en 
la gracia del tirano, después de las torpezas de su 
predecesor Echagüe, gobernador de Entre-Rios, 
que según su vencedor, el ilustre Paz, no era 
cruel sino vil. Para conseguir su objeto de un solo 
golpe, Urquiza, invadiendo el Uruguay después 
de Oribe, i para sostenerle en el asedio de Mon- 
tevideo, dobló la parada de éste en el Arroyo »w 
Grande, i después de la batalla de la India Muerta^^ 
en que salió vencedor (marzo 28 de 1845), hizo 
fusilar novecientos prisioneros. Urquiza no se 
equivocó en su cálculo. Fué el hombre que mas 
alto levantó Rosas, i por eso, cuando el tirano ya 
viejo i obeso descuidóse, el gaucho entreriano jo- 
ven i brioso todavía, echólo de su guarida a caba- 
llazos 

IV. 

Cuájase sola la sangre en las venas al leer en 
detalle la marcha de aquellos dos vándalos, Oribe 
i Urquiza, hacia Montevideo después de sus vic- 
torias. «Preguntado, dice un libro de historia local 
de Montevideo, el teniente del 1.° de línea don Pe- 
dro Toses, escapado del ejército de Oribe algunos 



60 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

días después del desastre de Arroyo Grande, pre- 
guntado «¿qué siguió después de esta espantosa 
matanza hasta su evasión y cómo se verificó esta? 
Dijo: que lo que pasó el enemigo a este lado del 
Uruguay, degollaron en la plaza del Salto a un es- 
tranjero llamado Ferrer, casado de pocos dias, 
cuya familia, que estaba a media cuadra de la eje- 
cución, lloraba a gritos: después degollaron dos 
oficiales de caballería que tomaron del ejército del 
Señor Presidente Rivera, saquearon las casas de 
éstos i violaron sus familias. Que el ejército siguió 
{~ su marcha hasta el Arroyo Grande (lugar distinto 
■Üel de Entre-Ríos y que lleva el mismo nombre 
en la Banda Oriental), estancias del Presidente. 
Rivera: que allí ordenó Oribe que se incendiasen 
las casas i carneasen (el ganado) a discreción: 
que en las Averias, degollaron siete chinas prisio- 
neras, tomadas allí pertenecientes al mismo ejér- 
cito del jeneral Rivera: en el Rio Negro, fueron 
degollados dos correntinos de doce que estaban 
prisioneros i desertaron: que en el Yi, empezó a 
picar la deserción en el batallón Rincón, compues- 
to en su mayor parte de correntinos, y en ven- 
ganza los del batallón Maza degollaron a los co- 
rrentinos que traian: en el paso de Villas Rosas, en 
el mismo Yi, trajeron un joven que dijeron ser 
mayor del ejército Nacional, y lo degollaron, en 
Canelo Grande: en una fuerte guerrilla con la 



1 

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. Cl 

fuerza del jeneral Medina, cayeron seis soldados 
prisioneros y fueron degollados y lo fué también 
un vecino de aquellos parajes, francés de nación, 
en cuya casa paró el jeneral Medina, al que mató 
el mismo Oribe de dos puñaladas por no haber 
avisado el huésped que habia tenido: que llegado 
el ejército enemigo a Mazoña, se presentó un ca- 
nario quejándose de que los soldados de la infan- 
tería le habian destruido una siembra de sandias 
y porque agregó que las tropas de la plaza no ha- 
cian tanto daño Oribe se irritó y lo mató con su 
mano.» (1) 

En este itinerario de matanza que abarca apé-, 
ñas dos o tres jornadas, la palabra degüellos ocurre 
ocho veces. Esa era la «forma ordinaria» i no hai 
por tanto por que aterrarse ni estrañarlo. 

y. 

En alas del viento habia llegado entre tanto a 
Montevideo el 12 de diciembre de 1842, la noticia 
de la derrota del 6 i de la marcha triunfal de Ori- 
be, que cual onza cebada en disperso rebaño, vol- 
via otra vez a su vieja guarida. 

I fué entonces, desde ese propio dia, cuando co- 
menzó la epopeya americana, cuya acción se ha 
dilatado durante nueve años i que ha pasado ya a 

(1) Recuerdos del sitio de Montevideo, vol. I. 



? 



62 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

la historia con el nombre de «Sitio de Montevi- 
deo.» 

Hallábase por fortuna a la cabeza de los emi- 
grados arjentinos eljeneral Paz, i cuando cuatro- 
cientos de sus compatriotas se presentaron a la 
puerta de su alojamiento a pedirle salvara la ciu- 
dad que era su último albergue, contestó estas pa- 
labras que fueron una profecía militar. — «Si Oribe 
me da quince dias, no toma la plaza.» 

Oribe le dio dos meses, i la plaza nunca fué to- 
mada. 

VI. 

El doctor Gutiérrez participó naturalmente con 
su persona i con su influencia de emigrado en 
aquellas supremas resoluciones. No era hombre 
de armas tomar como Paz i como Mitre, pero sa- 
bia mover en el patriota i en el soldado los resor- 
tes que convierten las armas en instrumento de 
salvación i de victoria, i a esto limitó su acccion 
durante los primeros meses del sitio, al cual en su 
calidad de escritor cooj)erara. Desde 1841 habia 
publicado en efectojunto con el fogoso e implaca- 
ble Eivera Indarte,el autor de las Tablas de sangre 
de la dictadura de Rosas, un periódico de ocasión 
titulado el Tirteo, para infundir el entusiasmo de 
la resistencia; i otra hoja con el título de Muera 
liosas! para conservar caliente el odio al tirano. 



JUAN MARÍA GUTIEBREZ. 63 



En esta publicación cooperaron con Gutiérrez, 
Albercli, su amigo inseparable i mas antiguo, el 
poeta Echeverría, Cañé, i entre otros, un capitán 
de artillería que era apenas un mancebo de veinte 
años i mandaba una de las baterías de la defensa; 
ese artillero escritor era don Bartolomé Mitre, 
mas tarde presidente de la República Arjentina i 
autor de la vida de Belgrano, libro que vale bien 
un «período constitucional.» 

Gutiérrez, con la actividad de espíritu que le 
caracterizó hasta pocos minutos antes de su fin, 
fundó también en Montevideo, en coloboracion 
con Alberdi, Mitre, Cañé, Frias, Echeverría, los dos^^ 
ilustres Várela, Tejedor i el distinguido bibliófilo 
i literato oriental don Andrés Lamas, el periódico 
de propaganda ¡eolítica i literaria titulado El Ini- 
ciador, i dando camino a sus empresas de colector 
i de crítico que en breve haria salir de las pren- 
sas de Chile la primera ofrenda digna de ellas 
en el arte literario i tipográfico, la América Poéti- 
ca, comenzó a publicar en Montevideo una reco- 
pilación de versos escojidos con el título de Poetas 
del Eio de la Plata. 

Debió el doctor Gutiérrez a estas labores que 
eran verdaderamente de su escuela i de su índole, 
el honor de que, cuando a los primeros disparos del 
asedio, en abril de 1843, se fundara por los Várela 
i por Lamas el Instituto Histórico cíe Montevideo, 






Gi JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

fuese designado como uno de los miembros fun- 
dadores, propuesto en una terna que por sí sola 
era una alta honra: sus dos compañeros de ins- 
cripción previa fueron San Martin i Blvadavia. 

VII. 

Militarizada la defensa de Montevideo, el doc- 
tor Gutiérrez no tenia va campo en que ejercitar 
sus facultades puramente literarias, i, en conse- 
cuencia, reuniendo al gamos pobres recursos diri- 
jióse a Europa en compañía de su jemelo Alberdi, 
embarcándose por el mes de abril en un bergantín 
de comercio llamado Edén, que lo condujo a uno 
de los puertos de Francia. 

VIII. 



Para entretener las horas de larga i monótona 

navegación, escribió Gutiérrez, al vaivén de las 

olas, muchas composiciones en verso, algunas de 

las cuales rejistra su libro de Poesías con el título 

Deseo, Domingo, El Ave en el Mar i otras que no 

creemos sean mejores muestras de su inspiración 

poética que las que ya hemos recordado, i de las 

cuales queremos solo reproducir este fragmento 

escrito en el mar el domingo 23 de noviembre 

de 1843. 

Entre las flores del Edén perdido 
Pusiste al hombre, tu postrer hechura, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 65 

/ en sus curvos anillos escondido 
Al primer seductor de la hermosura. 

7" viendo que era, bueno 
Cuanto la meóte creó, sublime gozo 
Iluminó tu faz, llenó tu seno, etc. 

Pero sin el propósito de insistir mas largamen- 
te en esta tarea crítica, que no nos es simpática, 
vamos a aducir aquí, todavía, una prueba que nos 
parece palmaria de que el doctor Gutiérrez nunca 
fué poeta en el sentido propio, amplio i espontá- 
neo de esta palabra i de su significación moral e 
intelectual. 

Con motivo de su viaje en el Edén, el doctor ^ 
Alberdi, uno de los mas eminentes publicistas de 
la América española, pero tan escaso poeta como 
cualquiera otro ilustre prosista de nuestro conti- 
nente, borroneó a bordo una especie de poema «en 
prosa» al cual dio el nombre del equipaje que lo 
conducía a lejanas playas. 

Pues bien, el doctor Gutiérrez, emprendió ver- 
ter en verso, es decir, hacer poesía, el pensamien- 
to i la prosa de su amigo, i en este solo rasgo, a 
nuestro humilde entender, comprobó el literato 
arjentino que no era ni podia ser poeta, sino un 
simple versificador. Un posta verdadero quebra- 
ría mil plumas antes de acometer la paráfrasis del 
pensamiento ajeno, vertido en llano estilo: porque 
la inspiración propia así encadenada i formando un 

9 



66 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

solo tomo con el diccionario, la gramática i la 
rima, moriría sofocada o estallaría dentro de sí 
misma, como una encuademación cuyas costuras 
hubiesen sido forzadas por inesperto obrero. 

Comprendemos sin dificultad que un poeta se 
haga traductor de otro poeta, porque queda toda- 
vía libre el campo de las formas, de las imájenes 
i del método. Pero «versificar un poema en prosa» 
párécenos, si la palabra no es desmentida, un ver- 
dadero «poeticidio.» 

I así con ese título — «.Fragmentos del Edén, poe- 
ma versificado en el mar», ha publicado el doctor 
C Gutiérrez su ingrato trabajo, dividido en varios 
■cuadros, que se titulan La Partida, — La Tempes- 
tad, — Después de la tormenta, — Nuevos climas, — El 
bautismo de la Linea, — El Ecuador, — El Mar es el 
Parnaso de la musa moderna, i — La Navegación, 
todos los cuales son indudablemente temas mas o 
menos prosaicos i tratados mas o menos prosaica- 
mente. 

Para justificar lo último que decimos no quere- 
mos citar sino un fragmento de este ^ocína, que es 
el primero que cae bajo nuestra mirada al abrir el 
libro, a propósito del bautizo en la Linea, (páj. 240) 

El capitán entre tanto 

Muí calladita la boca 

Al Dios Colector exhibe 

La lista de cuanta cosa 

Lleva de figura humana, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 07 

En la nave que custodia. 
I el Dios que conoce a todo 
El que ha pasado sus postas, 
A los transeúntes novicios 
Infantes, viejos o mozas, 
I¿a contribución impone 
I sus ministros la cobran. 

IX, 

Uno de los fragmentos del poema versificado del 
doctor Gutiérrez, contiene sin embargo una idea 
peregrina i verdaderamente poética; pero que a 
nuestro entender es falsa en el fondo, cuando insi-*^ 
mía que «el mar es elParnaso de la moderna musa^r 

Es cierto que la mayor parte de los poetas ar- 
gentinos i especialmente Echeverría i Mármol, que 
son tal vez, no solo los dos mas populares bardos, 
sino los dos verdaderos poetas del Plata, han 
cantado el mar, i el último estensamente en su 
poema El Peregrino, compuesto cuando en 1844 
intentó pasar a Chile por el cabo de Hornos, cu- 
yas borrascas le rechazaron. Pero eso es porque 
los poetas del Plata han nacido como las gaviotas 
a la orilla del mar i es fuerza canten a su ele- 
mento. El mar no tiene por que ser hoi un tema 
poético distinto de lo que ha sido desde la crea- 
ción, i tal vez mas exacto seria decir que lo que 
ha hecho poetas por fuerza a la mayor parte de 
los escritores /irjentinos, no ha sido Neptuno sino 



C8 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

Rosas, que los lanzó en frájiles quillas a todos los 
vientos i a todas las olas. 

También el ánjel divino 
Con inspiración nos habla 
De Dios, i escribe su nombre 
Sobre mares i borrascas... 



Yo comparé cou los mares 
La inmensidad de sus alas, 
I son como las del cóndor 
Al lado de la torcaza. ( 1 ) 



X. 

\" En cuanto a los viajes del doctor Gutiérrez por 
íiuropa conocemos mui poco fuera de lo que dice 
su biógrafo señor Zinny en este breve renglón. 
«El señor Gutiérrez visitó casi toda la Italia, par- 
te de Suiza i de Francia.» 

Parécenos, sin embargo, por esto i por las fe- 
chas esparcidas en su libro de Poesías, que aquel 
viaje fué una simple escursion de literato pobre i 
de peregrino político, porque habiendo salido de 
Montevideo en abril de 1843, existen composicio- 
nes datadas en noviembre de ese mismo año en el 
golfo de Gascuña, en el viaje de regreso, i otros 
en la Lagoa dos Patos (Brasil) en 1844. 

Parece, en efecto, que el doctor Gutiérrez pasó 



(1) Fragmento del Edén. «El mar es el Parnaso de la Musa 
Moderna.» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. G9 

la mayor parte de este último año en aquel impe- 
rio, porque mas tarde publicó un estudio sobre la 
colonia de San Leopoldo en la provincia del Kio 
Grande del Sur en el Brasil, i aun existe una com- 
posición Al autor del Peregrino datada en Rio 
Janeiro el 14 de enero de 1845. 

Guiados por esta escasa luz, creemos que el doc- 
tor Gutiérrez o se embarcó en ese puerto para Chi- 
le en ese mes o poco mas tarde. Pero lo que nos 
parece evidente es que no vino «por la Pampa», 
como apunta el biógrafo que acabamos de citar, 
porque si tal hubiese hecho el redactor del Tirteo 



1 Tirteo "^ 
ido lle>^ 



i Muera Bosas! es posible que hubiera pod 
gar únicamente su cabeza envuelta en un gangocho 
hasta la antesala de Ibarra o el fraile Aldao, o 
bien acondicionada en un cajón con aserrín como 
la de Acha i Avellaneda, quedando su cuerpo en 
el otro lado de los Andes, para señuelo de la 
Mashorca, como los cadáveres de los Maza, padre 
e hijo, en Buenos Aires. 



V 

EN CHILE. 
I. 

Hemos ya referido que el doctor Gutiérrez pe 



\ 



70 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

encontraba en enero de 1845 de regreso de Euro- 
pa en la ciudad de Rio Janeiro. 

En setiembre de ese mismo año le hallamos en 
Valparaíso, i no ha podido venir sino por mar, esc 
elemento vario i bullicioso, infinito i dulce, del que 
suelen vivir enamorados no solo los poetas i los 
pescadores, sino los matemáticos i los nautas. 

¿De cuál j enero era el entusiasmo del doctor 
Gutiérrez por el océano? 

No sabríamos decirlo. Pero la primera vez que 

encontramos su nombre en Chile, es como autor 

^*"de un testo de Jeometria elemental i en seguida de 

\n trabajo didáctico titulado El Lector Americano. 

El vate laureado de Montevideo ha colgado su . 
desacorde lira, i solo se ocupa de dar lecciones de 
matemáticas, de ciencias físicas, de náutica a los 
alumnos de la Escuela naval que existe a bordo 
de la Chile, fragata convertida en pontón casi an- 
tes de haber sido buque. 

El literato, el sabio i el crítico arjentino está 
ahora en su verdadero elemento. 

Ha llegado un poco tarde para tomar parte en 
la lid literaria a que la viva i petulante fantasía 
de sus compatriotas ha provocado a la perezosa 
pero por lo mismo mas sólida literatura nacional, 
i en esto ha tenido fortuna, porque en lugar do 
hojas de polémicas que el remolino de la vanidad 
se lleva, nos ha dejado otras de mas duradero mé- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 71 

rito. No es por esto del todo exacto, como la 
afirma el señor Lastarria en sus interesantes Re- 
cuerdos literarios, que Gutiérrez ni aun Alberdi 
cooperaron como emigrados arjentinos a la Revis- 
ta de Valparaíso fundada en esta cidad en febrero 
de 1842 por don Vicente Fidel Reyes. En 1842 
Alberdi i Gutiérrez se hallaban en Montevideo, en 
1843 en Europa, en 1844 en el Brasil. I ya hemos . 
dicho del último que solo llegó a Chile a princi- 
pios de 1845. La mente del sabio profesor chileno 
ha sido decir que los dos literatos arjentinos coo- 
peraron en la ausencia, i esto es positivo. 

El doctor Gutiérrez no alcanzó, en consecuen-^^ 
cia, a hacerse cómplice de la singular humonjáíi 
que por aquellos años tuvo Sarmiento para solici- 
tar el destierro de don Andrés Bello a título del 
mal que su cultura hacia a la libertad, a la natura- 
lidad i, si es posible decirlo con esta palabra sim- 
pática i unitaria, al salvajismo de las letras. Era ésa 
la época curiosa i embrionaria en que el jenio in- 
disputable de Sarmiento, alumbraba por intermi- 
tencias, como los faros modernos, i en cuyos dias 
hasta el jeneral La-Madrid, con su cabeza remen- 
dada por un casco de plata (según decian), me- 
tióse a literato i a hacer pan de Mallorca, precursor 
del «de la jente.» El pan del jeneral era esquisito, 
pero su prosa es carne con cuero que todavía no 
Jia pasado por el fuego.... 



72 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

tí! 

Mientras chilenos i arjentinos batíanse de esa 
suerte por la supremacía de las letras, como hoi 
luchan por la de las estepas, el gobierno tuyo 
el buen sentido de aprovechar las especialidades 
de aquellos hombres, tan desgraciados como dis- 
tinguidos: i así, mientras el señor Montt confiaba 
a Sarmiento la fundación i dirección de la Escue- 
la Normal, a título de antiguo preceptor en los 
Andes, el jeneral Aldunate, a la sazón ministro de 
marina, nombraba al doctor Gutiérrez, en virtud 
^^de sus elevadas recomendaciones como injenicro, 
^^irector de la Escuela Naval de Valparaíso. 

Principalmente para el uso de sus alumnos 
compuso el director i profesor de aquel importan- 
te establecimiento los dos testos didácticos que 
ya hemos recordado, porque el poeta se habia con- 
vertido en profesor i el antiguo i fogoso diarista 
en sesudo crítico. Su viaje, si bien rápido, fructí- 
fero, por Europa i otros países, habia sin duda in- 
fluido, no menos que la lejanía del foco ardiente 
de los dolores i de las pasiones de su suelo, en 
imprimir aquel nuevo jiro a su de suyo bien tem- 
plado espíritu. 

Puede decirse, a la verdad, que el doctor Gu- 
tiérrez comenzó a ser literato en el destierro, es 
decir, en Chile donde vivió cerca de ocho años 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 73 

trabajando pacientemente i produciendo los fru- 
tos sazonados de los entendimientos que, enseñan- 
do a otros, cultívanse a si propios, comcPel acero 
que se afina con el contacto de la dura piedra que 
su filo pule. 

III. 

Fruto de esta nueva tendencia de la edad ma- 
dura del escritor arjentino fué la obra literaria i 
tipográfica mas popular, mas celebrada i mas in- 
teresante que hasta esa época hubieran producido 
nuestras prensas. Al decir esto no necesitamos 
agregar que esa obra fué la América Poética, labor 
esclusiva del doctor Gutiérrez, (publicada po: 
imprenta del Mercurio, que todavía conserva su 
superioridad industrial en el país), en trece entre- 
gas que fueron entregadas al público desde febre- 
ro de 1846 a junio de 1847. 

A fin de dar una idea de la solícita consagra- 
cion, empeño intenso i esmero cuidadoso, de este 
trabajo, nos bastará decir, que recibiendo un in- 
fatigable compilador el salario de un simple jor- 
nalero, coleccionó, clasificó i dio a la estampa las 
poesías escojidas de cincuenta i tres autores, rejis- 
trando en su libro 455 composiciones con 54,500 
versos. 

La edición de la América Poética que lleva el 
nombre del señor Cortés, hecha treinta años mas 

10 




^ 



74 JUAN MAMA GUTIÉRREZ. 

tarde, no es sino una ampliación de aquélla, en 
la cual sus editores franceses, los señores Kosa i 
Bouret, metieron el cuchillo de la poda no como 
anatómicos sino como jndios, destrozando a su sa- 
bor i economía las vastas colecciones del paciente 
i joven compilador. 



IV. 



La América Poética fué recibida en todos los 
países de América con aplauso unánime. En Chile 
abrió a su autor las puertas de la Universidad i 
en el Plata, donde tronaba todavía el cañón, se 
^spresaba de esta suerte su ilustre compatriota, 
el poeta Echeverría, cuya prosa, por la muestra, 
era bien pobre: 

«El señor Gutiérrez es el primero que ha lle- 
vado entre nosotros a la crítica literaria el buen 
gusto que nace del sentimiento de lo bello i del 
conocimiento de las buenas doctrinas.... Hoi en 
Chile, en los ratos que le dejan desocupados arduas 
tareas de enseñanza, se ocupa de hacer una publi- 
cación con el título de América Poética, donde 
todos los vates americanos se darán por primera 
vez la mano i fraternizaran por la inspiración i el 
sentimiento entrañable del amor a la patria.» (1) 



(1) Echeverría. — «Dogma de mayo, citado por Ziiniy.» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 75 

V. 

El esceso de trabajo, i tal vez el esceso del placer, 
porque ya hemos dicho cuan por parejo amaba el 
profesor de matemática los libros del mar i sus 
sirenas.... dañaron su salud al punto que hubo de 
necesitar el confortativo de climas mas benignos i 
restauradores. 

Con este objeto embarcóse el doctor Gutiérrez 
para Lima en los primeros dias de 1848, i después 
de cerca de tres años de asiduos trabajos. Fué en 
esa ocasión cuando escribió el fragmento de una. 
carta, que en otro lugar citamos, i en el cual habí 
por la primera vez de la posibilidad de su mus^e, 
(febrero 13 de 1848). 

Pero alentado siempre por su espíritu empren- 
dedor i laborioso, se confortaba a sí mismo en 
aquella ocasión i se preparaba en la convalescen- 
cia a las nuevas fatigas que impone al hombre la 
salud robusta, o su antítesis, que es la pobreza. «A 
veces me asalta la esperanza, decia a su amigo 
Sarratea en esa misma carta citada, de restable- 
cerme para empezar de nuevo a luchar con la 
miseria i con las obligaciones que impone la vida.» 

VI. 

Tuvo el inválido del trabajo una rara alegría 
en Lima, la de estrechar la mano de un hombre 




76 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

al que tal vez no conocía sino por su constancia, 
sus letras singulares i su turbulento heroísmo po- 
. lítico; pero que era en todo el reverso de su na- 
turaleza delicada, metódica i espiritual. — «Pasa en 
el vapor para Chile de regreso de Europa, (decia 
el doctor Gutiérrez en esa ocasión a un amigo), 
don Domingo Faustino Sarmiento. No necesito 
decirle que lo busque, que lo festeje porque no 
hai distinción que no se merezca esa alma noble, 
esa bella cabeza, ese constante soldado de las 
buenas ideas.» 



<x 



VIL 



Hemos dicho en otras ocasiones que el doctor 
Gutiérrez tenia una alma sensible, esta fuente 
rica de llanto, pero cuyas lágrimas son la nutrición 
mas sana i mas dulce de las intelijencias cultiva- 
das. De aquí sus amistades limpias como la leal- 
tad, duraderas tanto cuanto dura el soplo de la 
vida. 

Habia descendido por esa época, i en su ausen- 
cia,, a temprana tumba una beldad arjentina (1) 
que cual tierna planta mudada fuera de estación, 
sucumbió en Valparaíso antes de romper en su 
seno el capuz de la vida. «No tengo valor para es- 

(1) La señorita Elisa La Marca i Coronel, fallecida a la edad 
de 15 años. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 77 

cribir a L... decia el amigo del desventurado pa- 
dre. He seguido con lagrimasen los ojos el vuelo 
hacia el cielo del ánjel de sus entrañas.» 

I volviendo después a sus penas propias de sol- 
terón i de emigrado, anadia: — «Puedo soportar el 
vacio del celibato pero no la viudez de la amistad.» 

«Yo no creo en la amistad, volvia a decir mas 
adelante, soltando la brida a su jenio retozón, sino 
cuando es exijente, i tengo gusto en sufrir algún 
mal que me venga por ella. Esta estraña lójica la 
he aprendido en la naturaleza. Cuando uno ama 
entrañablemente a una mujer, todo nuestro cona-'"^ 
to, toda nuestra felicidad, la -mayor prueba de pj^^ 
sion que le damos ¿cual és?..„» I aquí el voluptuo- 
so emigrado hacia uso de una frase que de buena 
gana habría querido plajiarla, para caracterizar 
sus derrotas, su ilustre paisano el jeneral La-Ma- 
drid... Ni el Chacho mismo la habria desdeñado 
por espresiva i por exacta: tan cierto es lo que un 
arjentino ha dicho, que bajo de la solapa del frac, 
llevado en sus ciudades, está el chiripá del gaucho, 
como tras del ruso el tártaro, i tras del chileno el 
huaso. 

VIII. 

A pesar de sus ponderados ayunos i frugalida- 
des, el literato enfermo no recobró muchas fuerzas 
en la plácida ciudad del Rimac, i después de uno o 



78 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

dos meses de residencia en el Perú vino a buscar 
mejor aire en el Talle de Copiapó. 

La ciudad de los Reyes, dominada entonces 
• por la bota i la espuela del mariscal Castilla, no 
le habia hecho una impresión favorable, i al con- 
trario habian nacido para su espíritu preocupacio- 
nes fúnebres sobre su A r ida. «Si es cierto, escri- 
bía el 13 de febrero de 181S, fecha que debemos 
encomendar a la memoria para encontrar mas 
tarde una singular coincidencia del presentimien- 
to, si es cierto que venimos a este mundo para pre- 
(-*- pararnos por el sufrimiento a otra vida mejor, es 
\^e esperar que los que padecemos enfermedades 
vivamos ochenta años para que se prolonguen 
nuestras penas. Quédenos pues el consuelo de que 
nos entierren chocheando i de ir vestidos i calza- 
dos a la vida eterna i perdurable.» 

Esto testualmente escribía Gutiérrez, enfermo 
i emigrado en Lima a su amigo de mayor intimi- 
dad en Chile, don Mariano E. de Sarratea, el 13 
de febrero del año recordado; i en seguida, impri- 
miendo a su ánimo el jiro lijero, espiritual i bur- 
lón que entra como uno de los constituyentes mas 
esenciales de la naturaleza volteriana del crítico 
arj entino, añade completando él mismo su inte- 
rrumpida frase en aquella propia epístola: — «Estoi 
cierto que Félix Frias estará por esta doctrina 
, que someto sin restricción a su examen. Si está 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 73 

por la afirmativa que se ponga de pié i déle un ti- 
roncito en el naricísimo infinito que Dios le ha 
dado»... 

IX. 

No cobró el displicente literato afición a la ciu- 
dad de Copiapó «donde no se respira sino polvo i. 
aburrimiento», i fuese a vivir al interior, en el 
lugar llamado la Puerta, donde un paisano suyo 
del apellido riojano de Ocampo tenia una posada. 
Era aquella época la de mayor auje para Copiapó, 
convertido otra vez, por los crestones de la Buena 
Esperanza, en un nuevo Potosí. ¿Sintióse por ven- 
tura el doctor Gutiérrez ajitado allí poruña 
sion para la cual su alma templada por su inteli 
jencia no habia nacido — por la codicia? No lo sa- 
bemos ni lo creemos. Pero en una carta escrita a 
su confidente de Yalparaiso desde la Puerta el 19 
de abril de 1848, dejaba escapar como distraído 
estas palabras. «¡Qué buen país para disponer en 
él de 20,000 pesos! ¡Era cosa de irse a las nubes 
en poquísimo tiempo!» — Compensemos esta escla- 
macion con un tierno encargo de aquel buen cora- 
zón. No sabemos cómo el viajero enfermo habia 
logrado economizar seis onzas en Lima. Pues bien. 
Ese dinero lo enviaba íntegro a su anciana madre 
en Buenos Aires, pobre i dulce mujer a la que el 
noble hijo amó con indecible ternura hasta su fa- 




80 JUANMABIA GUTIÉRREZ. 



lie cimiento ocurrido en una avanzada edad, si es 
que no le ha sobrevivido. 



X. 



Ignoramos cuanto tiempo tardó el director de 
la Escuela Naval de Valparaiso en recobrar el vi- 
gor de sus lacerados músculos. Pero consta de su 
correspondencia íntima que a fines de aquel mis- 
mo año de 1848, se habia separado voluntaria- 
mente de su destino i se habia ido a vivir a un 
solitario suburbio de Santiago, es decir, a Yungay, 
al lado de Sarmiento que allí tenia una vasta, si 
&m no hermosa ni umbría quinta, convertida hoi 
en cérvezeria i prosaicos alambiques. 

El doctor Gutiérrez llegó a Santiago el 15 de 
diciembre de 18-48, llevando en sus rodillas la pe- 
sada mole de un compañero de viaje, cuyo birlocho 
quedó desarbolado en el camino. Narra esta aven- 
tura el chasqueado viajero con su salada gracia 
epistolar, nunca desmentida, asi como sus afanes 
para encontrar al carretero que le llevaba su equi- 
paje i cuyo nombre i señas conocía tanto como 
el color de sus bueyes o el largo de su picana. 
Esas eran las únicas peripecias de la vida del vian- 
dante en esa época, es decir, cuando hace veinte 
años, era empresa de ir en una semana del puerto 
a la ciudad, llevando sus trastos a cuestas, como 




JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 81 

fué dura lei de necesidad para el casi meneste- 
roso pero probo doctor Gutiérrez. 

XI. 

Comienza aquí un período de la vida del emi- 
grado arjentino que debió ser de espinas escondi- 
das para su alma: la de la política militante en 
suelo estraño. No había sido organizado aquel 
hombre bueno, travieso, impresionable, leal i apa- 
sionado, para los artificios i perfidias que cons- 
tituyen en nuestras mal organizadas sociedades 
americanas, herederas juntamente de la colonia 
española i del butalmapu indíjena, el fondo del 
embuste que se llama política; i mucho melifluo 
habia sido para servirle de dócil instrumento en 
tierra apartada de su hogar. Pero el aguijón de los 
menesteres de la vida se hacia sentir en la carne, 
i era fuerza someterse. — «Cada dia me convenzo 
mas de que por necesidad, escribía con su acos- 
tumbrada injenuiclad a un amigo íntimo, puede 
tomar el estranjero parte activa aquí en los ne- 
gocios públicos.» 

Tenia esta revelación, dolorosa pero exacta, fe- 
cha de 15 de diciembre de 1848, i para que se 
vea de m¿inifiesto cuan poco penetraba el noble 
emigrado en los adentros de una ciencia que no 
comprendía, agregaba, confundiendo el sopor de la 

estación, de los calores de las trillas i de la siesta 

11 




82 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

con el de los ánimos i de las pasiones, esta carac- 
terización evidentemente equivocada de la actua- 
lidad de los partidos: «Aquí todo es muerte i 
sueño, decia en vísperas del desarme tradicional 
de vacaciones, cuando Chile se vuelve una in- 
mensa sandía i los chilenos se conviertan en pepas 
i en cereales; Montt indudablemente quiere opo- 
nerse al actual ministerio (Vial). Pero si este 
deseo se convierte en hechos será de aqui a mu- 
chos meses, lentamente, con puntos i comas i con 
mucha comodidad.» 

El filósofo i jeómetra arjentino se engañaba: 
la única ocupación que en Chile no tiene feriado, 
"lé^ Jas de las candidaturas. 

XII. 

El literato arjentino, forzado por la áspera mano 
de ala necesidad» a hacer política en Chile, estaba 
a la verdad tan singularmente equivocado que 
tres meses después hallábase él mismo en plena 
campaña en la recien fundada Tribuna, de que 
fué redactor literario mas que político. En esto 
llevaba la mano levantada Sarmiento, su compa- 
ñero de vivienda, de trajín i de salario. Fué en- 
tonces también cuando nosotros contrajimos para 
con el ilustre crítico el vínculo de simpatía i agra- 
decimiento que hoi nos dicta, después de treinta 
años, estas reminiscencias cariñosas. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 83 

Holgábase mas el forzado redactor, antes que 
de su asistencia diaria a la imprenta de La Tri- 
buna, situada en una vetusta casa (la casa de las 
Azagras) en el ángulo de las calles de Huérfanos 
i del Estado, escapándose liácia el campo, fuera a 
las haciendas vecinas i hospitalarias, fuera a algún 
pueblo pastoril i abundoso en sabrosas frutas i en 
hermosas Evas. Casi no hai epístola de la vejez 
en que el antiguo emigrado no recuerde estas es- 
cursiones, esas charlas i alegres escapadas ya fuera 
a Payne, (lo de Águila) ya a Purutum, ya a Qui- 
llota. Habia inventado Gutiérrez hasta una espre 
sion peculiar para recordar sus aventuras de este 
j enero, que él condensaba con el verbo yyurutwj^ar, 
derivado de Purutum i sus placeres. «¡Oh Purutum! 
esclamaba todavía con la retozona alegría de un 
niño, cuando las canas albeaban como penacho 
sobre su ancha frente. ¡Oh procesión del Pelícano!» 
— «I a propósito, esclamaba en seguida como para 
sazonar mejor sus recuerdos, ¿todavía hai de esas 
barbaridades en esos pagos? ¿Todavía se lleva en- 
tre soldados de la guarnición el cuerpo del Salva- 
dor dentro de aquel pajarraco?» 

Sí, señor: todavía. 

XIY. 

La residencia favorita de verano del voluble 
emigrado arj entino era, sin embargo, la pintores- 




84 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

ca hacienda de lo de Águila, este romántico Pa- 
lermo chileno, perdido entre alamedas de sanees i 
pataguas a orillas del cristalino Payne, un Paraná 
en miniatura por sus clarísimas aguas, sus vegas i 
sus naranjales. 

«El doctor Gutiérrez era íntimo nuestro, nos 
escribe todavía la amable castellana del lugar, re- 
cordando complaciente aquellos años. Vivió con 
nosotros en Águila varias veces. Su trato íntimo 
era lleno de amabilidad i chiste. Pero solo conservo 
de él unos versos que me dedicó con motivo de 

t la muerte de un hijito que perdí estando él con 

jiosotros.» 

XV. 

Los versos a que alude la carta de que copiamos 
las líneas anteriores han sido publicados, i forman 
ciertamente una de las composiciones mas bellas 
de la pluma del literato arj entino. Cada vez que se 
dejaba conmover por su impresionable i benévola 
naturaleza, Gutiérrez se acercaba a la fuente de la 
verdadera poesía, como en estos versos que dicen 
así: 

«Anjel de mi cariño, 
¿A. donde alzaste el vuelo? 
¿No hallabas en mi seno 
Suficiente calor? 
¿No era bastante dulce 
Mi maternal mirada. 




JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 85 



No eran bastante blandas 
Las voces de mi amor? 

¿Por qué volaste al cielo 
Delicia de mi vida, 
Aurora de mis dias, 
Gracioso serafín? 
Tengo vacía el alma, 
I tengo frió el pecho, 
Desde que no te veo 
Sonriendo junto a mí. 

Al cuello me hacen falta 
Tus tiernas manecitas, 
Tu inocente caricia 

I tu mirada azul : 

» 

Te busco entre las flores 
Te busco en las estrellas; 
Pero ¡ai! que no se encuentra 
Ninguna como tú. 

Las flores dan fragancia, 
Dan lumbre los luceros; 
Pero tus dulces besos, 
¿Qué labios los darán? 
Tus labios que me hablaban 
En esa santa lengua 
Que sola yo entendiera 
I nadie me habla ya. 

Dínie, en la noche triste 
Cuando la luna alumbra, 
I mi mirada enturbian 
Las lágrimas por tí; 
¿Por qué no te transformas 
En aire o en perfume 

en gotas de una nube 

1 llegas hasta mí? 




JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

¡Con cuánto amor mi pecho 
Sé abriera a recibirte! (1) 
Un mundo de deleite 
Te hiciera yo gozar: 
Tal Vez olvidarlas 
Ese cielo en que, ingrato, 
Olvidas tú mi llanto, 
Mi constante penar... 



(1) El doctor Gutiérrez publicó esta composición, con algunas 
variantes de poca monta, bajo el título de Quejas de wia madre. 
En el orijinal dice con meaos propiedad Deseos de una madre. 

Nadie negará que hasta esta estrofa la composición es tierna, 
sensible, natural i feliz. Pero la conclusión es deplorable, como 
rsucede con frecuencia cuando la liviana inspiración se agota i el 
.artificio burdo i mal traido entra a reemplazarla. Juzgue el lec- 
vgi este juicio es exajerado leyendo los versos de las dos últi- 
mas estrofas que completan la composición. 

Empeñados en exhibir lentamente todas las producciones 
poéticas del doctor Gutiérrez sin tomar en cuenta su mérito o su 
pobreza, hemos solicitado también una de sus viltiinas composi- 
ciones dedicada en Buenos Aires a una interesante i espiritual 
señora que visitó aquella ciudad en 1875. Pero la delicada i 
justiciera respuesta de nuestra amiga coincide con nuestro propio 
juicio, o mas bien, con nuestro presentimiento. — «He buscado 
los versos del doctor Gutiérrez que U. me pide, nos escribe el 
20 de mayo la intelijente señora, a cuyo nombre está inscrito 
este estudio; pero no me ha sido posible encontrarlos. Yo no los 
haia tr asladado a mi álbum porque nunca me entusiasmaron, i 
las personas a quienes se los mostré me dijieron que no estaban 
a la altura de su autor.» I luego para disculpar al vate a costa 
de su propia hermosnra la dama aludida añade: — «La inspiración, 
amigo, lo hacen nacer los cabellos rubios, no les cheveux gris... 
Creo, pues, que U. nada pierde con no tener esos versos pálidos 
i descoloridos como fruta de invierno.» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 87 

Mas nó, no vengas, hijo, 
En el mundo hai espinas, 
Las almas son mui frias, 
Inconstante el amor: 
Queda con tus iguales 
En ese eterno dia, 
En esa eterna vida 
Glorificando a Dios.» 

Estos versos que en su libro Poesías, el doctor 
Gutiérrez fecha en Águila verano de 1849, tienen 
en el orijinal esta fecha: — Águila, febrero 15 de 
1849. 

Las impresiones de aquellos dias de quietud i 
de bonanza resonaban todavía en el corazón del JP 
viejo espatriado casi sobre las almohadas encare 
espiró. «¿Qué le parece a U. Santiago? escribía a 
su amigo Von Gülich, tres semanas antes de mo- 
rir. Yo he pasado en ella dias mui felices de mi 
juventud, i tengo de su sociedad mui dulces recuer- 
dos. Las casas de campo de Chile son mansiones 
encantadas en donde se goza cuanto puede hacer 
grata la existencia.» 

XVI. 

Evidentemente, luchando el doctor Gutiérrez 
en la arena política de Chile, se ajitaba lastimosa- 
mente fuera de su elemento natural i se dañaba, 
como el gladiador alquilado del circo romano. Su 
campo era el estudio, el cultivo literario, la pro- 



88 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

duccion tranquila que iba acopiando en su enten- 
dimiento como en troje de rica i sazonada mies 
para mas tarde. 

Así, apenas tuvo un respiro, escapóse del suelo 
candente i convulsionado que ampollaba sus plan- 
tas, i dirijióse casi como fujitivo a Guayaquil en 
la medianía del tormentoso año 51. 

XYIL 

Tenia en aquella pintoresca ciudad el doble 
emigrado del Plata i de Chile, un hermano, hom- 
r bre interesante i entero, cónsul del último país 
en aquel puerto, a quien conocimos en el esplen- 
dbxde la fortuna, i murió poco después, hundida su 
alma en el sepulcro por indecibles pesares... Habia 
sido secretario de La-Madrid, cuando este caudillo 
pasó a Chile, i habíase quedado con próspera for- 
tuna en estos mares. Su nombre era Juan Antonio 
Gutiérrez, i su hermano don Juan María le amaba 
entrañablemente como a tocios los suyos. 

Por esto el último fué a buscarle después de 
larga ausencia, i allí, en aquel país admirable, el 
mas bello del litoral de la América en el Pacífico, 
volvió a pasar horas venturosas, a su manera, en- 
tre los libros i las damas, las grandes pasiones, o 
para ser mas exacto, las grandes necesidades de 
su naturaleza... — «Estoi en un país bello pero en- 
fermizo, escribía Gutiérrez a su confidente de Val- 




JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 89 

paraíso, desde Guayaquil el 28 de agosto de 1851. 
Aquí se comprende la parábola del paraíso: los 
deleites del mundo es preciso pagarlos con el pre- 
cio de algunas amarguras. La fiebre hace en el 
Ecuador el papel de aquel ánjel de espada de 
fuego que custodiaba las puertas del Edén.» 

«Salud i veinte i cinco años, anadia, es todo lo 
que se necesita en esta tierra para ser feliz, i am- 
bas cosas me faltan mas o menos. El calor es fu- 
nesto para el estómago i mas funesto todavía con- 
versar con las buenas mozas que aquí abundan...» 

Fuera de esto, deleitábase el peregrino del Plata 
en aquella ciudad anseática del Guayas, cuya pin- 
toresca «arquitectura naval» se acomodaba 
fantasía mucho mejor que el calicanto i el adobe 
rectangular de nuestras ciudades alineadas a cor- 
del. A poco de haber llegado ocurrió un terremoto 
que puso a prueba la solidez de aquellas construc- 
ciones, al parecer tan frájiles, pero la ciudad es- 
capó ilesa después de haberse mecido como una 
hamaca. «No hai como la costa del Pacífico, decia 
con este motivo este hijo del turbulento Plata, un 
poco olvidado de sus continuos pamperos políticos" 
i climatéricos, no hai como la costa del Pacífico 
para gozar. Salí de Chile después de un terremoto 
i de una revolución (abril de 1851), i llegué aquí 
para presenciar las mismas escenas.» 

Aludía en esta última frase el doctor Gutiérrez 

12 



•90 JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. 

a la ajitacion que en aquella época reinaba en el 
litoral del Ecuador a consecuencia de la intima- 
ción de España para ser acatada después que la 
ex-reina Cristina, por negocios de cacao i choco- 
late, habia ofrecido sus caudales i sus soldados al 
jeneral Flores para su soñada i criminal invasión 
del año precedente. El gobierno (no el pueblo) 
como de costumbre se sometió al insulto. «I la 
bandera amarilla i roja tantas veces arrastrada 
por los colombianos, dice Gutiérrez, contando in- 
dignado el hecho, fué saludada el 20 de agosto 
con veintiún cañonazos.» 

jEl 20 de agosto! — Esa era la fecha que hacia 
Ja sazón apenas treinta años habia desplegado 
al viento sus banderas redentoras en la rada de 
Valparaíso la escuadra de lord Cochrane i San 
Martin. 

«No sucedería esto en Chile, anadia el errante 
peregrino como si hubiera sido noble profeta, 
gracias a su enerjia i a su prosperidad por la paz 
interior.» 

XVIII. 

Después de algunos meses el doctor Gutiérrez 
se dirijió a Lima por segunda vez i prosiguiendo 
en esa ciudad, propicia por su blandura al trabajo 
intelectual, una tarea para la cual se manifestó 
siempre infatigable, dio a luz un interesante estu- 




JUAN MARÍA. GUTIÉRREZ. 91 

dio sobre el poeta peruano del siglo XVII, Juan 
de Caviedes, el mas encarnizado enemigo de los 
médicos i de las alcahuetas que haya perfilado 
vulgares rimas, porque casi no escribió sobre otras 
cosas, como que a manos de unos i otras dio la 
salud, la bolsa i la vida. 

Hizo también por esa época el erudito arjentino, 
no recordamos si en Lima o en Guayaquil, la ad- 
quisición de un manuscrito precioso, que se estra- 
vió en manos f de los ajentes de la compañía de 
vapores del Pacífico, i para cuyo recobro entabló 
su dueño en Valparaíso un pleito ruidoso recia 
mando una indemnización de mili quinientos p 
sos, si nuestra memoria es fiel. Kecordamos^on 
seguridad el asunto i la querella, pero hemos per- 
dido la huella del título del malogrado tesoro i de 
su contenido. 

XIX. 

Al fin, después de una peregrinación que habia 
durado cerca de un año, el doctor Gutiérrez lle- 
gaba a Valparaíso por el mes de febrero de 1852, 
i sobre la cubierta del vapor sabia con gozo inde- 
cible que su patria era libre, que el tirano habia 
huido i que las puertas de su querida Buenos Ai- 
res le estaban de par en par abiertas, después de 
doce años de secuestro, de persecución i de olvido. 

El impaciente emigrado alistó en el acto sus 




92 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

maletas i en el mes de abril, el mas apacible de 
los Andes, trasmontó lleno de esperanzas la en- 
cumbrada sierra, ajeno de sobra a las amarguras 
i ajitaciones que le aguardaban en las costas del 
Atlántico. 

El doctor Gutiérrez iba, a saber prácticamente 
que no era solo en las playas del Pacífico donde 
se vivia entre terremotos, batallas i el oleaje infi- 
nito de la revolución i la naturaleza americanas. 



VI 
EN BUENOS AIRES 



OTRA VEZ. 



I. 



El 13 de abril de 1852, dos meses después de 
la caida de Eosas, el doctor Gutiérrez se bailaba 
en Mendoza. Pero el inquieto emigrado no sentía 
ya demasiada prisa por llegar al suelo suspirado. 
«Tengo carruaje comprado, escribía en ese día a 
un amigo de Chile, pero no veo claro el momento 
de salir. Aguardaba? Presentía? Vacilaba? 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 93 

II. 

Era a la verdad estraño i maravilloso el cuadro 
que en ese momento presentaba la República Ar- 
j entina, vasta i ajitada como el mar. Nunca una 
acción mas rápida i mas afortunada habia sido se- 
guida tan aprisa de la zozobra de la duda, de 
las sombras de la desconfianza, de las iras del 
mutuo desengaño. 

Rosas, por desdicha suya, habia olvidado man- 
dar degollar a Urquiza, su lugar-teniente favorito 
en Entre-Rios, como lo habia hecho con Quiroga, ' 
i con Cullen, gobernador de Santa Fé, i com^" 
lo habria hecho probablemente con Oribe si^ste 
se hubiere enseñoreado sobre Montevideo con mas 
fortuna que la que alcanzara al pié de la ciudad 
indómita i heroica. 

Por esto i adelantándose en la parada, el casi 
omnipotente gaucho entreriano hizo montar a ca- 
ballo los escuadrones de su belicosa provincia, 
como quien mandase en Chile su propia inquili- 
nada, i aliado con Corrientes, que era otra de sus 
estancias, con Santa Fé i el Brasil, lanzó contra 
el tirano ya caduco el Gran Ejército de 1852, cuya 
campaña, simple paseo militar, contó Sarmiento 
a su manera como testigo i como perito. 

La batalla de Monte Caseros fué solo una sal- 
va de cañones cargados o bala que derribó las 



94 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

puertas de la ciudad cautiva, i cuando el monstruo, 
disfrazado de marinero ingles, huyó hacia Sou- 
thampton, el pueblo arj entino como por via de 
encantamiento amaneció una mañaua libre, so- 
berano i unido. 

III. 

Pero la nube que empuja los pamperos venia en 
pos del iris, i en breves horas cubriólo, ennegre- 
ciendo en la tarde los horizontes que en la albo- 
rada habian resplandecido con fascinadora luz. 
^ El 19 de febrero el jeneral Urquiza atravesó 
bs nobles calles de Buenos Aires a la cabeza de 
veinmi i cinco mil hombres, i a los clarines salva- 
jes de las selvas subtropicales - de las provincias 
libertadoras, i al relincho de su indómito potro, 
contestó el clamor entusiasta de un pueblo feliz 
i agradecido. 

Pero el antiguo lugar-teniente del sangriento 
tirano habia hecho su aparición en las calles de 
la ciudad de la Mashorca ostentando en el ojal 
de su casaca de capitán jeneral el cintillo pun- 
zó que hoi reaparece como aciago augurio; i esa 
misma divisa, que no era el azul i blanco del" 
Plata, sino el trapo horrible de la Confederación, 
de Rosas, heló el corazón de aquel pueblo impre- 
sionable que veia desfilar un ejército invasor, pero 
no divisaba en el pelotón de las lej iones su propia 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 95 

i gloriosa bandera, la antigua bandera de Chaca- 
buco i de Ituzaingó, la bandera de San Martin i 
de Lavalle. 

Al contrario, el gobierno local de Buenos Aires, 
es decir, el gobierno porteño, que es algo mui dis- 
tinto del gobierno arjentino, i que presidia desde 
la mañana que siguió a Caseros el doctor López 
Planas, el cantor de Mayo, habia dictado un de- 
creto declarando arbitrario para quien lo quisiese 
el uso del ominoso cintillo federal. 

I esto bastó para que el caudillo entreriano lan- 
zara, dos dias después de su entrada triunfal en la 
orgullosa capital del Plata, esto es, el 21 de fe- ' 
brero, aquella famosa proclama en que anatematir 
zaba a los antiguos «salvajes unitarios» ¿N^era 
por ventura el vencedor de Caseros el mismo que 
habia vencido en la India muert^? 

IV. 

• En medio de la naciente irritación de estos ul- 
trajes tuvieron lugar las elecciones provinciales 
de la lejislatura de Buenos Aires (el 11 de abril), 
i el 24 de ese mismo mes quedaba instalado este 
cuerpo compuesto casi esclusivamente de antiguos 
i fogosos «salvajes» unitarios. El doctor Velez Sars- 
field hacia cabeza, i seguian Mitre, Segui, Pórtela 
i el doctor Ortiz Velez, que hoi reside honrado 
por la ciencia i el aprecio público en la ciudad de 



■«* 



96 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

Concepción de Chile. El alma de aquella conjura- 
ción i su cabeza pensadora era, sin embargo, 
aunque no sabemos si hacia parte de ella, - el fa- 
moso doctor don Yalentin .Alsina, el hombre que 
desde mayor altura habia batallado contra Eosas, 
desde que cayera ensangrentado bajo el puñal de 
un gaucho el ilustre e impertérrito Florencio Tá- 
rela. 

Alsina habia sido hombre de prensa, de palabra, 
de derecho, de fortuna, i jamas habia encorbado 
su frente al miedo ni ante el egoismo. Era por el 
desarrollo mismo de las cosas de su país i de su 
» pueblo el hombre que iba a quedar frente a frente 
"" $3 Eosas i su sistema, es decir, frente a Urquiza, 
que^mo podia ser lójicamente sino el continuador 
mas templado del réjimen de aquél. 

* V. 

En consecuencia, Alsina habia sido llamado por 
el manso i domesticado gobernador López Plañan 
(simple solución de continuidad en la mudanza 
de las decoraciones) para ocupar el ministerio del 
interior, es decir, para dirijir la política, i de aquí 
el choque. 

Los dos hombres, las dos fuerzas, los dos siste- 
mas, se habían encontrado el uno frenta al otro, 
como se encuentran dos nubes que vienen de rum- 
bo contrario, i el trueno i el rayo no tardarían en 



# JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 97 

consecuencia largo espacio en hacerse oir. — Al- 
sina era la ciudad i su cultura. — Urquiza la Pam- 
pa i sus mujientes hatos. 

VI. 

Confirmado en el gobierno de la provincia el 
doctor López Planas por el voto de la lejislatura 
recien elejida, (mayo 13 de 1852) constituyó 
aquél su ministerio designando al mismo Ateina 
para su jefe, i a su propio hijo, don Yicente Fidel 
López, tan conocido en Chile, como ministro de 
Justicia. Gorostiaga fué designado para la Hacien- 
da i el jeneral Escalada para la Guerra. 

Pero Alsina, que era todo un hombre de es^tffo, 
de esos que el destierro, la prensa i la lucha en- 
jendran, rehusó el puesto, porque divisaba venir de 
cerca la borrasca, sin que se vislumbrase en el fal- 
so rumbo de la nave la playa de inmediata sal- 
vación. 

VIL 

Ningún hombre de nota de Buenos Aires osó 
en efecto recojer del suelo aquella cartera que era 
una plancha de fuego, i el gobernador López Pla- 
nas comenzó a desesperar de constituir un gobier- 
no medianamente sólido entre la presión de Ur- 
quiza i sus veinte i cinco mil lanzas i la presión 
de la lejislatura porteña, que tenia a su espalda 

13 



98 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

el pueblo mas arrogante i movedizo de la América 
española. 

En esta difícil coyuntura llegó el doctor Gutié- 
rrez a Mendoza, i cuando su antiguo maestro i 
amigo llegó a rogarle le acompañara en el puesto 
de la dificultad, el peregrino recien llegado fué a 
colocarse en la tribuna de combate antes de sacu- 
dirse del polvo de la Pampa. 

En los últimos dias de mayo de 1852 el doctor 
Gutiérrez era nombrado ministro del interior de 
la administración de Buenos Aires. 



V 



VIII. 



El viejo emigrado habria hecho cualquier sa- 
crificio por declinar aquel honor lleno de espinas. 
«Creí gozar de mi familia, escribía algo mas tarde 
envel seno de la intimidad. Encontré a todos bue- 
nos, contentos, pobres, pero al abrigo de la mise- 
ria. Estaba encantado con aquella familia ejemplar 
de cuya suerte podía ocuparme ahora.» 

Pero un impulso no menos noble que el del 
hogar vino a golpear a su corazón, — la gratitud 
del aula, este segundo techo de las naturalezas in- 
telectuales, — i no rehusó acompañar en el palacio 
de gobierno al viejo profesor, como lo había acom- 
pañado hacia treinta años en los modestos apo- 
sentos del departamento topográfico. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 99 



IX. 



Aceptando aquel puesto, el doctor Gutiérrez 
aceptó la lucha, es decir, su desventura. Hemos 
ya dicho que no estaba organizado para ese j enero 
de contiendas de la fuerza, de la astucia, de la 
doblez, de la múltiple perfidia que se llama toda- 
vía en las repúblicas americanas con un hermoso 
nombre, pero que es solo triste máscara de pa- 
siones o de intereses, — la política. 

X. 

Cinco dias en efecto después de haber ej^mo 
la lejislatura al doctor López Planas, el jeneral 
Urquiza, que era en lo absoluto dictador i arbitro, 
se dirijió a San Nicolás, con el propósito de orga- 
nizar el país, a su manera, convocando un Congreso 
federal, llevando consigo al ministro de instruc- 
ción pública don Vicente Fidel López, hijo del go- 
bernador de Buenos Aires. 

¿Eran rectas las intenciones del vencedor de 
Rosas? ¿Eran patrióticas sus miras? ¿Era despren- 
dido de personas, de odios, de cintillos i de vacas, 
su procedimiento? 

Tal vez lo eran en el tenue fondo que en esas 
naturalezas selváticas, educadas mas por la mali- 
cia que por la intelijencia, gauchas en las propen- 



100 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

siones, puede dejar como levadura ácima el senti- 
miento del amor a la patria. 

No queremos formular contra un hombre que 
hizo un gran servicio a la América i a la humani- 
dad libertando un país hermano i vecino de ^m 
monstruo abominable, no queremos formular una 
condenación prematura i desautorizada, inculpán- 
dole torcidas intenciones; i aun creemos que cuan- 
do casi al clia siguiente de su victoria lanzó del 
pecho el antiguo grito de guerra: — «Salvajes uni- 
tarios»,— -*fué en un momento de ira, sin intención 
premeditada de planes proditorios. 

Pero hai algo mas poderoso que el deseo, que la 
vahs^taclque el alma misma de los hombres,i eso es 
su naturaleza intrínseca, su educación, su escuela, 
su vida entera. Urquiza era un gaucho entreriano. 
Habíase levantado sobre el nivel de las enjalmas de 
los degolladores a destajo, degollando por masas 
como lo hizo en todas sus campañas i especialmen- 
te en la India muerta. No se necesita afirmar que 
el hombre que eso hacia, era cruel con la crueldad 
felina de las bestias que la sangre irrita. «Me dicen, 
afirma el jeneral Paz con su candorosa franqueza 
en sus Memorias, i mucho antes de los sucesos de 
1852, que el jeneral Urquiza, a principios de su 
carrera, era entusiasta admirador deQuirogai que 
preconizaba la sabiduría del sistema gubernativo de 
este feroz caudillo.» (Memorias, vol. III, páj.381). 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 101 



XI. 



¿Podia tal hombre comprender el sistema de 
resistencia que a su voluntad de vencedor se le- 
vantaba en Buenos Aires al nombre del derecho, 
al nombre de la autonomía, a nombre, si se quiere, 
del orgullo petulante i de la opulencia satisfecha? 
¿Podia tolerarlo? 

Ni por un solo momento. 

De aquí su viaje precipitado a San Nicolás, de 
aquí su convocación sijilosa de los gobernadores 
de las provincias del interior, la mayor parte sei- 
des impunes e insolentes de Eosas i del réjimen 
caido, como Benavides de San Juan i Lucero^de 
San Luis, i de aquí, por último el famoso Pacto de 
San Nicolás, que aquellos delegados de sí mismos, 
sin mandato alguno del pueblo, firmaron por una- 
nimidad el 31 de mayo de 1852. 

, XII. 

Aquel singular congreso de gobernadores, con- 
vocado i presidido por el gobernador de Entre- 
Bios que habia arrastrado a su siga al débil go- 
bernador de Buenos Aires, constituía un caso 
singular de. derecho público ante el cual el no me- 
nos famoso Congreso de Plenipotenciarios del año 
XXX en Chile, pierde parte de su monstruosidad. 
Era, haciendo una definición tal vez dura pero 



V 



102 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

exacta, la convocación de los cuatro Butalmapus, 
pai'a asentar las cosas dé la guerra i de la paz 
entre los viejos caciques. El toqui era Urquiza. 

xm. 

Invocando un pacto provincial de 1831, ajus- 
tado solo entre las provincias belijerantes de 
Santa Fé, Buenos Aires i Entre-Ríos, como lei 
fundamental de la República, se acordó reunir un 
congreso nacional conforme a ese pacto, pero con- 
greso en el cual los diputados serian escencial- 
mente provinciales; a razón de dos por provincia 
(veintiocho en todos), sin tomar en cuenta la po- 
blaron, i facultando a cada parcialidad para re- 
4) tirar sus delegados cuando lo tuviera a bien... 

. Era esto mas que la infancia del sistema par- 
lamentario 'i del derecho público, la sanción anti- 
cipada de los medios de destruir ese mismo pacto 
i la federación que seria su fruto, desde que cada 
provincia por enojo, por interés, por el derecho 
consuetudinario de la insurrección armada, po- 
dia retirar su representación, desligarse de la lei 
suprenla i común, i constituirse de hecho en rebel- 
día i en rebelión. 

XIV. 

Tenemos a la vista el testo del acuerdo de San 
Nicolás i su artículo octavo dispone testualmente 



JUAN MAMA GUTIEREEZ. 103 

lo que sigue: — «Art. VIII. — Una vez elejidoslos 
diputados e incorporados al Congreso, no podran 
ser juzgados por sus opiniones ni acusados por 
ningún motivo ni autoridad alguna hasta que no 
esté sancionada la Constitución. Sus personas se- 
rán sagradas e inviolables durante este período. 
Pero cualquiera de las provincias podrá retirar sus 
diputados cuando lo creyere oportuno, debiendo en 
este caso sustituirlos inmediatamente. 

XV. 

El artículo catorce era mas grave i mas singu- 
lar todavía. — «Si, lo que Dios no permita, (decia 
testualmente) la paz interior de la Repúblicafue- 
se perturbada por hostilidades abiertas entre una 
o mas provincias, o por sublevaciones armadas 
dentro de la misma provincia, queda autorizado el 
Encargado.de la Relaciones Esteriores (el jeneral 
Urquiza) para emplear todas las medidas que su 
prudencia i acendrado patriotismo le sujieran para 
restablecer la paz, sosteniendo las autoridades le- 
galmente constituidas: para lo cual los demás go- 
bernadores prestarán su cooperación i ayuda en 
conformidad al tratado de 4 de enero de 1831.» 

¿Podia establecerse de una manera mas franca, 
mas absoluta i mas injénua la dictadura uniperso- 
nal, es decir, el réjimen que Rosas habia venido 
implantando desde 1831 hasta Caseros? 



104 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



XVI. 



I como si esto no fuera bastante, por el artículo 
siguiente se confiaba a Urquiza la plenitud del 
poder militar, en los momentos en que, dueño de 
un ejército de 25,000 hombres, era señor i toqui 
irresponsable del país. «Queda acordado, decia el 
artículo XV, que el Exmo. Señor jeneral don Justo 
José Urquiza, en el carácter de jeneral en jefe de 
los ejércitos de la Confederación, tenga el mando 
efectivo de todas las fuerzas militares que actual- 
mente tenga en pié cada provincia.» 
<«<. ¿Q ue m ^ s habia pedido Rosas cuando solicitó i 
obtuvo lo que se ha llamado históricamente «toda 
la suála del poder público», es decir, la dictadura 
ilimitada e irresponsable, tal cual la ejercieron los 
emperadores romanos en sus peores épocas i con 
sus peores cesares? 

XVII. 

No fué pues de estrañar que cuando se presen- 
tara el acuerdo de San Nicolás a la lejislatura de 
Buenos Aires, para su ratificación, se alzasen de 
sus bancos voces elocuentes de protesta i de recha- 
zo, ecos de valientes pechos que millones de bayo- 
netas oprimían. — «Por mis labios no habla, es- 
clamó el diputado Mitre recien llegado de Chile i 
vencedor de Caseros, no habla ni el orgullo, ni la 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 105 

intolerancia, ni un espíritu sistemático de oposi- 
ción, sino la voz imperiosa de mi conciencia que 
me manda marchar hacia adelante en el camino de 
la libertad conquistada, tomando por guia una 
de esas estrellas que nunca se apagan en el cielo: 
— la justicia.» 

«¿Qué otro fundamento, — agregó el orador con 
noble franqueza en la primera sesión del debate, 
echando desde entonces la base de la alta popu- 
laridad que todavía le acompaña en su ciudad na- 
tal, — qué otro fundamento que la voluntad del dic- 
tador tiene la autoridad creada por el acuerdo de 
San Nicolás? ¿Qué responsabilidad tiene esa au-, 
toridad, para ante quien la tiene i quien puede 
hacerla efectiva?» 

A esto, con la franqueza de la buena fé, contes- 
tó el doctor Gutiérrez, encargado de sostener el 
acuerdo en su calidad de ministro del Interior de 
uno de los gobiernos contratantes, que en discu- 
siones de ese j enero debia ponerse el corazón en la 
cabeza. 

Pero alzándose de su asiento el diputado Mitre 
contestó a su antiguo amigo f émulo feliz en el 
periodismo de Chile, manteniéndose ambos ahora 
en el terreno lójico i leal de sus antiguas doctrinas, 
con estas palabras: — «No, señor. Creo que en esta 
cuestión, como en toda cuestión que afecte inte- 
reses vitales, se debe pensar i se debe sentir. No 

14 



c 



10G JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

invirtamos el orden de la naturaleza: el corazón 
dentro del pecho, i la cabeza coronando el conjun- 
to.» (Arengas de B. Mitre, páj. 29). 

, XVIII. 

El doctor Gutiérrez tuvo un movimiento toda- 
vía menos feliz, pero animado de honrada convic- 
ción, en aquellos memorables debates, cuando dijo 
mas adelante de la lucha, que todo derecho nacía 
de la fuerza, aludiendo a las veinte mil lanzas de 
Corrientes i Entre-Kios que inundaban a Buenos 
CU; Aires; i en seguida, su mas fogoso colega, el doctor 
López, puso el colmo al escándalo cuando, apos- 
trofando a la muchedumbre que aplaudía a sus 
oradores, la llamó desde su asiento de ministro: — 
Pueblo degradado i sin honor. (Bustamante. Bos- 
quejo, páj. 89). 

XIX. 

Escusado es agregar, después de esto, que se 
realizaron, uno en pos de otro e inmediatamente, 
los dos hechos que caracterizaban i definían aque- 
lla contienda, juzgada de reciente data, pero que 
venia dilatándose desde años i de siglos, en de- 
manda de un desenlace que todavía nadie ha en- 
contrado. 

El acuerdo de San Nicolás fué rechazado por 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 107 

la lejislatura i la lejislatura fué disuelta, poco 
menos que a bayonetazos, i dispersados sus miem- 
bros i sus inspiradores, especialmente Alsina i 
Mitre. Todo esto era lójico, fatal, inevitable. Era 
el complemento político de Caseros. 

Acontecía esto último el 23 de junio de 1852, 
i en esa jornada, cien dias apenas después déla 
caída del dictador Rosas, el jeneral Urquiza asu- 
mía la dictadura, o como entonces se dijo, el 'po- 
der tutelar de la nación. 

XX. 

Tal reacción era precisa como la sombra que 
sigue a la luz, i es doloroso que el doctor £¡»ntie- 
rrez con su claro injenio no lo hubiese previsto. 
El procedió indudablemente de- buena fé, como lo 
acusan sus declaraciones de fuerza en el debate. I 
esto mismo se halla confirmado en sus revelacio- 
nes en el seno de la amistad: — «El vencedor de 
Rosas, — escribía desde Santa Fé el 2 de febrero de 
1853, i cuando la guerra rujia entre Buenos Aires 
i las provincias, entre la campaña i la ciudad, — 
debió ser nuestra salvación. ¿Por qué no rodearlo? 
¿Por qué no evitar con acertadas evoluciones en 
torno suyoque.no estraviase el rumbo?...» 

Ah! Pero el ex-ministro del jeneral Urquiza se 
guardaba de decir cuál habría sido esa evolución. 
¿Quitarle la lanza de las manos? ¿Arrancarle el 



108 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

poncho i la coraza? ¿Dejarle inerme i a pié como 
al Chacho en Chile? No habia otra maniobra po- 

• sible, i esa fué la que valerosamente, temeraria- 
mente como siempre, emprendió la altiva capital 
del Plata. 

No fué empero de ocio i sin frutos de reparación 
el breve espacio de tiempo que el doctor Gutié- 
rrez ocupó el ministerio del Interior en Buenos 
Aires. Eosas, como un animal dañino, todo lo ha- 
bia devorado o cubierto a trechos de manchas con 
su baba pestilente i corrosiva. No habia le} r es, ni 
instituciones, ni establecimientos públicos, ni esta- 

^ dística, ni testos, ni enseñanzas, ni beneficencia, 
ni culto siquiera porque se adoraba al tirano en 
efijie en los altares. La ciudad era un osario de 
cadáveres insepultos, i mas allá, como el limbo 
de los cristianos, — el caos.. 

A todo eso atendía el laborioso ministro, espe- 
cialmente al restablecimiento de la Universidad i 
de su antiguo i querido departamento topográfico 
al que prestó lista mano su jefe, cuando elje- 
neral Urquiza le llamó de repente a su lado i le 
sacó de Buenos Aires, embarcándose con él el 8 de 
setiembre de 1852, para ir a inaugurar el Congre- 
so jeneral, que en el número de 28 diputados, de- 
bía convocarse en Santa Fé. 

Era la última vez que el jeneral Urquiza pisaría 
como caudillo las aceras de la capital del Plata, 



• JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 109 

que a esas horas no era ya una ciudad sino un 
A r olcan. 

XXI. 

Sigamos ahora al doctor Gutiérrez a la poética 
i abaleada ciudad de Santa Fé, donde le veremos 
poner voluntariamente término a su vida política, 
para volver como subdito ilustre i sumiso al único 
imperio glorioso porque no es temido ni adulado 
de los viles: al de las letras humanas. 



VII . m 

EN SANTA FÉ I EN ENTRE RÍOS. 



No habia llegado todavía al puerto de su des- 
tino la flotilla del Paraná, que conducía a Santa 
Fé, sitio del futuro Congreso federal, al receloso 
dictador entreriano, cuando la inquieta i tumul- 
tuosa Buenos Aires sublevóse a media noche, a 
sus espaldas, 

A las doce de la noche del 10 de setiembre, es 
decir, a las cuarenta i ocho horas después de la 
partida de Urquiza, las divisiones correntinas que 
mandaba el jeneral don Juan Madariaga, salían 



^ 



s 



110 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

en efecto de sus cuarteles i ocupaban la plaza de 
la Victoria, este Forum permanentemente abierto 
desde 1810, i que Kosas mismo, sin la mordaza de 
la Mashorca, habría sido impotente a acallar. Otro 
tanto hacían los cuerpos de infantería que man- 
daba el j ene ral porteño Piran, i el gauchaje mon- 
tado del bravo coronel Hornos, antiguo unitario 
entreriano. 

A esa misma hora el doctor Alsina, alma escon- 
dida pero enérjica del atrevido movimiento, con- 
vocaba a sus parciales de la lejislatura a los altos 
del Cabildo, mandábase echar a vuelo las campa- 
nas, en señal de alarma pública, convocábase en 
tropees el pueblo ansioso de emociones, después 
de prolongado i vil letargo, i al amanecer del si- 
guiente dia, estaba consumada en todo el ámbito 
de la ciudad i de sus numerosos cuarteles milita- 
res, la memorable revolución del 11 de setiembre 
de 1852, ocurrida seis meses apenas después de la 
caida del tirano Rosas i de la liberación entre- 
liana. 

Solo el j ene ral Galán, gobernador militar dejado 
en Palermo por Urquiza, se retiraba con una di- 
visión de 1,500 plazas a San Nicolás, al paso que 
el jefe de estado mayor del Gran Ejército, que 
firma el parte oficial de Caseros, don Benjamín 
Yirasoro, jeneral correntino, era reducido a pri- 
sión. 



JUAN MAMA GUTIÉRREZ. 111 



II. 



Refiriendo el doctor Gutiérrez, a un amigo de 
Chile, los detalles de aquel levantamiento noctur- 
no tan rápido, tan osado i tan feliz, decíale desde 
Santa Fé, que aquello habia sido una cuestión de 
onzas de oro, profusamente distribuidas en los 
cuarteles. Pero a nuestro juicio, el ministro de 
Urquiza padecía error, i olvidaba la historia cuo- 
tidiana de su suelo. ¿No conocia el doctor Gutié- 
rrez los antiquísimos celos provinciales de los Ma- 
dariaga i de los Yirasoro de Corrientes? Pues 
por el aguijón de esos celos levantóse don Juan 
Madariaga, con su tropa correntina e hizo amarrar 
a su rival, favorito a la sazón de Urquiza. ¿ífo era 
porteño el jeneral Piran? Pues entonces ¿podia 
haber faltado su cooperación i su espada a aquella 
revolución esclusivamente porteña? ¿I el valiente 
gaucho Hornos, no habia mandado un escuadrón 
de entrénanos bajo Lavalle? ¿I no estaban allí Mi- 
tre, Pórtela, Segui, todos los caudillos populares 
de la juventud i de las masas de, la ciudad para 
servir de fondo i de Carátula a la mudanza impres- 
cindible? 

He ahí el secreto de la revolución famosa del 
once de setiembre, movimiento histórico, derivado, 
ineludible, al que pudo faltar la oportunidad i la 
prudencia, pero que habría sido tan imposible ava- 



<. 



112 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

sallar como estinguir la luz de la llama con su 
propio combustible. — «Ciudadanos de Buenos Ai- 
res, dijo en una proclama de esos dias el jeneral 
Mitre, llamando a las armas a sus compatriotas 
de la ciudad, en su calidad de comandante jeneral 
de la Guardia Nacional. Todo lo habéis perdido: 
todo tenéis que revindicarlo. 

«Habéis jemido bajo el sable del conquistador. 

«Habéis sido despojados de vuestros soldados, de 
vuestros tesoros, parques i depósitos, declarados 
botin del vencedor. 

«Habéis visto a vuestros conciudadanos .arran- 
cados de vuestros hogares, para ser trasladados 
como negros de África, lejos de aquí, donde lloran 
en la<mi seria. 

«Habéis visto vuestras instituciones a merced 
del capricho de un mandón, que no reconocia 
mas lei que la fuerza, ni mas regla que su vo- 
luntad. 

«Habéis visto que se ha pretendido presentar 
nuestra provincia ante el Congreso, como una cau- 
tiva ante la toldería de la Pampa, atada de pies i 
manos, i con una mordaza en la boca. » 

Tal era el catálogo, vehemente i exajerado sin 
duda, de las quejas i de las maldiciones de la cul- 
ta Buenos Aires concretadas con el lenguaje ca- 
liente de un capitán tribuno que mandaba una ba- 
tería de cañones. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 113 

Se ha dicho que la revolución del once de setiem- 
bre fué contra Urquiza. " 
¡Error profundo! 
Fué contra "Kosas. 

III. 

Una rara fortuna habia servido de aureola al 
levantamiento de la ciudad, i lo que no era de es- 
perarse, habia cundido por toda la campaña, alis- 
tándose bajo la común bandera el gauchaje del 
sur que mandaba el coronel Hilario Lagos. La 
provincia entera estaba sobre las armas, i un mes 
después del éxito, pudo elejir su primer goberna- 
dor constitucional con la mas perfecta libertad. 
Prueba de ésto fué que hubo diversos candiüatos, 
i que el doctor Alsina triunfó en la asamblea solo 
por tres votos sobre el jeneral don Manuel Gui- 
llermo Pinto (21 contra 18), i que aun obtuvo 
votos un americano, que no era ya sino una gloria 
ausente i querida: el jeneral Las-Heras. 

IY. 

Igual a la ventura i alegría de Buenos Aires, 
fué el estupor profundo del dictador i de su séquito 
en Santa Fé. El jeneral Urquiza, no podia creer en 
aquella insigne ingratitud ni en la traición militar 
de sus mejores jefes. El estanciero entreriano no 
comprendía que hai algo mas irresistible que el 

15 



c; 



114 JUAN MAE IA GUTIÉRREZ. 

ímpetu de las pasiones humanas, la lójica de la 
Insto ría, la levadura de la civilización en eterno 
fermento, como la costra terráquea que habitamos. 
La ira, el entusiasmo, la ingratitud misma de los 
pueblos, son el humo que vomita el cráter, pero 
la lava escandecente e invisible que lo enjendra i 
lo arroja, es la idea, i ésta ni aun bajo Rosas habia 
muerto. 

La ciudad no queria entregarse a la campaña: 
la matrona del Plata no queria recibir en su tálamo 
al gaucho centauro que, lanza en mano, venia a 
pedirle sus ósculos i su seno. 

Eso era todo. s 

Por eso, la campaña entera de Buenos Aires, 
como en los tiempos de Borrego i de Lavalle, es- 
taba en armas contra la capital, i el 1.° de diciem- 
bre, el caudillo Hilario Lagos, reaccionado por 
el solo peso de las cosas, daba el grito de rebelión 
que los vientos de la Pampa siempre repitieron: — 
«¡A Buenos Aires!» — «¡A Buenos Aires!» Era esa 
en pequeño la historia de Atila, de Aíarico i de Ro- 
ma. — «Al mismo tiempo las masas del norte co- 
menzaron a avanzar hacia el centro común, i 
antes de una semana la ciudad, como una res re- 
cien carneada, veíase rodeada por cardúmenes de 
antiguos degolladores.» — «¡Delcnda Cartago!» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 115 

El pavor del primer momento fué tan hondo, 
cuál había sido vivo el entusiasmo i la petulancia 
de la primera hora, la incurable «petulancia por- 
teña.» — Todos creyeron divisar la sombra de Ko- 
sas, paseándose otra vez con sus Colorados, por 
las calles de la ciudad maldita, i hasta el animoso 
Alsina flaqueó de ánimo, renunciando el 6 de di- 
ciembre, a los seis dias del motín de Lagos, la 
gobernación. Por esto decía inj anuamente el doc- 
tor Gutiérrez, en una carta que tenemos a la vista. 
«Cuando Lagos dijo: — Vamos a quitarle el bastón, 
el bastón se le cayó de las manos.» 

VI. 

Pero hallábase afortunadamente en l>r Capital 
arjentina el ilustre jeneral Paz, este capitán de 
guerra, grande por el patriotismo i la virtud, i cuyo 
nombre es una eterna antítesis, porque jamas le 
encontramos en la historia arjentina sino donde 
impera desolada la guerra. No era empresa de una' 
hora poner en estado de defensa a Buenos Aires, 
como no lo había sido hacia diez años cubrir con 
un foso i un muro el peñón de Montevideo. Pero el 
noble .«manco boleado», como le llamaba Quiroga 
por la aventura que le había ocurrido en la gue- 
rra de Treinta años, púsose a la obra, i secunda- 
do por Mitre, por Adolfo Alsina, los viejos Ancho- 
renas i los mas antiguos i probados unitarios, dc- 



J? 



116 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

volvió la confianza en pocas horas a la población, 
de suyo valerosa hasta el heroismo. 

Comenzó entonces el peculiar asedio de Buenos 
Arres, ciudad inmensa, abierta en todas direccio- 
nes hacia la pampa, i que el Plata, como. otra lla- 
nura líquida, circunda por un frente; asedio inter- 
mitente de montoneras, de pechadas, de conferen- 
cias en que se celebraban armisticios inintelijibles 
para el gaucho o en que se echaban bases de paz 
inaceptables para la ciudad; i entre cuyos ensayos 
i cuchicheos en los arrabales, entrecortados por el 
silbido de las balas, ocurrían encuentros sangrien- 
tos, en uno de los cuales, cayendo del caballo con 
un proyectil que le habia perforado la frente, es- 
clamó ivíi+re, héroe militar de la defensa: Dejadme 
morir de pié como romano. 

De una manera análoga al bizarro artillero ha- 
llábase dispuesta a sucumbir Buenos Aires, ciudad 
elástica, que se hincha i se deprime como su po- 
tente rio, quedando largos años a secas, como bajo 
la bota de Eosas, i otros invadeable i sin balizas 
como bajo Mitre i Sarmiento, los dos amigos i los 
dos rivales de la unificación por la pluma i por la 
espada. 

VII. 

Aquel sitio, si tal podia llamarse el que forma- 
ba en su derredor una cintura de gauchos alzados, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 117 

duró seis meses, i al principio, cuando ocurrió la 
insurrección de Lagos, creyóse en Santa Fé, donde 
se habia reunido el congreso federal o su parodia, 
que la resistencia porteña seria solo bambolla i ho- 
jarasca. El doctor Gutiérrez, cuya posición en la 
corte militar de Urquiza, le daba gran influencia, 
por su ilustración, su escuela política i su condi- 
ción de porteño, divorciado con su ciudad natal, 
llamaba irónicamente a sus antiguos correlijiona- 
rios del Plata, i en oposición al gauchaje que le 
rodeaba, «hombres de guantes blancos i de liber- 
tad», como dando a entender que la lanza de La- 
gos, valia mas para pelear que el bastón con bor- 
las i puño de oro del gobernador de Buenos Ai- 
res. «Esa ciudad, escribía a un amigo «deChile, 
en la plenitud de aquellos acontecimientos (fe- 
brero 2 de 1853), no puede salvarse en una paz 
duradera sino entrando francamente en la aso- 
ciación arjentina», — -es decir, sometiéndose. I alu- 
diendo, en seguida, a la actitud del jeneral Ur- 
quiza, a quien conceptuaba invencible, con trece 
provincias belicosas a su espalda, agregaba en 
esa propia carta. — «En este momejato el jeneral 
Urquiza, se prepara para pasar a la provincia de 
Buenos Aires, con intenciones pacíficas i organi- 
zadoras. No se vengará de nadie, ni nadie carecerá 
de la protección de que es digno.» 



118 JUAN MARI A GUTIÉRREZ. 



VIII. 



Considerábase el triunfo definitivo de la pode- 
rosa Confederación contra la autonomía unitaria 
de Buenos Aires, como cuestión de un simple ga- 
lope del jeneralísimo, i aunque estuvo mui lejos de 
acontecer de esa suerte, es justicia debida al dic- 
tador, decir que en todos aquellos arduos negocios 
de paz i de guerra, se condujo con notable modera- 
ción i aun dio ejemplo de ella a los porteños. Ha- 
bían enviado éstos, antes de una ruptura formal de 
las hostilidades, a Hornos i a Madariaga a invadir 
con sus continjentes las provincias afines de En- 
tre-Bios i Corrientes, llamadas así probablemente, 
porque en sus cauces lia corrido la sangre como 
el agua i a rios. Hoi mismo, la proporción de los 
sexos es en esas provincias, después de medio siglo 
de matanzas masculinas, de ciento trece hembras 
por cien varones. I un poco hacia adelante, aguas 
arriba, en ese cementerio heroico de la América 
que so llama el Paraguai, para cada hombre hai 
diez mujeres. 

Buenos Aifles habia cometido esta vez el pecado 
del caudillaje, despachando al interior aquellas lc- 
j iones provocadoras, al paso que Urquiza habia 
sujetado la brida de sus escuadrones, i refrenado 
la tendencia irresistible del gaucho, que es la bar- 
barie nómada i montada. Verdad es también, que 



JUAN MAEIA GUTIEEEEZ. 119 

a la sazón Urquiza era va hombre de muchas ya- 
cas i muchos millones.... 

IX. 

¿Tenia parte también en esa cautela de cuerno 
i saladero, el buen consejo del ministro Gutiérrez, 
elevado desde la reunión del congreso en que fi- 
guró como diputado por Entre-Kios, á la condi- 
ción de canciller de la Confederación Arj entina? 

El doctor Gutiérrez, que fué como político la 
modestia misma, no lo dice en su correspondencia. 
Pero' tenemos para nosotros que su palabra de 
conciliación, de espera i de magnanimidad, fué 
siempre escuchada con respeto. Habia alg(^que el 
doctor Gutiérrez' rechazaba con mas en^rjia que a 
la Academia Española, i ese algo era la guerra sal- 
vaje de su suelo. 

X. 

Haremos notar aquí que el doctor Gutiérrez, al 
afiliarse en el partido que se llamó nacional, con- 
tra la orgullosa, esquiva e intolerante autonomía 
de Buenos Aires, representada especialmente pol- 
los dos Alsina, padre e hijo, no se hallaba solo 
entre los antiguos emigrados de Chile. > 

Habíanse dividido éstos, tres a tres, como Hora- 
cios i CujacioR. Sarmiento, Mitre i Tejedor estaban 



s? 



«o 



120 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

por Koma. Gutiérrez, Alberdi i Vicente Fidel Ló- 
pez por el Lacio. 

En cuanto a los otros que no nombramos, el 
duro granito de Chile guardaba las cenizas de 
Pinero i de Lozano; Aquino habia sido inmolado 
en su tienda, al divisar las cúpulas de Buenos Ai- 
res, i los dos hombres probos, que habian sido la 
sabiduría i el reposo de la emigración militante, 
estaban cada uno en su puesto. Barros Pozos a la 
cabeza de la Universidad de Buenos Aires: Ocam- 
po a la cabeza del foro de Chile. 



XI. 



Al &*, la lucha tocó a su fin, i las onzas de buen 
oro de los Anchorena, los mas grandes criadores 
de vacas en el mundo (antes de Urquiza), i como 
tales antiguos patrones de Rosas, su capatuz i ca- 
pador, sirvieron para comprar la escuadra bloquea- 
dora, recibiendo el titulado almirante Coe, con 
mano infame, las talegas del cohecho, (junio 20 
de 1853). 

Buenos Aires no se habia salvado esta vez como 
Roma. Pero -se habia salvado como Carta go. 

XII. 

El sitio i el bloqueo quedaron levantados de 
hecho, i la Confederación sin ser vencida ni ven- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 121 

ecdora, como las esposas que comienzan a disfra- 
zar sus arrugas con el afeite, estableció su divorcio 
á plazo, con su atolondrada pero brillante con- 
sorte. 

Ese divorcio al que nunca faltaron emisarios ni 
cortejos, arañazos ni pecados, duró diez años, i 
solo vino a terminar cuando en 1862 el jeneral 
Mitre, vencedor en Pabon (setiembre 17 de 1861), 
fué elejido unánimemente presidente de ' la Con- 
federación Arjentina en la forma que hoi existe. 

Hemos hablado de arañazos. Uno de esos fué el 
del Tala (noviembre de 1853), otro ñié el de Ce- 
peda (octubre 23 de 1859). Pero al fin los esposos 
se abrazaron definitivamente, no sin haber comido 
alguna vez en el mismo mantel i dormütoen el 
mismo aposento, durante el largo intervalo de 
. amor, de celos i de palos, 

XIII. 

El jeneral Urquiza, habia trasladado entre tan- 
to sus reales al Paraná, para estar mas cerca de 
sus innumerables hijos i mas innumerables hatos. 
La ciudad del Paraná, capital artificial de la Con- 
federación Arjentina, era lo que nosotros llama-' 
' mos en los campos de Chile «las casas de la ha- 
cienda.» El resto de la Confederación era el 
inquilinaje. 

16 



<v 



122 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



XIV. 



Allí le siguió el canciller Gutiérrez, pero en una 
actitud tranquila i pacificadora como director de 
de su política interna i estranjera. 

El documento autógrafo, en que el jeneral Ur- 
quiza comunica al gobierno de Chile su ascenso a 
la presidencia constitucional de la república ar- 
jentina i que tiene la fecha de 13 de marzo de 
1854, lleva la firma del doctor Gutiérrez, i en ese 

"i- 

notable documento, que fué publicado en Chile 
cuatro meses mas tarde, (1) hace el gobierno ar- 
jentino un franco llamamiento a las relaciones de 
amistad i de comercio entre las dos repúblicas 
hermamvs, que produjeron el benéfico i equitativo 
tratado de 1855, firmado por los plenipotencia- 
rios Lamarca i Benavente. 

Por este mismo tiempo tuvo el doctor Gutié- 
rrez, en su calidad de ministro de Relaciones Es- 
teriores, la satisfacción de enviar a su mas antiguo 
i querido amigo el doctor Alberdi, residente a la 
sazón en Europa, el título de encargado de nego- 
cios de la recien organizada Confederación, título 
que aquél pondría a buen recaudo para el servicio 
de los intereses de su partido i de sus hombres. — 
«Alberdi es hombre que tiene mucha trastienda», 

(1) Mercurio del 25 de julio de 1854. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 123 

clecia años mas tarde, haciendo el elojio de los re- 
cursos de su espíritu, el mismo ministro que lo 
habia nombrado. ¿Podría el doctor Alberdi, con 
esa condición, ser mal diplomático? No necesita- 
mos agregar que el ex-emigrado Sarmiento, no 
pensaba de la misma manera sobre aquel notable 
arjentino, hijo del Tucuman i por consiguiente 
anti-porteño. 

Por esta misma época (mayo 1.° de 1854), el 
doctor Gutiérrez fué nombrado por el presidente 
Derqui, ministro plenipotenciario en Francia, pues- 
to que rehusó, i aunque manifestó voluntad de ir 
con igual título al Brasil, no se llevó a cabo esa 
misión. Tal vez habría hecho mala figura el di- 
plomático arjentino en la corte de Blp^íaneiro, 
después de haber devuelto a su emperador el tra- 
pito blanco que allí se llama de la orden de la Ro- 
sa como podía serlo de la marimona o de la Cala- 
Al ministro Gutiérrez cupo también la gloria 
verdadera i americana de haber declarado la li- 
bertad de la navegación de los ríos arjentinos, 
para todas las banderas del mundo, (julio 10 de 
1853). 

En esta época el laborioso funcionario organi- 
zador, fundó i redactó también el diario oficial, el 
Nacional Arjentino, destinado a fomentar los in- 
tereses de la unión; hizo tratados de comercio 
con el Piamonte (cuya emigración afluía ya pode- 



124 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

* 



<v 



rosa al interior por los ríos), pero rehusó cruces 
del Brasil; i por último, a fin de no dar de mano 
a la dulce tentación i golosina de las letras, tra- 
dujo como libro de enseñanza política de actuali- 
dad, la vida del gran unificador de la Confedera- 
ción del norte, Jorje Washington. 

Pero la verdad era que, el doctor Gutiérrez no 
podia vivir alejado de su querida e ingrata Buenos 
Aires. Es ésa una pasión peculiar que inspira el 
Plata, como a nosotros nos la inspiran los Andes. 
— -«Me secó por horas, escríbia el ministro de la 
Confederación a sus fieles amigos de Chile, i me 
siento declinar mucho bajo un calor horrible.» 
(Carta a Sarratea, de Santa Fé, noviembre 23ide 
1853)%^ 

Pero luego tocada la pluma por el hechizo de 
su fantasía agregaba: «La ciudad está llena de 
naranjos i de hermosos ijigantescos díamelos. 
¡Qué bellos son estos países i qué interesantes sus 
mujeres...!» 

XV. 

Había en esta última frase una revelación com- 
pleta del alma, de la naturaleza i de la existencia 
misma del doctor Gutiérrez, para quien la vida 
pública no era ya sino un «calor horrible i árido.» 

El 1.° de setiembre de 1853, había entregado 
su corazón, su mano i su destino de primer mi- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 125 

nistro de la Confederación a una bella santafecina, 
la señorita Jerónima Cullen, de ilustre apellido de 
mártires de llosas en aquella ciudad. Tenia la no- 
via, según el retrato de su propio enamorado due- 
ño, «ojos grandísimos, tez blanca i rosada, linda 
boca i dientes, i una tonada santafecina que me 
suena a música de Bellini.» 

Aun para dar parte de su enlace, el doctor Gu- 
tiérrez ocurría a jiros injeniosos pero espontá- 
neos. «Me enamoré, escribía a una dama en Chile, 
caso terrible en un viejo como yo, i héteme aquí 
asentado en la cofradía de nuestro señor San 
José....» 

La vida del hogar, la vida de la lumbre^ de la 
callada caricia, del trabajo interno, sostígado, sin 
mas bullicio que el de los niños que hacen en las 
hojas de papel el mismo rumor que las mariposas 
entre las flores, la verdadera vida, sobre todo para 
los que han cumplido temprano la penosa tarea de 
la patria i su servicio, había comenzado desde 
aquel día para el doctor Gutiérrez, i él mismo la 
contaba en el seno de la intimidad, cuando, a los 
«nueve meses» (frase que con malicia él marcaba), 
le habia nacido su primójénito «de nariz tan arres- 
pingada como la suya», con estas buenas i honestas 
palabras escritas en la ciudad de Paraná el 3 de 
agosto de 1854: «Soi siempre pobre, aunque tengo 
una posición lucida. Yivo aquí como transeúnte, i 



^ 



12G JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

todos mis goces se encierran dentro de las paredes 
de mi casa, donde (aunque tarde), he venido a 
convencerme que es donde se encierra únicamente 
la dicha verdadera.... No aborrezco a nadie. Por 
fortuna, nuestra política es enteramente de paz i 
de tolerancia, i mi dicha mayor seria que cuanto 
antes se unieran las partes hoi disidentes de nues- 
tra querida patria.» 

XVI. 

No podia manifestarse con mayor candor el 
sentimiento predominante en aquella época de la 
existencia del doctor Gutiérrez. Emigrado otra vez 
dentro su de propia patria, — -porque un porteño 
es emígwdo, es simple transeúnte en todas partes, 
cuando ha salido una legua a la redonda de la 
plaza de la Victoria, — el peregrino del Uruguai, 
del Brasil, de Chile, del Perú i del Ecuador, no po- 
dia evidentemente resignarse; i por esto se nota 
desde lejos que, ministro poderoso en el Paraná i 
ejerciendo como publicista i como canciller en los 
consejos de la Confederación, un papel análogo al 
del ilustre Bello en Chile, cambiaría todo eso, esa 
«posición lucida», por un humilde retrete lleno de 
libros en la calle de Venezuela de su ciudad natal. 

XVII. 

Metía en seguida, el viejo regañón, pero como 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 127 

quien solo espuma el hervor del revuelto puchero, 
la cuchara en la política, i acusaba a Sarmiento i 
a Juan Carlos Gómez (notable emigrado oriental 
que habia redactado en Chile el Mercurio), de la 
inconsecuencia con que habiendo sido ambos con- 
servadores en Chile, se mostraban ultra-radicales 
en Buenos Aires, sosteniendo que ahora «la licen- 
cia de la prensa se corrije con la licencia.» 

Pero como si el humo de la cocina política del 
Plata le sofocase, vuelve otra vez el ya viejo i 
cansado político al infantil aposento donde duer- 
men sus hijos, i contando con orgullo los adelan- 
tos de su primogénito, refiere su chochera a un 
íntimo confidente de este lado de los Andes, con 
estas palabras: — «El es mi compañero de ¡tafias las 
horas, mi bibliotecario, mi tirano, mi chochera.» 
¿Necesitamos agregar que la vida pública, es decir, 
la vida política del doctor Gutiérrez, habia llegado 
solo hasta allí, hasta aquel tirano, que no degollaba 
como Rosas, sino que estrangulaba el corazón del 
anciano con las dulces caricias de sus manecitas? 

XVIII. 

La última participación activa del doctor Gu- 
tiérrez en la política militante de su patria, data en 
efecto de la reunión del congreso federal en Santa 
Fé, cuando después de la jornada de Cepeda (oc- 
tubre 23 de 1859), Buenos Aires fué momentá- 



128 JUAN MAE I A GUTIÉRREZ. 

neamente sometida a la lei común de la república 
por el pacto de San José de Flores. — «Abrazé- 
monos! decia festivamente con este motivo a uno 
de sus amigos de Chile, desde el Rosario, el 2 de 
octubre de 1880. Compóngase el pecho, limpié- 
monos la espuma de los pucheros que la emoción 
patriótica nos produce, i gritemos juntos: — ¡Vivan 
las Provincias Unidas del Bio de la Plata. h 

I entrando todavía en mas estrechas confiden- 
cias, el ex-ministro de Urquiza revelaba la con- 
clusión de su vida política* en estos precisos tér- 
minos: — «Este acontecimiento (la reunión del 
£. congreso jeneral en que participó Buenos Aires i 
la sanción de la constitución) me toca mui de 
cerca,^orque me saca de la mala condición en que 
mi jenio,poco acomodaticio con lo que no me pla- 
ce, me habia colocado. 

«Mis paisanos (los porteños), me tienen por 
desafecto i los confederados, actualmente en el 
poder, me cuentan con razón entre sus adversa- 
rios. Al derredor de Derqui, no hai mas que logre- 
ros oscuros e inhábiles. Espantar estas gaviotas 
debe ser el primer fruto del triunfo de las buenas 
ideas que acaban de alcanzarlo tan espléndido.» 

XIX. 

La vida política del doctor Gutiérrez habia con- 
cluido, i por esto, con una csprcsion profunda- 



JUAN MAMA GUTIÉRREZ. 129 

mente verdadera, cerraba el viejo publicista esta 
carta que encierra su testamento político con esta 
frase triste peso característica del hombre i de su 
pasada i tormentosa carrera:— «Ahora estoi casi 
seguro que me enterrarán en la Mecoleta, al lado 
de los huesos de mis padres.» (1) 



VIII 
EN LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIEES- 

I CONTRA LA ACADEMIA ESPAÑOLA. 



«.En esa tarea grave i tenaz, peras^rena, sil 
inteligencia se había pulido, su ^usto purifica- 
do i en la edad en que Voltaire se burlaba de 
todo i en que Goethe se encerraba en su su- 
premo egoísmo, el doctor Gutiérrez tenia acen- 
tos de entusiasmo juvenil, pesares de la ado- 
lescencia, emociones de los veinte años.» 

(Miguel Cañé. Discurso en la tumba de G>i* 
lierrez'y. 



Habíase establecido de hecho el doctor Gutié- 
rrez en su ciudad natal desde 1856, después' de 16 
años de ausencia, pero en la condición de simple 

(1) Carta de Gutiérrez a Sarratea, Eosario octubre 2 de 18C0. 
La. Recoleta es el nombre doméstico del Cementerio público de 
Buenos Aires. 

17 



130 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

ciudadano, jeómctra, escritor i padre de familia. 
— «Me he venido a esta ciudad, escribia desde 
Buenos Aires a un amigo, porque solo aquí podia 
vivir en plena vida privada, con esperanzas de ocu- 
par el tiempo en algo lucrativo. Mi opinión, ana- 
dia, es siempre la misma. Soi nacionalista, i creo 
que nuestra paz sólida, nuestro progreso i nuestra 
gloria dependen de la unión. Donde quiera que se 
trabaje por esto, allí estaré con todas mis fuerzas.» 

II. 

Prosiguiendo únicamente propósitos de estudio 
i de honesto salario para sus viejos dias, el doctor 
Gutiérrez aceptó — desde que el jeneral Mitre re- 
gulariza, -definí ti vamente el gobierno de la Confe- 
deración, siendo electo, después de Pabon, presi- 
dente de la república por unanimidad en octubre 
de 1862, — aceptó, decíamos, el antiguo emigrado 
de Chile, de su antiguo i noble colega, el elevado 
puesto de rector de la Universidad de Buenos Ai- 
res. — «El jeneral Mitre, escribia el doctor Gutié- 
rrez el 1.° de abril de 1863, se ha conducido con- 
migo como un caballero i un verdadero amigo.» 
De hecho el sabio arjentino era rector del primer 
cuerpo docente de su país desde 1861. 

III. 

Al propio tiempo o algo mas tarde, conferíase 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 131 

también al doctor Gutiérrez, la dirección jeneral 
de las escuelas de la república, empleo para el 
cual su jenio minucioso e infatigable en el trabajo, 
le hacia sumamente apto. 

De esta suerte, el antiguo profesor de la escuela 
naval de Valparaiso, asumió la dirección absoluta 
de la enseñanza, desde el aula infantil al claustro 
pleno, desde el niño al sabio. I ciertamente, que 
la instrucción pública, palanca de fierro que junto 
con la intervención abierta de Sarmiento, llevó 
algo mas tarde a la presidencia de la Confedera- 
ción al ministro de ese ramo, doctor Avellaneda, 
necesitaba del impulso de un hombre como Gu- 
tiérrez para recobrar la salud i el esplendor anti- 
guo. «Entre los inicuos decretos del dictáifíor Ro- 
sas, dice un historiador arj entino, habia uno que 
se distinguía por sus tendencias retrógadas i per- 
versas. Era éste el del 28 de abril de 1838, que 
prescribia a los estudiantes de la Universidad, la 
obligación de costear los sueldos de sus catedráti- 
cos i los gastos del establecimiento, bajo pena de 

espulsion.» (1) 

i 

IV- 
Entrar en el análisis de las numerosas obras 



(1) Bustamante. — Bosquejo citado, páj. 34. 



& 



132 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

que emprendió i llevó a cabo el doctor Gutiérrez 
para ilustrar a su país, barbarizado por un a tiranía 
sistemática i brutal, es tarea ajena a esta rápida 
reseña biográfica. 

Por esto nos contentaremos con su simple enu- 
meración, a fin de que por ella se mida toda la 
estencion de su trabajo, de sus frutos, i de la po- 
pularidad que, como hombre de crítica, de estudio 
i de compajinacion literaria i didáctica, alcanzara 
en medio de las jeneraciones que cultivan todavía- 
con amor las letras en la América Española. 

Y. 

He aquí esa nomina desde que el 1.° de abril de 
1861, fué nombrado rector de la Universidad de 
Buenos Aires, o mas bien desde que vino a habi- 
tar definitivamente esta ciudad en 1856. 

I. La constitución de Mayo, esplicada sencilla- 
mente por preguntas i respuestas, para instruc- 
ción de la juventud, 1 v. 1856. 

II. Pensamientos, máximas, sentencias, etc. de 
escritores, oradores i hombres de estado de la Re- 
pública Arj entina, con notas biográficas, 1 v. 

, 1859. 

III. Apuntes biográficos de escritores, oradores 
i hombres de estado de la República Arj entina, 1 
v. 1860. 



JUAN MAKIA GUTIÉRREZ. 133 

IV. Eljeneral San Martin, 1 v., gran in 4.°, de 
lujo, cuya edición fué costeada por dos particula- 
res (los señores Pereira i Guerrico), 1862. 

V. Estudios biográficos sobre algunos poetas 
sud-americanos del siglo XIX, 1 v. 1885. 

VI. Poesías Americanas. Composiciones selec- 
tas, escritas por poetas sud-americanos de fama, 1 
v. 1866. 

VIL Oríjen i desarrollo de la enseñanza jJÚbtica 
en Buenos Aires, desde la época de la estincion 
de la Compañía de Jesús en 1867 hasta la funda- 
ción de la Universidad en 1821, 1 g. v. en folio, 
1867. 

VIII. Historia arjentina enseñada a los niños, 
1873. S* 

IX. Vida de Franklin, traducción de Mignet, 
(segunda edición de la que habia trabajado en 
Chile). 

X. Poesías, 1 v., 1876. 



VI. 



El doctor Gutiérrez, ademas de la asidua aten- 
ción que prestaba a sus deberes públicos como 
rector de la Universidad i director j enera! de la 
enseñanza primaria, colaboraba como fundador 
o socio en todas las publicaciones literarias estable- 
cidas en Buenos Aires en el último cuarto de si- 



y 



134 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

glo que fué el de su mayor actividad intelectual, 
i especialmente en el Inválido Arjentino,en el Co- 
rreo del Domingo i en las dos escelentes revistas 
bonaerenses tituladas: — Revista de Buenos Aires i 
Revista del Rio de la Plata, que entre ambas com- 
ponen dos o tres docenas de gruesos i bien nutri- 
dos volúmenes. 

VII 

Estableció también el doctor Gutiérrez, en su 
calidad de rector, una preciosa oficina de canjes 
que está llamada en consorcio con la nuestra, a 
producir mas duraderos bienes entre los dos pue- 
blos que - tocias las artimañas de las cancillerías, 
porque al fin del tiempo i las pasiones, de esas 
fuentes serenas brotará algún dia la luz, que en 
las otras (al menos hoi por hoi) todo es tinieblas. 

Con este fin, fundó Gutiérrez una publicación 
hebdomadaria con el título de Boletín Bibliográ- 
fico, en que se daba cuenta del movimiento inte- 
lectual de la América Española, i especialmente 
de Chile i la República Arjentina. — «Los buenos 
libros de Chile, decia a este respecto a un inter- 
mediario de sus remesas, en abril de 1876, se ven- 
den pronto i a buen precio.» En otra ocasión i 
con su sal acostumbrada, daba minuciosas instruc- 
ciones a su corresponsal sobre un cajón de libros 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 135 

que remitía a Chile, «para que no sufra allí, decía, 
avería ni estravío en su calidad de literato, o de 
huacho, que es lo mismo.» El doctor Gutiérrez 
' conocia a Chile, el país por escelencia de los li- 
bros truncos, es decir, de los libros huachos. 

VIII. 

No desdeñaba tampoco el activo rector de la 
Universidad, en medio de tareas capaces de absor- 
ver por entero la vida de un hombre laborioso, de 
prestar su desinteresado concurso a cuantos de 
cerca o de lejos llegaban a golpear a la puerta de 
su saber o de su cortesía. Era como y¿s^padre 
para los estudiantes que le rodeaban, i que veían 
a cada instante diseñarse en su franqueza, en su 
jovialidad, su inalterable llaneza i bonhomie. Re- 
cordamos nosotros mismos, que habiendo soli- 
citado la cooperación de sus investigaciones desde 
Lima en 1860, para llegar a descifrar el jenio i la 
vida de un hombre que pasa todavía entre muchos 
como un arcano indescifrable, (Monteagudo), aco- 
jió nuestra solicitud con la misma i aun mayor 
bondad que nuestro primer estreno en 1849, ya 
recordado. Enviónos entre muchos documentos i 
estímulos honrosos, consejos que alguna vez ha- 
bremos de utilizar, i que hoi mismo en que los es- 



135 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

ludios sobre Monteagudo, han sido puestos a la 
moda en Lima i en Buenos Aires, serian de no 
pequeño provecho. — «Yo desearía, escribía a nues- 
tro común intermediario, desde el Rosario el 1.° 
de setiembre de 1860, yo desearía que B. V. M. 
reuniese todos los escritos de Monteagudo i lo juz- 
gas 3 mas por ellos que por la opinión de los 
peruanos, que no le comprendían porque no com- 
prendían tampoco sus fines revolucionarios ni sus 
medios.» . 

En una palabra, el doctor Gutiérrez, mas que 
ningún escritor arjentino, chileno, peruano, co- 
lombiano u oriental, tuvo una tendencia decidida 
americana i cosmopolita en sus estudios, en su 
propa%v\nda i aun en sus viajes e ideas, fruto es- 
tas últimas de su largo destierro. — «Desde Méjico 
a Buenos Aires, dice acertadamente sobre esta 
marcada propensión de su espíritu uno de sus 
compatriotas, desde Valparaíso a Montevideo no 
ha cantado un poeta, no se ha erguido un pensa- 
dor sobre la multitud, no ha brillado una espada 
en defensa del derecho, sin que la vigorosa pluma 
del doctor Gutiérrez dibujara a los ojos de sus 
conciudadanos la fisonomía de esos hombres su- 
periores. Amaba el pasado i tenia fé inquebran- 
table en el porvenir.» 

¿No son estos títulos, recojidos en cinco o seis 
repúblicas, en el Plata, en el Uruguay, en Chile, 



JUAN MARI A GUTIÉRREZ. . 137 

en Colombia misma, suficientes para labrar la glo- 
ria de un escritor americano, i declararle, como a 
Bello, un verdadero procer de las letras en nues- 
tro continente? 

IX. 

Pero no llenaríamos nosotros nuestro mas firme 
propósito, que es el de seguir en todo la estela 
luminosa de la justicia, si al analizar tan rápida- 
mente como lo hacemos la vida literaria del doc- 
tor Gutiérrez, no diésemos cuenta en el debido 
tiempo, del último i ruidoso episodio, que por el 
orden de los acontecimientos fué el último de sus 
actos intelectuales. 

Aludimos a la devolución que en dicietfírjre de 
1875, hizo a la Academia Española de su título . 
de miembro correspondiente, rasgó de descortesía 
literaria que no fué por cierto de fortuna para ce- 
rrar tan hermosa vida de escritor i de prosista 
americano. 

El doctor Gutiérrez, a nuestro juicio, no tuvo 
motivo alguno suficientemente sólido para dar un 
paso tan desusado en la vida de los hombres de 
letras, que por lo mismo que es senda de espinas, 
se esfuerzan todos los que por ella andan en en- 
cubrir con las flores de su injenio. 

Mas que esto. En oposición a la propia escuela 
en que habia vivido rodeado entre sus conípatrio- 

18 



138 . JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

tas en Chile, que pidieron el ostracismo de Bello i 
la supresión del alfabeto, cuyo «sarmenticidio» de 
hecho ejecutaron, i después entre sus propios dis- 
cípulos, que sea dicho en honor de la verdad, han 
echado la gramática al turbio cauce de su rio i 
dispersado, con raras escepciones, los preceptos de 
la literatura al capricho de los pamperos, el doc- 
tor Gutiérrez habia 1 sido un escritor castizo, cuida- 
doso i casi intolerante, como el mismo habrá de 
confesarlo en seguida en el seno de la intimidad. 
En 1845 no podia perdonar al mismo Alberdi 
su culto pero libre decir, i por cierto menos a Sar- 
miento sus sublimes barbaridades. Pero aun en 
época tan próxima como la de 1866, encontramos 
«n sus^versos dirijidos al retrato de "Ventura de la 
Yega, un hijo del Plata completamente españali- 
zado, conceptos tan acusadores de su escuela cas- 
tellana, como los siguientes: 

La lengua de León, de Herrera i Rioja, 
Hija del Lacio i del oriente hermana, 
Al tocar en tus labios recordaba 
Humores de arpas etc., etc. 

I todavía para hacer mayor su inesplicable pe- 
cado de repudio, el doctor Gutiérrez habia acep- 
tado o por lo menos consentido en figurar como 
colaborador entre los revisadores de la gran edi- 
ción del Diccionario de la Academia Española, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 139 

que este sabio cuerpo se halla actualmente empe- 
ñado en llevar a remate con tan pujante tesón, que 
tan solo la primera letra de la composición llera 
consumidos no sabemos si tres o cuatro volúmenes. 

Ahora bien, ¿cómo bajo tales auspicios, que fue- 
ron tal vez la causa inductiva que movió a los 
académicos Hartzenbusch, Segovia i Puente Ape- 
zechea, recientemente fallecido, a proponer . su 
nombramiento, hízoles el culto doctor Gutiérrez el 
irreparable desaire de tirar a las gavetas del se- 
cretario de la Academia en Madrid el honroso i 
por otros tantos solicitado diploma? 

No somos nosotros ciertamente afectos a per- 
gaminos ni menos de seguro a sociedades de eló- 
jios mutuos, pero por lo mismo que no*=ےcanzan 
a libarnos esas amarras del mérito verdadero o 
de la vanidad, oropel vil u oro de subidos quila- 
tes, oreémonos jueces, inhábiles tal vez, pero no 
tildados de parcialidad, para declarar que su re- 
chazo del título de académico no tuvo justicia, ni 
oportunidad, ni filosofía ni siquiera urbanidad, 
tomando esta palabra en la acepción que debe 
dársele al valorizar las relaciones de un cuerpo 
sabio con uno de sus socios. 

X. 

Hemos vuelto a leer con detención la epístola 



140 JUAN MAKIA GUTIÉRREZ. 

del doctor Gutiérrez, dirijida al distinguido lite- 
rato español Aureliano Fernandez Guerra, secre- 
tario de la Academia Española, la cual ocupa dos 
columnas de nuestros diarios, i lleva la fecha de 
Buenos Aires, 30 de diciembre de 1875, i en nin- 
guno de sus conceptos i argumentos encontramos 
el justificativo de su estraña resolución, porque 
aun siendo rigorosamente cierto, como creemos 
nosotros lo es, todo lo que dice respecto de la im- 
posibilidad de dar al idioma español una inamo- 
vilidad i fijeza absolutas, ni la Academia Española 
se ha de mostrar ahora tan absolutamente intran- 
sijcnte como de antaño sobre ese particular; ni 
aun resistiéndose aquélla a la innovación, habia 
motivóla uno de sus miembros para tratarla con 
tanta dureza, i menos para recordarla irónicamen- 
te a Santa Teresa i al «amoroso San Juan de la 
Cruz.» En tal caso ¿no habria sido preferible re- 
cordar otra vez a frai Luis de León, a Herrera i a 
Kioja, como antes con reverencia lo hiciera delan- 
te del retrato de Ventura de la Vega? 

Es cierto que la forma (no el fondo) de la ne- 
gativa es culta i cortés; pero el hecho fué un es- 
cándalo innecesario, i si hubiéramos de emplear 
una espresion muí comente del otro lado de los 
Andes, fué casi una gauchada. Al menos, el ilus- 
tre Bello pensaba absolutamente como Gutiérrez, 
sobro la ponderada fijeza de la lengua castellana, 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. , 141 

condición que no ha de encontrarse ni aun en las 
estrellas, ni menos por cierto en los vocablos 
humanos. Pero no por efto Bello desgarró su 
diploma ni estableció de hecho el divorcio de las 
intelijencias que en el nuevo como en el viejo 
mundo buscan la comunidad de la ciencia i del 
espíritu, echando a las espaldas las cuentas de 
viejas riñas por la lengua i por la espada. ¿O 
habría llevado el doctor Gutiérrez su celo por el 
idioma americanizado o cosmopolitado (esta es 
la palabra que él usa para combatir su fijeza) 
hasta propender a la formación de un lenguaje 
universal como el que en 1854 propuso en España 
el señor don Bonifacio de Soto, i al cual por cier- 
to la Academia no hizo su socio correspó'ndiente 
porque llamó al camello Enibel (1) ' 



XI. 



No. La epístola del doctor Gutiérrez a la Aca- 
demia Española no es una pieza de sabiduría, de 



(1) Según este ejemplo de la leugua universal, la letra inicial 
e significaría que se trataba de un ser vivo, r de un animal, u de 
un mamífero, b de un rumiante con cuernos i e de un camello... 
T por este estilo las demás invenciones de aquel lenguaje univer- 
sal, que en aquel tiempo fué aceptado por muchos, como antes 
lo habia sido, aun por la Universidad de Chile, el alfabeto Sar- 
miento. 



142 • JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. 

oportunidad, de filosofía social ni siquiera de ame- 
ricanismo. Al contrario, el mismo Ilustre reo nos 
ahorra el penoso empico de encontrarle un cali- 
ficativo adecuado porque el mismo se lo diera. — 
«¿Qué le parece a U. mi cohete a la Academia? de- 
óia a un amigo en carta del 6 de marzo de 1876. 
Tenemos un sílabus i un concilio en Roma; ten- 
dremos un Diccionario i una Academia que nos 
gobernará- en cuanto a los impulsos libres de nues- 
tra índole americana en materias de lenguaje, que 
es materia de pensamiento i no de gramática. 
Tendremos una literatura ortodoja i ultramontana, 
i no escribiremos nada sino pensando en nuestros 
jueces de Madrid, como los obispos que sacrifican 
los iniciases patrios a los intereses de' su ambición 
en Roma. Yo he cumplido con mi deber, cediendo 
a propósitos mas altos que los que puede com- 
prender el autor del artículo del «Deber» i el mis- 
mo Bello, si viviera. He rechazado el diploma con 
que hasta Alberdi se engalana en el título de 
«Luz del dia» como V. ha podido observar. Ad- 
vierta V. que este amigo me criticaba amarga- 
mente mi respeto por la gramática i la ortografía 
de nuestro idioma, crevendo que estos cuidados 
eran nimiedades, i afectando tal aversión por ellos, 
que sus primeros éxitos le avergonzarán ahora 
cuando le caigan a la mano. I lo siento de veras, 
porque un hombre de sus luces i su talento, pro- 



JUAN MARÍA. GUTIÉRREZ. 143 

cediendo como yo, habría producido, no mi carta 
de poquísimo mérito, sino una obra digna de él i 
digna del asunto. Rehusé del Imperio la cruz que 
me ofrecieron:. por razón análoga no he querido 
el diploma académico.» 

XII. 

Mas adelante agregaba el ilustre culpable del 
crimen de desacato literario, aludiendo a las jus- 
tas críticas que le habían asediado, estas pala- 
bras que pueden ser una defensa pero no una jus- 
tificación. — «Por esa razón es que aquí mismo en 
Buenos Aires, se vuelve hacia atrás en compara- 
ción de los atrevidos caminos que anduvimos en 
otros tiempos.» — I en seguida concluía. > 0«n esta 
frase, que es tal vez lo mas sólido de su argumen- 
tación fuera de camino porque es lo mas injénuo. 
— «En fin, yo he procedido como americano li- 
bre....'» ¿No fué eso mismo lo que nosotros quisi- 
mos espresar, cuando dijimos que el doctor Gutié- 
rrez había hecho lo que gráficamente se llama 
todavía en su culta i rica ciudad natal acuna gau- 
chada-»? 



144 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

IX 
CONCLUSIÓN. 

i. Guerra de Chile con España. — n. Guerra de 
la «Triple Alianza» contra el Paraguai. — iii.Crí- 
sis financiera de los países americanos. — iv. Cues- 
tión de límites con Chile. — v. Vida íntima del 
doctor Gutiérrez, su ancianidad i su muerte. 



— ¿Qué colores lleva? 

— Loa tres colores de la revolución f racesa, 
como Chile. 

— ¿Qué símbolo? 

— La estrella de la fé, como Chile. 

— ¿Qué nombre? .. 

— «La República del Paraguai.» 

Alberdi. (Los intereses ar/enfinos en la guerra 
del Paraguai con el Brasil, julio de lS(i5,páj 
G2J. 



I. 

No obstante su absoluto apartamiento de la 
política militante i batalladora de su país, el doc- 
tor Gutiérrez, «sentado a la sombra de sus años», 
estudiaba con interés todo lo que le rodeaba, sen- 
tía, amaba i aun aborrecía como en los días ar- 
dientes de su juventud o en las horas apasionadas 
de su edad madura. 

Así, cuando se persuadió de la política verda- 
deramente deplorable, que puso en ejercicio de 
hecho el gobierno del Rio de la Plata en sus dos 



JUAN MARÍA GUTIEREZ. 145 

orillas, respecto de la agresión española a las cos- 
tas del Pacífico en 1864, i que trajo forzosamente 
la guerra contra Chile, en oposición a los hombres 
de estado dominantes de su país, el doctor Gutié- 
rrez se puso calorosamente de nuestra parte, con- 
forme a su antiguo i probado americanismo. 

Reprodujimos ya los ecos de su calorosa indig- 
nación, cuando en 1851 presenció en Guayaquil 
la humillación que a aquel país débil, tímido i 
hermoso, impuso «la bandera roja i amarilla tan- 
tas veces arrastrada por los valientes colombia- 
nos.» 

Escuchemos ahora algunas de sus confidencias 
destinadas a ser simples desahogos de su -alma en 
el seno de un amigo i compatriota, apartada como 
él de los negocios políticos. — -«Los españoles es- 
tan vencidos, escribía, cuando Pareja i su escuadra 
se enseñoreaban de nuestras costas, ante la acti- 
tud fuerte i digna que ha tomado Chile, i de la 
cual no quisiera verlo declinar con medidas pe- 
queñas.» (1) 

Hacia en seguida el doctor Gutiérrez, una es- 
piritual alusión a la patriótica vehemencia del ple- 
nipotenciario de Chile en Buenos Aires i en Mon- 
tevideo, i tocaba el fondo de la cuestión que nos 



(1) Carta a don Mariano Sarratea, Buenos Aires, noviembre 
28 de 1865. 

19 



o 



148 JUAN MAMA GUTIÉRREZ. 

dividía, en estos amistosos i consoladores términos. 
«Esta mala intelijencia no puede producir nada 
bueno, mucho mas cuando no es cierto que el 
pueblo arj entino sea desafecto al chileno, i al con- 
trario, la opinión verdadera del público, le es sim- 
pática. Pienso, anadia, emitiendo su propio racio- 
cinio i sentimiento (que era una condenación de 
la conducta del gobierno de su país), pienso que 
ya liai tardanza por parte nuestra, en manifestar 
de una manera oficial cuánto es al aprecio i la es- 
tima que nos merece el pueblo i el gobierno chi- 
lenos, por su digna i valiosa posición social, adqui- 
rida con labor i con constancia, que les honra 
sobremanera, colocado en primera línea entre sus 
hermanas, las repúblicas del sur. Ese apoyo moral 
(cuando menos), le es debido de justicia en el mo- 
mento solemne en que' se encuentra. Deseo que 
ese noble pueblo se mantenga digno como hasta 
aquí i moderado en su fuerza. Así saldrá engran- 
decido en medio de su propio conflicto.» (1) 

II. 

I entiéndase que el antiguo emigrado de Chile, 

(1) Carta citada. El párrafo en que aludía al choque del ple- 
nipotenciario Lastarria con el ministro Elizalde decia así: «Los 
americanos somos jeneralmente buenos jinetes; pero al montar a 
caballo nos vamos a un lado u otro del maucarrou, porque de- 
testamos los estribos....» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 147 

no escondió jamas estos sentimientos en medio de 
la indiferencia o del enojo de sus compatriotas, 
porque en un libro que por aquel tiempo publicó 
i que lamentamos no tener a la mano para aco- 
tarlo (San Martin etc.), rinde a Chile, como a 
país sobrio i guerrero, trabajador i patriota, el 
título de un acendrado respeto. 

Pero, contraste estraño i casi inesplicable! La 
política internacional arj entina, movida por inte- 
reses puramente materiales, daba esta vez la es- 
palda a los Andes i tendía la mano a la España, 
cuando habia alcanzado por la civilización, la ri- 
queza i la independencia, un poder propio i una 
gloria que no habia quedado encerrada en el re- 
cinto de las calles de Buenos Aires cual" en la 
reconquista de 1808. I sin embargo, el Plata an- 
tiguo, pobre, esclavo i mercader, habia pisoteado 
los intereses que ahora acataba, i buscado la alian- 
za de Chile como fuerza, como fraternidad i como 
gloria. 

Los mercaderes de 1810 condnjéronse como 
héroes. 

Los estadistas de 1865 calcularon solo como 
mercaderes. 

III. 

En la mucho mas desdichada i aun mas incom- 
prensible guerra del Paraguai, llevada a sangre i 



j 



148 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

fuego a este heroico i aislado pueblo por las repú- 
blicas del Plata, en estrecha i funesta alianza con 
el imperio esclavócrata del Brasil, el doctor Gu- 
tiérrez pensó exactamente como pensamos todos 
los chilenos i todos los sud-arnericanos que con- 
templábamos desde lejos, aquel bárbaro i estraño 
sacrificio de una nación oscura pero magnánima 
en obsequio de un estado que por razas, lenguas, 
topografía, política tradicional i ambición siste- 
mática, habia venido provocando aquellos con- 
flictos desde Ituzaingó, ¿qué decimos? desde la 
emancipación de Portugal en el siglo XVII, i 
cuyo fin único era el desmedró de sus vecinos del 
Plata para solicitar de esa manera su propio en- 
grandecimiento territorial, que es lo que hoi de 
hecho tiene conseguido. 

IV. 

Al divisar en 185o en los campos del Uruguai, 
la bandera imperial flotando acatada por el go- 
bierno del jeneral Flores, que trajo a su país el 
azote de una ocupación legal i solicitada de las 
armas brasileras, dijimos, dando la voz de alarma 
de la situación: — «El Brasil es la Rusia de la 
América.)) I hoi, después de cerca de un cuarto de 
siglo, agregamos, que borrada por la Triple Alian- 
za la heroica Polonia americana, Montevideo es 
la Constan tinopla del continente, i no ha de tar- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 149 

dar tal vez mucho, a menos que nuevas i sangrien- 
tas guerras deshagan el lóbrego camino recorrido 
en aciaga campaña, que el Rio de la Plata, no será 
sino el Bosforo del Imperio que amenaza a todas 
las repúblicas de Sud- América, con la sola escep- 
cion de Chile, con el enorme peso de sus domi- 
nios i de sus límites nunca definidos. (1) 

Abundando en esta manera de ver el embrollo 
i las fatales consecuencias de la política que a la 
la sazón reinaba en ambas márjenes del Plata, es- 
clamaba el doctor Gutiérrez, mas sagaz i mas fino 

(1) Las opiniones que emitimos en 1855 (Viajes) no han cam- 
biado en un ápice, por mas que las relaciones de nuestro país 
con el Brasil sean de la mas sincera cordialidad. En cuanto a la 
ocupación brasilera de Montevideo, al mando del brigadier Pe- 
reira Pinto, reproducción viva de la de 1817 bajo el barón de la 
Laguna, i de la de 1865 bajo Flores, ocupación criminal de la 
que fuimos testigos oculares, he aquí los curiosos términos en 
que la justificaba el brigadier Flores, presidente a la sazón del 
Uruguai, en una proclama de aquella época (junio de 1854 ), que 
tenemos a la vista: «La ruina que viene tras de sí de las disi- 
dencias civiles, ha colocado a la nación oriental en graves apuros 
para sufragar a las exigencias de una organización tan vigorosa, 
como es indispensable al estado de desquicio a que nos ha con- 
ducido el catalismo que ha tenido en peligro por largos años la 
existencia de la repimlica.» 

El cataclismo era el Brasil, i por eso el dictador Flores entre- 
gaba su patria a las banderas i a las bayonetas de ese declarado 
enemigo de la nacionalidad oriental en 1854, como en 1863, fir- 
mó i entró en la Triple Alianza, en esclusivo beneficio del Bra- 
sil, es decir, del cataclismo. 



150 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

pensador que los conductores de su patria. — «El 
momento actual (diciembre 17 de 1865) es bien 
triste. La República Arj entina está comprometida 
en una guerra estéril bajo todos conceptosh 

V. 

No es nuestro ánimo ni nuestro plan, entrar al 
fondo de estas cuestiones interminables; que nece- 
sitan muchos mas serios estudios que los de una 
rápida reseña para ser debidamente apreciados; 
pero si estamos dispuestos a reconocer que en 
aquella desgraciada complicación, el dictador del 
Paraguai fué el verdadero agresor, terrible e in- 
sensato, no podríamos decir con la misma llaneza 
si él habia sido el verdadero i constante perturba- 
dor, el antiguo, el tradicional, el inevitable pro- 
vocador de todas las revueltas i conflictos de los 
estados limítrofes que cierran su incesante avance 
hasta los rios que forman la estuaria del Plata. 

Por lo demás, provocado evidentemente el Pa- 
raguai por el Brasil; protejido otra vez el invasor 
Flores, no con la escarapela únicamente como en 
1855, sino con los cañones del imperio, que re- 
dujeron a cenizas el heroico pueblo uruguayo de 
Paysandú en 1865, i arrastrado fatalmente el go- 
bierno arj entino a favorecer al invasor, es decir, 
al verdadero agresor i provocador del conflicto que 
habia partido de su propio .territorio, rechazando 



JUAN MABIA GUTIEEEEZ. 151 

a la vez con escarnio la mediación un tanto fan- 
tástica pero admisible del dictador paraguayo, 
lanzóse éste al fin en la revindicacion de su polí- 
tica, de sus límites, de su potencia militar, desde 
largo tiempo acumulada, i sobre todo, de su odio 
inmutable al Brasil, el odio del guaraní contra el 
negro, con una pujanza i un arrojo que hoi mis- 
mo pasma por la selvática grandeza de su arran- 
que. 

VI. 

En un mismo mes, casi en un mismo dia (abril 
de 1885) el terrible guaraní, que hace recordar al 
araucano Caupolican por su gloriosa constancia, su 
cruel i sanguinoso patriotismo i su temeridad dig- 
na de la epopeya, invade el suelo arjentino, apo- 
derándose de la capital de la provincia de Co- 
rrientes; invade por los rios el Brasil, apoderándose 
de toda su vasta provincia de Matto Grosso, e in- 
vade por último el Uruguai, enviando un ejército 
de diez mil soldados, desnudos pero escojidos, bajo 
el mando de un simple mayor de ejército llamado* 
Estigarribia, con instrucciones de no detenerse 
sino a las puertas de Montevideo, de cuya plaza 
debería espulsar a culatazos a los intrusos brasile- 
ros, restauradores de Flores i de los Colorados 
contra Berro i sus Blancos. 



152 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

VIL 

De aquel bárbaro, atolondrado pero natural i 
provocado triple ataque, debía nacer como conse- , 
cuencia indispensable el Tratado tripartito que 
los gobiernos agredidos celebraron en Buenos Ai- 
res el 1.° de mayo de 1865 para despedazar el 
Paraguái, respetando en la fórmula escrita su in- 
dependencia, pero dejándolo de hecho maniatado, 
como lo está hoi a los pies del Brasil, que lo ocu- 
pa, lo esplota i lo devora después de haberlo san- 
grado. (1) 

VIII. 

Nombrado jeneral en jefe el presidente de la 
República Arj entina, marchó a la cabeza de se- 
senta mil hombres contra el' invasor, i olvidando 
aquel ilustre pero fascinado mandatario, que habia 
escrito la historia de Belgrano, prometió, en un 
momento de bélico entusiasmo, que en tres meses 
estaña con sus tropas vencedoras en la Asunción. 
Tan solo con los rios i pantanos de la creación 
tendría para un año. Pero el bravo pueblo para- 
guayo hizo de todos sus rios un solo charco de je- 
nerosa sangre, i en vadearlo emplearon los aliados 
no menos de cuatro años. 



(1) Léanse las últimas noticias llegadas a Chile sobre aquel 
desgraciado país. 



JUAN MARÍA GUTIERRE/,. 153 

IX. 

* El 17 de agosto de 1865 habia tenido en efecto 
lugar la sangrienta batalla de Yatai, en suelo ar- 
jentino; el 18 de setiembre el traidor Estigarribia 
habia entregado las llaves de la ciudad brasilera 
de Uruguayana al emperador del Brasil en per- 
sona; casi un año mas tarde el 21 de mayo de 
1866, habia sido destrozado el ejército paraguayo 
perdiendo quince mil hombres en el Palmar; tres 
meses después, habian vuelto los últimos a recupe- 
rar sus banderas en la terrible carnicería de Cu- 
rapaití (setiembre de 1866); i todavía no podia 
decirse que el territorio propio del Paraguai hubie- 
se sido invadido: tan grande, estoico, bárbaro i su- 
blime era el heroísmo con que era defendido.— 
«En fin, el hecho, escribia el doctor Gutiérrez, el 
26 de noviembre de 1866, es que estamos metidos 
en un berenjenal del cual derrotados o victoriosos 
no sacaremos sino males mas o menos próxi- 
mos.» (1) 

En este caso el patriotismo hacia las veces de 

una profecía. 

X. 

Lo cierto es que solo seis meses mas tarde i des- 
pués de haber den-amado a torrentes la sangre ar- 

(1) Carta a Sarratea de la fecha citada. 

20 - 



154 fUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

j entina «por culpa de los jenerales brasileros», el 
ejército de la Triple Alianza, que mandaba el }e- 
neral Mitre, ocupó las líneas de Curapaití (marzo 
de 1888), i que salvada en una crece de otoño la 
cadena histórica de Humaitá, fortaleza defendida 
por tres mil espectros, los brasileros no entraron 
en la Asunción sino después de tres años de ince- 
santes combates. I asi Francisco Solano López, 
rindiendo la vida como Lautaro, bajo el bote de 
la lanza de Diego Dabo, lancero africano, en el es- 
tero de Aquidaban el 1.° de marzo de 1870, no les 
dejó la presa sino cuando el Paraguai entero era, 
como él, un cadáver insepulto. 

De un millón de seres habian muerto doscien- 
tos mil varones, por la bala i por el fuego, por el 
hambre i por el cólera. El Paraguai es hoi una 
estancia selvática que pastorean los capataces del 
Imperio, i está para poblarse de nuevo como la 
América bárbara i primitiva. 

XI. 

Apreciando los resultados precisos i lójicos de 
la lucha de una manera análoga al criterio que 
dominaba entonces en las repúblicas del Pacífico, 
i que en un estilo tan preciso i admirable conden- 
só el ilustre i malogrado Toribio Pacheco, en su 
célebre nota-protesta de 9 de julio de 1866, a 
nombre del gobierno del Perú, el patriota doctor 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 155 

Gutiérrez se espresaba de esta suerte sobre el fon- 
do de la situación a fines de 1867. — «La prensa 
del Brasil ha venido a quitar muchas ilusiones, i 
ella es la primera en revelar que, entre los aliados 
no pueden existir sino momentáneamente una in- 
telijencia cordial i clara, .porque su ejército i ma- 
rina se robustece i alcanza victorias para mostrar- 
se poderosa ante sus eternos enemigos, los hijos 
del Rio de la Plata. La desconfianza contra noso- 
tros es profunda, i grande la irritación que les 
causa su impotencia, delante de los paraguayos 
cuya constancia es admirable. El triunfo de los 
aliados lo seria completamente brasilero, i al dia 
siguiente seríamos víctimas de su insolencia, sino 
tuviéramos en nuestro apoyo la república paragua- 
ya, que pertenece por su oríjen al sistema hispano- 
amsricano de repúblicas que deslindan con el Bra- 
sil, desde Venezuela al Estado Oriental.» 

«Esta situación, anadia en la misma carta, se 
ha presentado al país. La paciencia está agotada. 
Todo debia inclinar al jeneral Mitre a tratar con 
el Paraguai. Me consta, por otra parte, que Mitre* 
tiene una idea mui favorable de López. Le he oido 
hacer su elojio. A mas, López se presenta con la 
opinión toda del mundo a su favor.» 

XII. 

Pero el jeneral Mitre no trató, tal vez contra 



150 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

su corazón i su voluntad, por guardar fidelidad a 
quien jamas la guardaría por la necesidad misma 
de las cosas. Oh! I cuan diferente habría sido el 
presente i futuro destino de las naciones republi- 
canas de la América oriental, si en vez de destro- 
zarse paraguayos, arjentinos i orientales en el Pal- 
mar i en Curapaití (mayo i setiembre de 1866), 
hubiesen dejado intacta la cadena de fierro que 
atajó durante dos años los acoraz-ados brasileros 
delante de Humaitá! Esa cadena serviría todavía 
de verdadera frontera a aquellos países hermanos, 
porque sería la raya entre la república i la reye- 
cía; entre la esclavatura i la libertad social; entre 
el equilibrio americano^pactado por la naturaleza, 
las necesidades de la administración española i la 
historia misma, latente todavía, de sus oríjenes, i 
el esparcimiento de fuerzas del imperio fundado 
por los portugueses en rivalidad abierta con la Es- 
paña, cuyo desarrollo es la política invariable de 
aquel país, tan digno de respeto por sus institu- 
ciones civiles, encarnación de todas las libertades 
prácticas, pero cuyas aspiraciones territoriales i di- 
násticas, serán siempre funestas a todos sus vecinos. 

XIII. 

Pero él jeneralísimo del ejército de la Triple 
Alianza, compuesto de cincuenta mil brasileros, 
veinte mil arjentinos i cuatro mil orientales, no 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 157 

quiso o no pudo detenerse, i desde entonces co- 
menzaron las hecatombes, los prodijios, los acora- 
zados asaltados en canoas, los batallones de mu- 
jeres, las fortalezas defendidas con troncos de 
palma simulando cañones, los fusilamientos de sus 
propios hermanos, decretados por el dictador a 
título de traidores a la patria, i sobre la infinita 
matanza, el cólera asiático traído en alas de los 
buitres, i que de rebote fué a matar en Buenos 
Aires al vice-presidente de la república, el ciuda- 
dano don Marcos Paz, el 14 de enero de 1868. «Es 
esta una de las pajinas mas sombrías de nuestra 
historia», esclamaba con razón el doctor Gutié- 
rrez. 

I desde esos aciagos dias, el nublado que enluta 
el cielo de la patria arjentina no se ha disipado 
sino a lampos, porque aun en los dias de triunfo i 
regocijo oficial, el presentimiento aplastaba las 
alegrías de los corazones que amaban a la patria 
en su futuro. — -«Hoi tiene lugar en la plaza del 
Parque, escribía el doctor Gutiérrez el 9 de enero 
de 1870, cinco años después de comenzada la gue- 
rra, la distribución de los premios a la Guardia 
Nacional que hizo la campaña. Los pobres han 
cumplido con el deber que les impuso la fuerza 
del destino; pero han llenado en mi concepto una 
triste misión. Han dejado al Paraguai como que- 
dan las mieses después de una visita de la langos- 



158 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

ta. Lo han talado, lian incendiado los hogares del 
pohre i del rico: los hombres han desaparecido i 
niños i mujeres ceden al hambre, a las enferme- 
dades o la prostitución. 

«U. conoce, anadia siempre tentado por la imá- 
jen fascinadora de las hijas de Eva, U. conoce — 
i bien de cerca — a las correntinas. Pues bien, las 
paraguayas 'eran (1) mas simpáticas i también 
mejor parecidas, porque en aquella tierra los ale- 
manes rubios de Carlos V, que vinieron en la gran 
espedicion de don Pedro de Mendoza, encontra- 
ron en el Paraguai por no sé qué lei latente de la 
naturaleza, elementos propios al predominio de su 
raza, mezclándose con la indíjena.» (2) 

I todavía en el mas allá de los tiempos, están 
cumpliéndose las incontrastables leves del bien i 
del mal, porque si el Brasil esterminó por el hambre 
a su vecino, ¿por cuál causa muérense hoi de ham- 



(1) Esta palabra está así, tarjada en la carta orijiaal que te- 
nemos a la vista. 

(2) Efectivamente hai muchas paraguayas ruinas, i el viajero 
ingles Masterman, que vivió en aquel país tan hermoso como 
desdichado, durante siete años, asegura que algunas en nada se 
diferencian de las inglesas. A este propósito, el doctor Gutiérrez 
entra eu ciertas chanzas fisiolójicas, respecto de la escacez de 
hombres en el Paraguai por el estilo de las de Yago en el Moro 
de Venecia, que habrían alegrado probablemente a Darwin, pero 
que a nosotros nos causan solo profunda tristeza. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 159 

bre comarcas enteras de aquel rico país? ¿I por 
qué son balas alemanas las que quieren arrebatar 
sus últimos dias al viejo venerable pero duro i co- 
dicioso, que pasó ayer triunfante sus lej iones sobre 
un país inocente i le quitó la mejor parte de su 
suelo para realce de su corona? 

XIV. 

Entre tanto, al cólera que habían enjendrado 
evidentemente los pantanos del Paraguai cuaja- 
dos de cadáveres i sus rios rebalsando en ruinas, si- 
guióse la fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires ' 
en 1871, como si el destino quisiera traer a los 
pueblos el castigo de su locura junto con su pro- 
pio desvarío, cual en la fiebre cuyo delirio es 
siempre precursor de la muerte. 

Escuchemos todavía por la última vez sobre 
este particular al doctor Gutiérrez, que ha ido hu- 
yendo del flajelo con los suyos a las Lomas de Za- 
mora, hacia el sur de la campaña de Buenos Aires. 
— «El foco verdadero de esta calamidad, escribía 
aquél el 20 de marzo de 1871 (desde el paraje de 
campo que hemos nombrado, i donde habia en- 
contrado refujio en una familia de emigrados ale- 
manes), el foco verdadero de esta calamidades el 
Paraguai, o mas bien la Asunción, tal cual la ha 
hecho la última guerra. Es aquel un osario de 
centenares o de millares de animales racionales i 



1G0 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

no racionales nial enterrados, i un cementerio de 
vivos hambrientos, sucios, tristes i desgraciados 
bajo la custodia de soldados negros brasileros, cuya 
inmoralidad i catinga bastaría para emponzoñar 
la atmósfera del Paraiso. La fiebre amarilla es uno 
de los frutos de «la gran política», asi como el 
cólera morbo. Después cosecharemos la pobreza 
i en seguida las humillaciones a que nos ha de es- 
poner la insolencia imperial, de la cual nos hici- 
mos servidores i aduladores.» (1) 

XV. 

I a propósito de esa, pobreza que ya desde 1871 
' el doctor Gutiérrez divisaba venir como una ter- 
cera epidemia que no tardó en infestar el Plata i 
a nosotros con el nombre de crisis, verdadera fie- 
bre amarilla que padecen las impersonalidades que 
se llaman Estados, permítasenos copiar alguna de 
sus doctrinas económicas, por singulares, o por las 

(1) Carta de don Mariano E. de Sarratea. Por esta misma 
época o algo mas tarde (porque la carta no tieue fecha), el mis- 
mo doctor Gutiérrez escribía a nuestro amigo i muí querido suyo 
el doctor Villanueva, las siguientes palabras que confirman sus 
temores o los dan por realizados: «Para mí estamos en vísperas 
de algunos hechos graves : el Brasil se entra con llave de oro eu 
los negocios orientales: es dueño del Paraguai; cuando sea mas 
fuerte i estienda mas su influencia sobre el Rio déla Plata, nos 
humillará de cierto, o nos hará mucho daño valiéndose de nues- 
tros propios disentimientos.» 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 161 

analojías que en ellas aparecen con el mal que nos 
aqueja a los que dormimos el sueño de la fantástica 
prosperidad, teniendo por lecho la dura roca de los 
Andes que el Pacífico azota.— «Cuando veo, decia 
el doctor Gutiérrez en mayo de 1872, una receta 
de muchos renglones, tiemblo por la mejoría del 
doliente, i cuando veo un plan de hacienda mui 
artificial, tiemblo también, porque la hacienda 
pública no puede restaurarse sino a condición de 
un buen estado político i social, que se alcanza por 
leyes que no son de carácter financiero. La república 
está pobre i perezosa. Es preciso moverla, poner- 
la en camino, darle fé i esperanza en el porvenir.» 

En otra parte i en otra carta, decia con su es- 
tilo amano i crudo pero peculiar, que la República 
Arjentina estaba ((herida en la tetilla izquierda», 
os decir, en el lado en que los seres orgánicos lle- 
van el corazón, i por esto desconfiaba de todos. — 
«Cuando no hai paja en el pesebre, escribía espi- 
ritualmente en 12 de diciembre de 1875, los asnos 
so dan de coces.» 

No pensaba ciertamente de la misma manera 
su sagaz amigo el doctor Alberdi, cuya inagotable 
«trastienda», siempre provista de buen surtido de 
ideas, de arbitrios i de recursos, no se dejaba de- 
salentar. «Cuando pienso, — -escribíale el último 
desde Paris, a fines de aquel mismo año, — cuando 
pienso en las bases i elementos con que cuenta el 

21 



152 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

progreso material de la América del Sur, me río 
de las crisis como la que sufre nuestro país: puede 
ser grave pero nunca de muerte, ni de ruina, ni 
durable siquiera. Nuestra vida económica es de tal 
modo una parte accesoria de la vida europea que 
no tenemos poder capaz de destruir el vuelo i de- 
sarrollo que nos impone el mundo- de que somos 
un órgano. A la distancia todo se exajera. Males 
que han pasado ya tal vez por allá, son recien co- 
nocidos i exajerados en Europa, i de ahí la baja 
de nuestro crédito público en Londres. Felizmen- 
te, nuestro caso no es el de Turquía, pues nosotros 
no somos otra cosa que la Europa misma al otro 
lado del Atlántico.» (1) 

(1) Encontramos este notable párrafo del doctor Alberdi, 
copiado en una carta de Gutiérrez al doctor Villanueva, fe- 
cha de 12 de diciembre, i que ya hemos citado. Es un trozo 
digno de ser estudiado por nuestros economistas que todos los 
dias apuntan con la mayor ansiedad en su cartera las fluctuacio- 
nes del precio del cobre i de la plata en Liverpool. Por su parte 
el doctor Gutiérrez anadia en la carta mencionada las siguientes 
reflexiones que no nos parecen menos fundadas en su tanto: 
«U. ve que Potosí era próspero cuando todo lo compraba con 
rascar el cerro; pero hoi que no hai como rascar nada, Potosí es 
una tapera de indios andrajosos. Nosotros continuaremos esqui- 
lando ovejas i desollando bueyes; pero no creamos ninguna in- 
dustria en que la inteligencia se asocie al trabajo, único maridaje 
que da riqueza verdadera i constante. Pero esta carta no da mas 
que opiniones. El tiempo dirá quien tiene razón, i ojalá Alberdi 
bable por boca de ánjel, como dicen las viejas.» 



JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. 103 

XVI. 

Nos queda todavía una parte que tocar en esta 
apresurada condensación de los actos i opiniones 
del ilustre arjentino, cuya interesante vida habrán 
de escribir por entero plumas arj entinas; i es el 
mas delicado i candente de cuanto hemos aborda- 
do, — el punto de nuestra diverjencia con Buenos 
Aires en actual i calorosa controversia. 

Por supuesto el doctor Gutiérrez creia de buena 
fé, como todos los arjentinos, que no poseemos los 
chilenos a buen título histórico una pulgada del 
vasto i árido desierto, que en otras ocasiones he- 
mos llamado, tal vez con mas exactitud que los 
tratadistas, los historiadores i los diplomáticos, 
res nullius, caso en que se halla al menos una dé- 
cima parte del pro-indiviso territorio de la Amé- 
rica del Sur, española i portuguesa. Pero, como 
nosotros, conciliaba aquella opinión con el deseo 
mas vivo i sincero de un pronto i fácil avenimien- 
to. — «El señor Barros Arana ha sido recibido, es- 
cribía al doctor Yillanueva de Valparaíso el 21 de 
junio de 1876, bajo buenos auspicios. El espíritu 
bélico del.... (1) Frías, no penetra en el Minis- 



(1) Suprimimos aquí, en obsequio de la cordialidad entre los 
vivos i los muertos, un blando calificativo místico que el doctor 
Gutiérrez regalaba a su antiguo i respetado amigo i compañero 
de destierro en Cliile. 



1G4 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 

teño, i es probable que todo se arregle a Vamiuhle.v 
En cuanto a su manera de ver la cuestión en 
sí misma, he aquí como se espresaba dos meses 
mas tarde, limitándonos (como es para nosotros 
un obvio deber de cortesía internacional), a repro- 
ducir íntegramente sus palabras: «Las pretensio- 
nes de Chile, escribía el doctor Gutiérrez, desde 
su lecho de enfermo i con pulso trémulo, a un 
amigo a quien en tal ocasión debia tener especial- 
mente presente, las pretensiones de Chile a la po- 
sesión de la Patagonia hasta Santa Cruz, son com- 
pletamente infundadas. No tienen un palmo de 
tierra al Oriente de las cordilleras. 

íEI reí deslindó claramente el gobierno del Rio 
de la Plata, desde que hizo los convenios con don 
Pedro Mendoza, i según ese deslindo, que nunca 
se alteró, no solo tenia Mendoza en todo el litoral 
del mar del Norte i Atlántico, sino que se estcn- 
dia también muchos cientos de leguas sobre el del 
Sur Pacífico. Al crearse el vireinato, la voluntad 
real se hizo mas palpable, pues dio al vireinato 
del Rio de la Plata, todo el país en donde corrían 
aguas que al fin entraban en este gran estuario, 
es decir, toda la hoya o cuenca hidráulica de él. 
Asi se esplica como Cuyo pasó al vireinato, como 
pasó todo el alto Perú, después Bolivia. Asi fue 
que Vértiz, a quien puede considerársele como el 
primer virei de Buenos Aires, fue el encargado de 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 1C5 

establecer los gobiernos o intendencias, creados 
por voluntad del monarca desde el, estrecho de 
Magallanes hasta el Rio Negro, a cuya niárjen 
existe aun el pueblo Carmen de Patagones, funda- 
do dentro de uno de aquellos gobiernos e inten- 
dencias. 

«Todo esto ha sido puesto de manifiesto, exhi- 
biendo los documentos irrecusables, desde el año 
1874, en una memoria de nuestro archivero el se- 
ñor don Manuel R. Trellcs, refutando a Amuná- 
tegui. Creo que Frias ha demostrado lo mismo con 
iguales fundamentos, i últimamente Quesada, nues- 
tro bibliotecario, ha publicado un libro lleno de 
pruebas a favor nuestro, no diré mejor derecho a 
la Patagonia, sino nuestro esclusivo derecho a ella. 

«Los chilenos juzgando por las memorias de 
Anjelisi, Velez i Sarsfield, no tomaron el pulso a 
las armas que podian emplearse por nuestra parte 
con mejor conocimiento i mayor estudio de nues- 
tros archivos, i por eso se han atrevido a tanto. 
Si reconociendo nuestro derecho nos hubieran pe- 
dido como hermanos una parte a esa herencia que 
nos... (1) del mismo padre i madre que a nosotros 
ya todo estaría concluido. De todos modos nues- 
tras relaciones no pueden ni interrumpirse ni 

(1) Aquí hai mía palabra verdaderamente inintelijible porqne 
el doctor Gutiérrez escribía muí enfermo i con el pulso muí tré- 
mulo. 



1G6 JUAN MAEIA GUTIÉRREZ. 

romperse por esta cuestión, mucho menos ahora 
que como dije a U. en carta anterior, el negocio 
está en manos de un hombre sensato i bien inten- 
cionado, sin dejar de ser chileno i devotísimo a 
los intereses de su patria. Querría poderme esten- 
der mas i comunicarle mis miras sobre la manera 
de transar este negocio; pero hago un verdadero 
sacrificio en escribir estos renglones acompañados 
de repetidos i agudísimos dolores.» (1) 

XVII. 

Entre tanto i como parece desprenderse de las 
últimas palabras de la carta que antecede, el doc- 
tor Gutiérrez veía va aproximarse el desenlace de 
su larga, honorable i laboriosa carrera. Ese desen- 
lace no le asustaba. El doctor Gutiérrez era deísta, 
i aun se asombraba que en la catedral de Santia- 
go se hicieran honras a García Moreno «este Ro- 
sas del Pacífico», según su enérjico pero no del 
todo justo fallo de su opinión anti-católica. (2) 

(1 ) Carta al doctor Villanueva, fecha en Buenos Aires el 20 
de agosto de 1876. 

(2) «la propósito, es verdad, que le han hecho exequias mui 
concurridas a García Moreno en la metropolitana de Santiago? 
¡Qué inmoralidad! Aquí tamhien han hecho su elójio los perió- 
dicos llamados relijiosos por mal nombre.» — (Carta del doctor 
Gutiérrez al doctor "Villanueva, siu fecha pero que debe ser 
¿e 1875.) 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 167 

El doctor Gutiérrez veia llegar el término de su 
vida, como el viajero que divisa en lontananza las 
blancas paredes de la última posada en que con- 
cluye la senda transitada, i en cuyos umbrales co- 
mienza el desierto con sus inmensos inesplorados 
horizontes, oasis o arena, descanso o tortura eter- 
na... «Se gastan los dientes por la masticación, decia 
en mayo de 1872, se va el cabello en los dientes del 
peine o en la cerda del cepillo. Si uno está sentado 
usa el fundillo, si camina agujerea las botas. Si 
todo es pues destrucción, anadia, si todas nues- 
tras facultades son fusibles, masquemos el bizco- 
cho hasta que se lleve la trampa la última muela.» 

Levantando su espíritu a nociones menos vul- 
gares de lo infinito de la vida i su misión, el doc- 
tor Gutiérrez habia escrito años airas, a uno de 
sus confidentes mas queridos i mas frecuentados 
de Chile, estas palabras verdaderamente hermosas 
i sentimentales: — «Hemos dado el ser en el seno 
de mujeres profundamente amadas a nuestros hi- 
jos herederos de nuestro nombre, i desde ese mo- 
mento ya no nos pertenecemos quedando conver- 
tidos en instrumentos de felicidad de esos pedazos 
del corazón. Este convencimiento es el Cirineo de 
la cruz de la vida. Marchemos amoratados, pero 
contentos, que la muerte es la luz de una gran 
aurora cuando se ha pasado la tarde anterior en el 
santo cumplimiento de los deberes.» 



1C8 JUAX MARÍA GUTIÉRREZ. 

Juan María Gutiérrez falleció en efecto en la 
hora de la aurora del 26 de febrero, i después de 
haber recorrido gozoso i casi ufano en la noche 
precedente las calles de su ciudad natal, ilumi- 
nada por las mil radiosas bujías de una secular 
ovación. Esa habia sido su «tarde.» La «gran 
aurora» fué su fin. 

Pero el espíritu inquieto, flexible i pintoresco 
del crítico, siempre espiritual i lozano, descendía 
a la prosa de la vida diaria con la rapidez del 
águila que, remontada en el éter sublime, se preci- 
pita de un solo vuelo hacia el chaparral de honda 
quebrada. Aludiendo, en efecto, a la salud robusta 
de uno de sus compatriotas de Chile i que solo le 
precedió unos pocos dias en el sendero del infinito, 
agregaba el humorístico escritor en esa misma 
carta las siguientes palabras: — «En cuanto a nues- 
amigo Beeche, nada temo por la integridad de su 
volumen, porque está encuadernado en cuero de 
Rusia, que es contra todo j enero de polilla. Ah! 
Si lo pudiera tener a tiro con biblioteca i todo!...» 

El cuero de Rusia del benemérito bibliófilo de 
Valparaíso, cedió empero al diente tenaz i roedor 
de su vieja asma, i los dos amigos que fueron al 
propio tiempo los dos mas entusiastas aficionados 
a «libros de América» que haya poseído nuestro 
continente, descendieron casi a la misma hora i ¿1 
mismo ataúd... Don Gregorio Beeche, en Yalpa- 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 169 

raiso el 22 de enero: Gutiérrez el 26 de febrero. 
Se hubiera dicho que aquellos dos hombres singu- 
lares, casi escéntricos, en razón de su estraña, mal 
comprendida . i noble afición, habian sido un solo 
libro de edición única empastado en rica tela i 
en dos volúmenes. ¿Podia obra de tan subido precio 
quedar descabalada? 

La lengua implacable del telégrafo, este men- 
sajero sordo-mudo pero terrible de las penas i 
venturas de la humanidad moderna, llevó al ho- 
gar del amigo la dolorosa nueva de la estincion 
del viejo coleccionista de Chile, i preparó la suya 
de una manera verdaderamente singular. — «Tengo 
una fatal noticia, decia el doctor Gutiérrez a un 
hombre distinguido a quien llamaba «su hermano» 
i que hoi ocupa en Chile un alto i bien ganado 
puesto diplomático: he perdido en Valparaíso a un 
digno i antiguo amigo. Don Gregorio Beeche era 
poseedor de una copiosa i escojida biblioteca ameri- 
cana que ahora se desparramará sabe Dios có- 
mo. (1) 

(1) La carta de que copiamos estas palabras está dirijida al 
honorable señor Von Gülich, ministro de Chile de S. M. el Em- 
perador de Alemania, cuyo caballero ha tenido la bondad de" 
comunicárnosla. 

Los justos temores del doctor Gutiérrez por la preciosa e ines- 
timable biblioteca del señor Beeche no se realizarán sin embar- 
go, porque sus herederos han tenido la bien pensada i sensata idea 



170 JUAN M^tlA GUTIÉRREZ. 

«Esos libros, añade el doctor Gutiérrez en estí. 
carta que fué su último augurio, eran los ojos del 
alma del pobre Beeche. Así son los propósitos hu- 
manos! Aquello que mas nos ata a la vida es con 
lo que menos podemos contar: lo único que es 
nuestro es la muerte. La muerte pues debe ser una 
cosa tan preciosa cuanto bella. Vivamos de mane- 
ra que podamos sonreír cuando se nos acerque.-» 

Esto escribia el doctor Gutiérrez el 13 de febrero 
último, dia i número aciago en el calendario mis- 
terioso de los alemanes, según observa su mas le- 
jítimo representante en Chile. 

Una semana' mas tarde el noble anciano habia 
sido encontrado, al ir a despertarle para llamarle 
al cuotidiano trabajo, con la sonrisa en los labios 
en su modesta estancia de la calle de Venezuela, 
núm. 162. 

I bien, la primera carta en que Gutiérrez retoza 
con el pensamiento de la muerte en su edad fuerte 
i madura desde la amena ciudad de Lima en 1848, 
según ya tenemos recordado, i al mismo tiempo 



de no fraccionarla, sino al contrario formar para toda ella un ca- 
tálogo condensado e ilustrativo que ponga de relieve su evidente 
mérito, i sirva para enajenarla, sea a un gobierno americano o 
europeo, sea, como algunos desearían, a la ciudad de Valparaíso 
(donde ha sido esclusivamente acopiada durante treinta años), 
i mediante una suscricion popular que ya cueatá con algunos 
nombres i cantidades importantes.» 



. 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 171 

la ennoblece con su resignación, tiene también la 
fecha precisa de 13 de febrero que apuntó en 1848. 
¿Hai entonces algo de estraño en esta correla- 
ción cabalística de los números aplicados a las 
porciones en que se divide el calendario de la fu- 
gaz vida humana? ¿Es cierto por ventura lo que 
nos apunta el cortes diplomático alemán, cuando 
ayer nos dice: «El 13 de febrero, esa cifra de mal 
agüero en las supersticiones de mi tierra, se pre- 
senta aquí como una rara coincidencia, porque esta 
es la primera vez que mi amadísimo amigo me 
habla de la muerte, i así se cumplió?» (1) 

XIX. 

El doctor Gutiérrez era en su persona hombre 
de mediana estatura i menos que mediana corpu- 
lencia. Vestía con aseo, a la inglesa, pero sin re- 
busque. Era en sus hábitos i en sus ideas un gran 
hijienista práctico. Su fisonomía no era hermosa 
pero simpática i atrayente. Noble frente levan- 
tada, poblada de venerables canas: ojos peque- 
ños penetrantes, risueños i bondadosos, tez algo 
encendida, especialmente en los pomos de la me- 
jilla í su nariz, que él mismo llamaba «arrespin- 
gada» i de aquí el sobrenombre del «ñato Gutié- 
rrez» que por apodo le pusieron en el pone-nom- 

(1) Carta del honorable seüor Von Giilich, mayo 8 de 1878. 

\ 

> 



172 JUAN MAREA GUTIÉRREZ. 

bres Chile. Su boca era sensual, grande, gruesa, i 
acusaba su naturaleza apasionada a la vez que vol- 
teriana. La verdadera sonrisa del hombre bueno 
brillaba en sus ojos i en su plácida frente de pen- 
sador i de filósofo. . 

XX. 

En los últimos años el anciano literato, rector 
ya jubilado de la Universidad, habia visto despo- 
blarse su hogar de seres queridos. Su hermano 
habia sucumbido en Gruavaquil a las persecuciones 
políticas i al dolor doméstico. Su propia esposa 
«mujer fuerte i creyente i entrañablemente amada», 
habia desaparecido de entre sus brazos en la no- 
che del 23 de noviembre de 1864. Pero en cambio 
aquel niño nacido en Santa Fé i que el llamaba 
su «bibliotecario» i su «tirano», cuando le mecia 
en sus rodillas, habia elejido ya esposa, i por el 
mes de setiembre de 1876, llevó al viejo techo la 
sonrisa de una compañera, que para los padres 
que aman es solo una prolongación de la vida. 

XXL 

En estas circunstancias sorprendióle la muerte, 
que el preveía i casi adivinaba una semana antes, 
en medio de los goces supremos del trabajo. 

Su última reconciliación de la vejez con la vida, 
fué un paseo nocturno por las iluminadas calles 



fc 



JUAN MARÍA OTJTIEREZ. 173 

de su ciudad "querida, en la primera noche del 
centenario de San Martin; i después de escribir 
una larga carta al mas antiguo amigo de su vida, 
carta que al parecer no alcanzó a concluir, echó 
su fatigada cabeza en la almohada del obrero que 
reposa, para no levantarla mas. (1) 

«.(Nuestro padre, — cuenta el hijo primojénito del 
doctor Gutiérrez, (que según debe el lector recor- 
dar llevaba su mismo nombre), al amigo que mas 
pruebas de aflicción i de ternura ha tributado a su 
memoria, — -murió en la mañana del 26 de febrero, 
a consecuencia de un ataque repentino que le arre- 
bató la vida en pocos momentos, sin que sus hijos 
que se hallaban bajo el mismo techo, pudieran re- 
cojer sus últimas palabras.» 

«La semana antes de su muerte la había pasado 
como el resto de su vida, entre sus libros i sus pa- 
peles, siempre estudiando, siempre trabajando i 
llenando con esas tareas una necesidad de su es- 
píritu curioso e investigador.» (2) 

(1) Hemos visto en Valparaíso cartas del doctor Alberdi de 
mediados de abril último, doliéndose profundamente del va- 
cio que aquella desaparición va a producir en su derredor en 
su próximo regreso a Buenos Aires, i en ellas refiere que la car- 
ta mencionada no ha llegado a su poder i probablemente no 
llegará jamas. 

(2) Carta del señor Juan María Gutiérrez, hijo, al señor Von 
Griilich, fecha 8 de mayo de 1878, i que el último comedido ca- 
hallero ha tenido la bondad de comunicarnos. 



174 JUAN MARÍA GUTIÉRREZ. 



XXII. 



De los funerales del doctor Gutiérrez, celebra- 
dos en Buenos Aires el 27 de febrero de 1878, ya 
hemos dado alguna cuenta en la introducción de 
estos apuntes. No tuvieron la pompa de los apo- 
teosis que los gobiernos ordenan por decreto, i 
cuyo fausto se paga en seguida por decreto tam- 
bién. Pero ofrecieron algo que es mas hermoso 
que el tributo oficial de los grandes i de los que 
agradecen los bienes de la vida i los dones de la 
muerte conforme a una inmutable pauta i tarifa 
oficial. 

Los funerales del doctor don Juan María Gutié- 
rrez, fueron, como la lección postuma de frai Luis 
de Granada, después de su castigo, la última lec- 
ción i el último ósculo de amor i de respeto, que 
tres jeneraciones que él habia enseñado, le llevaron 
con sus sollozos i sus coronas al borde de la tumba. 



Fin 



ÍNDICE. 



PAJ. 

Dedicatoria 5 

I Misión, carácter i propósitos 7 

II La Juventud 19 

ITI En Montevideo 37 

IV En Europa 55 

V En Chile 69 

VI En Buenos Aires, otra vez 92 

VII En Santa Fé i en Entre-Eios 109 

VIII En la Universidad de Buenos Aires i 

contra la Academia Española 129 

IX Conclusión 144 



A 



I 



CATALOGO 

DE LAS 

PUBLICACIONES 

DEL 

CENTRO EDITORIAL DE OBRAS ILUSTRADAS. 



SANTIAGO. LIMA. VALPARAÍSO. 

ANGOSTA, 7|. AUMENTE, 128. VICTORIA, 124. 



lia Creación, Bltstoria natural, 

Publicada bajo la dirección del sabio catedrático de la Univer- 
sidad Central de Madrid, doctor don Juan Vilanova i Piera. 
Edición espléndida la mas notable i completa de cuantas en su 
jénero se han dado a luz en Europa, ilustrada con unos tres mil 
grabados intercalados en el texto i mas de cien grandes laminas 
de colores (cromo-litografías). Esta magnífica publicación que 
abraza los últimos estudios i descubrimientos en materia de 
ciencias naturales, cuya impresión ha durado mas de tres años 
imponiendo considerables desembolsos a sus editores, i que cons- 
tituye, en fin, por la belleza de sus tipos, escelencia de papel i 
delicadeza de ilustración, un verdadero monumento de la moder- 
na tipografía, consta de OCHO TOMOS en tamaño folio mayor, 
los cuales contienen, en razón de la pequenez del tipo, una can- 
tidad de lectura equivalente a la de TREINTA TOMOS de or- 
dinarias dimensiones. 






Apesar de lo costosa que ha de ser necesariamente una obra 
de tal importancia i naturaleza, la circunstancia de ofrecerse por 
entregas semanales, la pone al alcance de todas las personas 
amantes de los libros útiles e instructivos. 

El precio es lo mismo comprándolo de una sola vez que to- 
mándolo por entregas, i el importe de la encuademación se paga 
por separado. 

lia Divina Comedia. 

Por Dante Alighieei, según el testo de las ediciones mas 
autorizadas i correctas. Nueva traducción eu prosa por don Caye- 
tano Rossell, de la Academia Española. Completamente anotada 
i con un prólogo brigráfico-crítico, escrito por don Juan Eujenio 
Hartzenbusch. Magnífica edición ilustrada con mas de 130 gran- 
des láminas, dibujadas por el célebre artista Gustavo Doré. Ape- 
sar de los crecidos gastos que ha ocasionado a sus editores este 
libro monumental, su costo no escede del que ha tenido en 
París la misma publicación con iguales láminas. El primer tomo 
contine la primera parte del poema, titulada EL INFIERNO: el 
segundo lo forman EL PURGATORIO i EL PARAÍSO. 

La edición es de todo lujo, en papel vitela, tamaño gran folio, 
elegantes tipos i esmeradísima impresión. El testo italiano acom- 
paña a la traducción en cada pajina. 

El Mundo en la Mano. 

Nuevos i variados viajes pintorescos a las cinco partes del 
mundo, Texto por los mas célebres viajeros, magnífica i profusa 
ilustración de vistas, tipos, costumbres, trajes, escenas, retratos, 
etc., en láminas finas de gran tamaño tomadas de fotografía. 

Viaje al Japón por Humbert. 

Viaje a Abisinia, por Lejean. 

Viaje a Jerusalen, por Lamartine. 

De Washington a San Francisco de California, por Simonin. 

Viaje a Bulgaria, por Lejean. 

"Viaje a Nueva Granada, por Saffray. 

Último viaje al Polo Norte, por los buques Germaniq i Hamsa. 

Como encontré a Livingstone, viaje al interior del África, por 
Stanley. 

Último diario de David Livingstone, con facsímiles i magnífica 
ilustración. 

Viaje al Asia Central. 

Viaje a la India, por el Príncipe de Gales. 

Viaje a los Valles de las Quinas, por Paul Marcoy. 

Viaje a la Nueva Zelanda. 

Roma, por Wey. 

23 






Viaje a la Nueva Caledonia, por Jules Garuier. 

Ear-West americano, por Simonin. 

España, visitada i descrita por autores españoles. 

Etc., etc. 

La obra constará de cuatro tomos en folio, i su precio será el 
mismo cuando esté completa que tomándola por suscricion. 

Se reparte por cuadernos semanales. 

Para hacer mas amena i variada la lectura, desde el cuaderno 
6.° se publican al mismo tiempo los tomos I." i 2.° 

El Paraíso Perdido. 

Por John Milton, según el testo de las ediciones mas auto- 
rizadas. Nueva traducción directa del ingle?, precedida de la vida 
del autor, por Cayetano Rossell, de la Academia Española. Ilus- 
trada con 50 grandes láminas, de Gustavo Doré. 

Este libro admirable que, en sentir de Victor Hugo, reúne 
como ninguno la meditación del filósofo i la inspiración del 
jenio, forma un solo tomo, tamaño gran folio, impreso con el 
mayor esmei-o, teniendo orladas todas sus pajinas. 

Al final de la obra se ha incluido El Paraíso Recobrado del 
mismo autor, i algunos de los principales juicios críticos de 
notables escritores. 

Cuesta lo mismo comprándola cojnpleta que suscribiéndose por 
entregas. 

Geografía Universal. 

Por Malte-Brun, Anotada, variada i completada hasta los 
últimos descubrimientos de la ciencia por los mas célebres jeó- 
grafos i viajeros, entre ellos Humboldt, Arago, Lavallée, Beudan, 
Maury, Balbi, Livinsgtone, Joanne, D'Anville, Cuvier, Flamma- 
rion, Saint-Martín, etc., etc. 

Esta magnífica i útil publicación contiene mas de 2,500 pajinas 
de lectura compacta a dos columnas en tamaño casi folio, habién- 
dose reducido a tres el número de tomos apesar de ser la edición 
mas completa que se ha hecho de tan importante libro. 

La ilustración comprende una colección de cerca de ochenta 
láminas dibujadas con el mayor esmero, representando vistas de 
ciudades, monumentos, edificios, etc., etc. También lleva mapas 
iluminados de un tamaño doble del de' la obra. 

Los pocos ejemplares que quedan todavía de la edición se 
venden, completos o por entregas, al mismo precio. 

El Dlundo antes de la Creaeíon del Hombre. Oríjen 
del Hombre. 

Obras escritas eu francés i alemán por Figuier i Zlmmermann, 



traducidas por don Enrique Leopoldo de Verneuil. Segunda edi- 
ción. 

Forman dos tomos lujosamente encuadernados, que se venden 
con un aumento de precio sobre el que ha tenido por suscricion. 
No se admiten ya suscriciones por entregas. 

I£l ífOB'ia «fie ios Estados l'tai«S»í» 

Desde su primer período hasta la administración de Jacobo 
Buchanan, por J. A. Spencer, continuada hasta nuestros dias, por 
Horacio Greeley. Tercera edición. 

El hecho de haberse agotado en pocos años dos ediciones de 
esta importante obra, prueba de un modo evidente su mérito i 
utilidad. La tercera edición, tan cuidadosamente impresa como 
las anteriores, contiene multitud de grabados en acero, represen- 
tando vistas de batallas, ediheios, autógrafos i una colección de 
mas de 200 retratos de jos hombres mas célebres de Norte Amé- 
rica, según los cuadros orijiaales de Leutre, Weir, Powell, Camp- 
man, etc., etc. 

Forma tres abultados tomos en tamaño casi folio, buen papel 
i escelentes tipos. Los ejemplares se venden al mismo precio 
completos que por entregas. 

ILa Sagrada Biblia 

Traducida de la vulgata latina por don Félix Torees Amat, 
obispo de Astorga,. Edición monumental, la mas completa i 
lujosa de las conocidas hasta el dia, con mas de 200 grandes 
láminas, de Gustavo Doré, i adornada con multitud de viñetas i 
cabeceras de esquisita propiedad i buen gusto. 

Para mayor claridad en la lectura i por no hacer demasiado 
voluminosos los cuatro grandes tomos de que la obra se compone, 
el testo latino va impreso en letra mas pequella al final de cada 
tomo. 

El mérito umversalmente conocido de los dibujos de Doré, el 
rico papel vitela, la elegancia de los tipos i demás circunstancias 
que reúne la edición de este precioso libro, hacen de él un monu- 
mento literario i artístico digno de su incomparable asunto. 
. La obra tiene igual precio completa que por suscricion. 

f^úpoSoiiario Universal 

De la lengua castellana, ciencias i artes. Enciclopedia de los 
conocimientos humanos. Comprende lengua i gramática castella- 
nas, retórica i poética, crítica, literatura, bellas artes, paleografía, 
diplomática, heráldica, numismática, lingüística, mitolojía, histo- 
ria, biografía, jeografía, matemáticas, ciencias exactas i físico 
naturales, teolojía, filosofía, relijion, culto i liturjia, derecho na- 



tural, romano, civil español, político-administrativo, mercantil, 
penal, canónico, economía, lejislacion comparada, medicina, in- 
dustria, comercio, agricultura, política, milicia, pedagojia, educa- 
eacion i bibliografía. Obra ilustrada con grandes grabados repre- 
sentado vistas, retratos, planos, mapas, monedas, templos, armas, 
inscripciones, máquinas i monumentos notables. Bajo la dirección 
de don Nicolás María Serrano, i con la colaboración de distingui- 
dos escritores. 

La estraordinaria estén sion de la obra no permite calcular 
exactamente el número de entregas de que ha de constar. La 
letra A i la letra B que van publicadas, ocupan mas de 2,000 
pajinas en folio, a tres columnas. 

lia Atmósfera. 

Descripción de los grandes fenómenos de la naturaleza por Ca- 
milo Flammarion completada con los viajes científicos aéreos 
del mismo autor i de Glaisher, Eonvielle i Tissandier. Versión 
española de don Manuel Aranda i San Juan, notable edición de 
gran lujo ilustrada con numerosos grabados intercalados en el 
testo i 38 láminas impresas aparte. 

Esta obra, cuyo solo título justifica el ínteres con que el pú- 
blico la ha acojido, sin contar ademas la conocida fama de su 
autor, forma un grueso tomo perfectamente impreso en papel 
superior i con tipos completamente nuevos. El precio es el mis- 
mo suscribiéndose por entregas o tomándola de una vez. 

Ecos de las Montañas. 

Leyendas históricas por don José Zorrilla.Consta de dos gran- 
des tomos impresos con el mayor lujo, en papel vitela, i adornados 
con mas de treinta grabados en acero dibujados por Gustavo Do- 
ré. Solo se venden ejemplares empastados. , 

Titla de nuestro Señor Jesucristo 

Por los cuatro evangelistas, anotada i esplicada por los mns 
célebres escritores católicos. Edición de gran lujo con mas de 
cien grandes láminas a dos tintas. Obra dedicada a S. S. Pió IX. 
Dos grandes tomos empastados. 

lias Fábulas de Esopo 1 de Iiessing "*' 

Traducidas directamente del griego i alemán respectivamente 
por don Eduardo de Mier i don Juan Eujenio Hartzeubusch. 
Esmerada edición con multitud de láminas sueltas i grabados 
intercalados en el testo. Un tomo casi folio. 






Historia de la Revolución Francesa 

Por A. Thiers con un prefacio de Julio Janin i un estenso jui- 
cio s^obre la revoluciou, escrito por Emilio Castelar. Lujosa edi- 
ción con grandes láminas i escelente papel. Cuatro tomos folio. 

Historia Jeneral de España. 

Por Modesto Lafuente (Frai Jerundio), completada hasta 
nuestros dias por don Juan Valera, de la Academia Española, 
Edición monumental adornada con cromos, grabados en acero, 
dibujos intercalados en el testo, retratos, armas, monedas, mo- 
numentos notables. Seis grandes tomos, tamaño gran folio, de 
esmerada i compacta impresión en papel vitela. 

I 
ffj¡» Tierra i sus Habitantes. 

Nuevas escursiones á las cinco partes de mundo. Lujosa edición 
profusamente ilustrada con grabados representando tipos, vistas, 
trajes, retratos, etc., etc. tomados de fotografía. 

La Conquista blanca, — La Florida. — Viaje al Lazistan i Arme- 
nia. — El Bajo Perú. — De Rávena a Otranto. — Recuerdos del 
Pacifico. — Viaje al Cáucaso. — Viaje a Tremecen. — Viaje a Gre- 
cia. — Viaje al Brasil. — Etc., etc. 

Dos grandes tomos en folio á dos columnas. No se admiten 
suscricioíies en otra forma que por cuadernos semanales pagados 
al contado. 

Atlas Geográfico Universal 

Publicado bajo la dirección del Dr. D. Juan Vilanova y Piera. 
.Grandes mapas iluminados. Parte teórica estensamente escrita, 
Las pajinas de este grandioso libro tienen cada una 61 centímetros 
de largo por 42 de ancho. 
• Se espende esclusivamente por cuadernos semanales. 

Relaciones Históricas, 

Por B. Vícuíla Mackerma. Nueva colección de artículos i tra- 
diciones sobre asuntos de la historia de Chile.— Se halla en pren- 
sa la segunda serie. La primera serie está próxima a agotarse. 

IiOS médicos de antaño en el Reino de Chile. 

La ciencia, la caridad, la beneficencia, la hijiene, los hospitales 
I03 asilos, las maravillas i las barbaridades de nuestros mayores 
en materia de médicos i de medicina. Beseña histórica i crítica 
que comprende desde la fundación del Hospital del Socorro 
(1556) hasta el establecimiento del Tribunal del protomedicato 



1 



en 27 de abril de 1820, por B. Vicuña Mackenna. Un lindo 
tomo de 3G8 pajinas en octavo. 

Un Libro Extravagante 

Nuevo sistema de navegar por los aires, sacado de las observacio- 
nes de la naturaleza volátil, por Santiago de Cárdenas, {Santia- 
go Volador) natural de Lima en el Peru,el cual lo dedica ásu ama- 
da patria. — 1762 — Un tomoeu octavo con ocho láminas facsínii- 
' les de los dibujos del autor. 

Vida «le la Vi rjcn María 

Con la historia de su culto en España, por el limo. Señor Dr. 
don Vicente de la Fuente. Espléndida edición con bellísimas 
cromo-litografías copias de pinturas del siglo XV i de la celebrada 
colección del renombrado artista Owerweek, i con grabados de 
Gustavo Doré. 

Formará dos grandes tomos en folio mayor, impresos con el 
mayor esmero en papel superior i glaseado. Se publicará única- 
mente por entregas semanales. 

El Telescopio 3Iotlcriio 

Obra de ciencia popular. — La astronomía al alcance de todo?. 
— Tratado del sistema solar i del mundo sidéreo. — El análisis 
espectral. — Ojeada filosófica sobre el oríjen i fin de los mundos. 
— El universo invisible. — Etc., etc. 

Dos tomos elegante i correctamente impresps, tamaño folio 
menor, adornados con grabados, láminas sueltas, i cromo-litogra- 
fías, representando los principales fenómenos de la naturaleza. 

No se admitirán suscriciones en otra forma que por cuadernos 
semanales pagados al contado. 



ADVERTENCIAS. 

Tudas las importantes obras del Centro Editorial, 
cuestan lo mismo por entregas que tomándolas com- 
pletas de una sola vez. 

Ninguna de las obras repartidas por este estable 
cimiento ha quedado inconclusa. 



I